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Donald Trump endureció las ya asfixiantes sanciones contra Cuba el 1 de mayo, al mismo tiempo que renovaba sus amenazas de “tomar” la Isla tan pronto como termine de cometer el mayor desastre de política exterior en la historia de EEUU en Iran. La nueva medida para infligir más sufrimiento inmerecido al pueblo cubano se justificó con el risible pretexto de que su gobierno representa una amenaza extraordinaria para la seguridad nacional de Estados Unidos, lo que, de ser cierto, constituiría una confesión igualmente extraordinaria de impotencia militar por parte de EEUU.[1]
Más allá de eso, es un simple hecho histórico que el desprecio de Estados Unidos por la soberanía cubana es muy anterior a la obsesión de Washington con la “seguridad nacional” como pretexto para sus intervenciones, por lo que el problema no radica en La Habana.
Hace más de dos siglos, Washington ya se oponía firmemente a la independencia de la Isla, principalmente porque estaba “estratégicamente situada y era rica en azúcar y esclavos”, en palabras del experto en política exterior estadounidense Piero Gleijeses. Tales ventajas no debían sacrificarse permitiendo que una población mestiza de “mestizos degenerados” alcanzara la independencia, usando la retórica del Destino Manifiesto.[2]
Thomas Jefferson recomendó a James Madison que ofreciera a Napoleon Bonaparte carta blanca en la América española a cambio del regalo de Cuba para Estados Unidos. Escribiendo a Madison en 1823, dijo que EEUU no debía ir a la guerra por la Isla, ya que “la primera guerra por otros motivos nos la dará, o la propia Isla nos la dará cuando pueda hacerlo”, sonando de forma muy parecida a Donald Trump hoy. El secretario de Estado John Quincy Adams explicó el valor estratégico de Cuba, describiéndola como “un objeto de importancia trascendental para los intereses comerciales y políticos de nuestra Unión”. Él también prefería que permaneciera bajo control español hasta que cayera en manos estadounidenses por “las leyes de la gravitación política”, como una “fruta madura” lista para ser cosechada. Esta visión era casi universal en el Poder Ejecutivo y el Congreso de EEUU en aquel momento.
La preocupación por Cuba en términos explícitamente políticos surgió con el nacimiento de su movimiento de liberación nacional en 1868. Una inquietud clave eran las tendencias democráticas del movimiento, que incluían herejías como la democracia, la libertad y la igualdad de derechos para todos, y no solo para los propietarios blancos. Era el temor imperial habitual a que una “manzana podrida” echara a perder el barril: en este caso, que la independencia cubana triunfara e inspirara a otros pueblos colonizados a luchar igualmente por su independencia nacional. Si el Imperio quiere existir, ese tipo de ejemplo debe ser aplastado.[3]
Algunas vidas y propiedades estadounidenses se perdieron en las primeras etapas de la guerra de independencia de Cuba, pero la verdadera crisis llegó en 1873 cuando España capturó el Virginius, un barco que enarbolaba la bandera estadounidense y transportaba armas para las fuerzas revolucionarias cubanas. Los españoles ejecutaron a cincuenta y tres miembros de la tripulación. Hamilton Fish, secretario de Estado del presidente Ulysses S. Grant, resistió los llamados a la venganza sabiendo que el barco había violado la ley y sin querer saber nada de la población multirracial cubana. Cuando un miembro del gabinete planteó la idea de anexar Cuba, Fish la rechazó recordando que EEUU ya tenía graves problemas raciales en “Carolina del Sur y Mississippi”.
Al final, España pagó una indemnización de 80.000 dólares por las vidas de los tripulantes y mantuvo el control de Cuba cuando la guerra terminó en 1878.[4]
La guerra no se reanudó con toda su fuerza hasta 1895, cuando el imperio de Madrid estaba cerca del colapso. Durante años había tenido que combatir simultáneamente movimientos de liberación en Cuba y Filipinas. Sus colonias en el continente americano habían sido liberadas en 1825, pero se aferraba con fuerza a las islas de Cuba y Puerto Rico, las últimas posesiones coloniales en América. Mientras tanto, la influencia estadounidense había crecido hasta el punto de poder ignorar el poder británico y conquistar Cuba, justo a tiempo para impedir la victoria de lo que consideraba abiertamente razas inferiores autóctonas. La prensa neoyorquina describía a estos como “negros ignorantes, mestizos y dagos”. El general Samuel B. M. Young, del mando militar estadounidense, compartía esa visión, descalificando a los soldados cubanos como “un montón de degenerados” y “tan incapaces de autogobernarse como los salvajes de África”.[5]
A finales de 1895, los rebeldes afirmaban haber establecido un gobierno provisional. Pero ni Grover Cleveland ni William McKinley estaban dispuestos a reconocer a las fuerzas revolucionarias. Hacerlo habría liberado a España de la obligación de proteger 50 millones de dólares en propiedades estadounidenses en Cuba. El gobierno de EEUU prefería responsabilizar a la “civilizada” Madrid de esas propiedades y de las vidas estadounidenses en la Isla, mientras presionaba al gobierno español para conceder suficiente autonomía a los “incivilizados” rebeldes cubanos como para que depusieran las armas.
España, sin embargo, se negó a otorgar esa autonomía, al menos al principio. Su antiguo imperio global se había reducido a Cuba, Puerto Rico, Guam y Filipinas, y ningún gobierno español podía esperar mantenerse en el poder si perdía el control sobre cualquiera de estos territorios. Los españoles adoptaron una línea dura, enviando 150.000 soldados que intentaron destruir el apoyo a los rebeldes concentrando a miles de cubanos en campos rodeados de alambradas. Pero la revolución continuó extendiéndose, y los insurgentes adoptaron una política de tierra arrasada que destruyó propiedades estadounidenses.
El sufrimiento cubano fue incalculable. El tifus, la viruela y el cólera asolaban la Isla, y el hambre era generalizada. Una enorme parte de la población quedó sumida en la enfermedad, la muerte y la desesperación.[6] A medida que España perdía el control de la situación, estallaron disturbios en La Habana a finales de 1897. McKinley envió el buque de guerra Maine al puerto habanero para proteger a los ciudadanos y propiedades estadounidenses. Días después, una explosión hundió el Maine, matando a más de 268 marineros estadounidenses. Un tribunal naval de investigación no pudo determinar responsabilidades.
Sin embargo, alentado por una prensa sensacionalista que culpaba ansiosamente a España, el entusiasmo por la guerra con Madrid creció rápidamente. El presidente McKinley se oponía, pero también quería proteger las propiedades estadounidenses en Cuba, impedir que la revolución cubana girara bruscamente a la izquierda y restaurar la confianza de la comunidad empresarial estadounidense, entre otras preocupaciones. Estos objetivos solo podían alcanzarse mediante la guerra.
Dos meses después de la explosión del Maine, el Congreso la autorizó y los acontecimientos se precipitaron. Madrid rompió relaciones con Washington; la prensa jingoísta clamó “¡A La Habana!”; un millón de hombres, criados con relatos románticos de Antietam y Gettysburg, corrieron a alistarse; el embajador francés informó a París de que “una especie de furia belicosa se ha apoderado de la nación estadounidense”; y un rabioso Theodore Roosevelt partió dispuesto a “dar una paliza a los dagos”.[7]
Las fuerzas estadounidenses y cubanas derrotaron rápidamente a los españoles, y la fiebre amarilla hizo estragos entre los estadounidenses. Cuba emergió en ruinas, con su agricultura e industria destruidas.
Los inversionistas estadounidenses se apoderaron de los ferrocarriles, las minas y las plantaciones azucareras.[8]
A menudo se dice que los acontecimientos de 1898 representaron el lanzamiento del imperio estadounidense, pero en realidad EEUU fue un imperio desde el principio, profundamente arraigado en supuestos racistas que hacen que el desprecio abierto de Theodore Roosevelt hacia los “dagos” parezca moderado en comparación. Estas ideas quedaron claramente expuestas en la forma en que los soldados negros estadounidenses fueron tratados por sus compatriotas mientras iban a la guerra en Cuba.
Los comerciantes de Tampa gruñían a los miembros del 24.º Regimiento de Infantería, totalmente negro, negándose a atenderlos porque “¡No vendemos a malditos negros!”. Varios oficiales del Octavo Regimiento de Illinois, también negro, fueron expulsados de un restaurante en Baltimore. Un trabajador cervecero de Martinsburg, Virginia Occidental, gritó a soldados negros que “todos los negros deberían ir a Cuba para que los maten”. En Hampton, Georgia, el soldado James Neely, del Vigésimo Quinto de Infantería, fue asesinado por atreverse a pedir un vaso de refresco en una farmacia. A las afueras de Macon, Georgia, un cartel en la entrada de un parque público decía simplemente: “No se permiten perros ni negros”. Los visitantes también podían ver el árbol donde recientemente había sido linchado, ahorcado, baleado y castrado Will Singleton. La prensa de Macon justificaba implícitamente todo esto quejándose del “estado revoltoso” de las tropas negras rumbo a Cuba, cuyo desprecio por las leyes Jim Crow tenía un efecto “insalubre” sobre la población negra local, muchos de los cuales trabajaban en cuadrillas de presos.[9]
Debido en gran medida a ese virulento racismo, la independencia cubana no surgió en 1898. Los dueños de plantaciones estadounidenses nunca superaron el hecho de que Haiti se hubiera convertido en la primera república negra independiente en 1804, temiendo la propagación de ideas revolucionarias entre la población esclava de EEUU, y casi un siglo después el miedo a la población negra y mestiza de Cuba seguía siendo palpable entre los dirigentes estadounidenses. No querían personas negras en el poder a solo 90 millas de Estados Unidos.
Así, el dominio español fue reemplazado por el dominio estadounidense: ocupación militar hasta 1902 y, después, dominio de facto mediante la Enmienda Platt, un acuerdo entre Cuba y EEUU que permitía a Washington “intervenir en cualquier momento para preservar la independencia cubana [y] el mantenimiento de un gobierno adecuado para la protección de la vida, la propiedad y la libertad individual”. La Enmienda Platt permitió a EEUU adquirir la base naval de Bahía de Guantánamo en 1903 y se utilizó para justificar cuatro intervenciones estadounidenses antes de ser finalmente derogada en 1934.
Destrozada por la guerra y con la mayor parte de su población pobre, analfabeta y enferma, Cuba quedó totalmente dependiente de Estados Unidos, que mantuvo la Isla subdesarrollada tal como había hecho España. La lucrativa industria azucarera fue modernizada y mecanizada como monopolio estadounidense. A mediados de los años veinte, Estados Unidos controlaba dos tercios de la agricultura cubana. El auge azucarero financió majestuosos edificios públicos y lujosas mansiones para los ricos, pero no aportó nada a los pobres. Las empresas estadounidenses construyeron ferrocarriles y carreteras e instalaron bancos, electricidad y el primer sistema telefónico automatizado del mundo, pero se repatriaron todos los beneficios.[10]
Tuvieron que pasar décadas de Cuba como Estado cliente empobrecido de EEUU para que la revolución volviera a ponerse sobre la mesa. El 26 de julio de 1953, Fidel Castro atacó el cuartel Moncada al amanecer con 120 jóvenes sobrados de valentía y escasos de armas. Algunos murieron en combate, pero muchos más fueron torturados hasta la muerte por el ejército de Fulgencio Batista, que arrancó los ojos de Abel Santamaría, entre otros.
Lejos de amedrentarse, Castro, capturado prisionero, presentó una defensa firme y sin disculpas del ataque. Los jueces lo escucharon fascinados, pendientes de cada palabra. Reivindicando el antiguo derecho de rebelión contra la tiranía, acusó a Batista y a sus oficiales de carnicería y traición, y declaró desafiante:
“Esta Isla se hundirá en el océano antes de que consintamos ser esclavos de nadie…”
Presentando un programa revolucionario, afirmó que lo inconcebible no era el ataque al cuartel, sino no proporcionar comida y trabajo para todos:
“Lo inconcebible es que haya hombres que se acuesten con hambre mientras quede un palmo de tierra sin sembrar; lo inconcebible es que haya niños que mueran sin asistencia médica; que el treinta por ciento de nuestros campesinos no sepan firmar y el noventa y nueve por ciento desconozca la historia de Cuba; que la mayoría de las familias de nuestros campos vivan en peores condiciones que los indios que encontró Colón…”
“De semejante miseria solo es posible liberarse mediante la muerte; y en eso el Estado sí les ayuda: a morir. El noventa por ciento de los niños rurales están devorados por parásitos que penetran desde la tierra a través de las uñas de sus pies descalzos.”
“Más de la mitad de las mejores tierras cultivadas están en manos extranjeras. En Oriente, la provincia más grande, las tierras de la United Fruit Company se extienden de costa a costa…”
“Cuba sigue siendo una fábrica productora de materias primas. Exporta azúcar para importar caramelos; exporta cuero para importar zapatos; exporta hierro para importar arados…” [11]
El 1 de enero de 1959 triunfó la Revolución Cubana y casi de inmediato despertó la ira de Washington. A finales de ese año, la CIA y el Departamento de Estado coincidían en que Fidel Castro debía ser derrocado. Una razón, explicaban los liberales del Departamento de Estado, era que “nuestros intereses empresariales en Cuba se han visto seriamente afectados”. Otra era la amenaza del “buen ejemplo”: la tendencia de una revolución exitosa a inspirar a otros pueblos sometidos a desafiar el control imperial estadounidense sobre sus destinos. O, como concluyó el Departamento de Estado en noviembre de 1959:
“Estados Unidos no puede esperar fomentar y apoyar políticas económicas sanas en otros países latinoamericanos y promover inversiones privadas necesarias en América Latina si al mismo tiempo coopera —o parece cooperar— con el programa de Castro.”
¿Y cuál era ese programa? Nacionalizar mil millones de dólares en propiedades corporativas estadounidenses; realizar la reforma agraria más amplia de la historia latinoamericana; crear cooperativas estatales; construir miles de viviendas para los pobres; reducir los alquileres a la mitad; proporcionar empleo a los desempleados; erradicar el analfabetismo; ampliar enormemente los programas médicos y de salud pública; abolir la discriminación racial; y abrir guarderías, hoteles y centros turísticos de los ricos a toda la población. Era un conjunto de políticas inmensamente popular, no solo en Cuba, sino en cualquier lugar donde hubiera pobres.[12]
Sin embargo, en los círculos de planificación de las élites estadounidenses, la reacción fue muy distinta. Ya en octubre de 1959, aviones con base en Florida realizaban ataques de ametrallamiento y bombardeo contra la Isla. En diciembre, la subversión de la CIA se intensificó, incluyendo el suministro de armas a bandas guerrilleras y el sabotaje de ingenios azucareros y otros objetivos económicos. En marzo de 1960, la administración de Dwight D. Eisenhower adoptó formalmente un plan para derrocar a Castro e instaurar un régimen “más dedicado a los verdaderos intereses del pueblo cubano y más aceptable para EEUU”, un objetivo contradictorio que debía lograrse “de tal manera que se evitara cualquier apariencia de intervención estadounidense”, debido a la popularidad de Castro.[13]
La lógica del terror y del estrangulamiento económico fue explicitada por Lester Mallory, quien escribió que debía fomentarse el “desencanto y desafección basados en las dificultades y penurias económicas” para “provocar hambre, desesperación y el derrocamiento del gobierno”.
Durante la campaña presidencial de 1960, John F. Kennedy intentó mostrarse más rabiosamente anticomunista que Eisenhower y Richard Nixon, acusándolos de amenazar la seguridad estadounidense al permitir “el Telón de Acero… a 90 millas de la costa de Estados Unidos”. En un discurso en Cincinnati prometió derrocar al gobierno cubano si era elegido.[14]
Hizo todo lo posible por cumplir esa promesa. El sabotaje, el terrorismo y la agresión aumentaron drásticamente bajo Kennedy, así como una devastadora guerra económica que una pequeña nación no tenía posibilidad de resistir durante mucho tiempo. La dependencia de La Habana respecto a EEUU tanto para importaciones como exportaciones era inmensa y no podía sustituirse fácilmente. Kennedy y su brigada de los “mejores y más brillantes” hicieron todo lo imaginable para maximizar el sufrimiento cubano.
“Estábamos histéricos con Castro en la época de Bahía de Cochinos [abril de 1961] y después”, admitió el secretario de Defensa de Kennedy, Robert McNamara, ante el Comité Church. Gran parte de la política latinoamericana de Kennedy se basaba en el temor de que la Revolución Cubana fuera un “virus” que infectara a otros países y redujera la hegemonía estadounidense en la región.[15]
Como señalaba un informe de la CIA de 1964:
“[Cuba] está siendo observada de cerca por otras naciones del hemisferio y cualquier apariencia de éxito allí tendría un amplio impacto sobre la tendencia estatista en el resto del área.”[16]
Recordando la retórica de Adolf Hitler sobre Checoslovaquia, Kennedy acusó a Cuba de ser una “daga” apuntando a Estados Unidos y envió un ejército mercenario a invadir la Isla en Bay of Pigs Invasion, mientras conspiraba para asesinar a Fidel Castro.[17] El “crimen” de Castro había sido abolir el control capitalista de la economía cubana, terminando con el patio de recreo mafioso que enriquecía a inversionistas extranjeros mientras Cuba pasaba hambre.
Más allá de lo absurdo de que la diminuta Cuba representara una amenaza para una superpotencia nuclear ochenta veces más grande, EEUU no tenía base legal alguna. El artículo 15 de la Carta de la Organización de Estados Americanos establecía:
“Ningún Estado o grupo de Estados tiene derecho a intervenir, directa o indirectamente, por cualquier motivo, en los asuntos internos o externos de otro Estado.”
La Carta de la ONU decía:
“Todos los miembros se abstendrán en sus relaciones internacionales de recurrir a la amenaza o al uso de la fuerza contra la integridad territorial o la independencia política de cualquier Estado…”
Humillado por el fracaso de la invasión, pero decidido a aislar la Revolución Cubana, Kennedy presentó la Alianza para el Progreso, abrazando la retórica del cambio social mientras proscribía expresamente la revolución y el socialismo. Una característica importante del plan consistía en cambiar el papel de los militares latinoamericanos de la “defensa hemisférica” a la “seguridad interna”, alentando a la CIA a establecer escuadrones de la muerte bajo el paraguas del “entrenamiento policial”, mientras Kennedy hablaba líricamente de crear “un hemisferio donde cada hombre tenga suficiente para comer y una oportunidad de trabajar, donde cada niño pueda aprender y cada familia encontrar una vivienda digna”.[18]
Washington intensificó sus ataques clandestinos contra Cuba y preparó una segunda invasión estadounidense. Esperando disuadir ese acontecimiento y hacer probar a Washington su propia medicina nuclear, Cuba solicitó a la Soviet Union que instalara misiles nucleares en la Isla en otoño de 1962. Cuando Nikita Khrushchev aceptó, JFK optó por un juego de gallina nuclear, imponiendo un bloqueo unilateral a Cuba en violación de la Carta de la ONU, en lugar de negociar discretamente una solución. Al resolverse el conflicto, EEUU no renunció a su guerra terrorista contra la Isla, que incluía ataques químicos y biológicos, además de frecuentes intentos de asesinato contra Castro. Cuba entró en movilización militar permanente y abrazó a la Unión Soviética, mientras Washington establecía un embargo total comercial y crediticio.[19]
Más de sesenta años después, Washington sigue obsesionado con la pequeña Cuba, una superpotencia sanitaria y educativa que eliminó el analfabetismo casi de la noche a la mañana al inicio de su revolución y que hoy envía médicos por todo el mundo para curar la ceguera y muchas otras enfermedades, además de proporcionar atención crítica tras desastres naturales, todo ello sin coste para los pacientes. Mientras tanto, su vecino del norte, mucho más rico, despilfarra billones de dólares en guerras interminables y sigue siendo el único país desarrollado del mundo sin cobertura sanitaria universal.
Pero precisamente ese conjunto de prioridades deformadas es el núcleo del problema. Son inmensamente rentables para los propietarios de la economía privada global. Si esos pocos glotones van a seguir expandiendo su riqueza, esas prioridades deben convertirse en las prioridades de todos, lo que significa eliminar una revolución dedicada a lo que Washington denuncia regularmente como una agenda extremista.
¿Y cuál es esa “agenda extremista”? En resumen, la postura cubana sobre los derechos humanos, anunciada por Fidel Castro en su discurso ante la ONU en New York City en 1960:
“El derecho de los campesinos a la tierra; el derecho de los trabajadores al fruto de su trabajo; el derecho de los niños a la educación; el derecho de los enfermos al tratamiento médico y la atención hospitalaria; el derecho de la juventud al trabajo; el derecho de los estudiantes a la educación gratuita…; el derecho de los negros y los indios a la plena dignidad como seres humanos; el derecho de las mujeres a la igualdad civil, social y política; el derecho de los ancianos a una vejez segura; el derecho de intelectuales, artistas y científicos a luchar, con su trabajo, por un mundo mejor…; el derecho de las naciones a su plena soberanía; el derecho de los pueblos a convertir fortalezas en escuelas y a armar a sus trabajadores, campesinos, estudiantes, intelectuales, negros, indios, mujeres, jóvenes y ancianos, y a todos los pueblos oprimidos y explotados, para que ellos mismos puedan defender sus derechos y su destino.” [20]
Es para destruir la viabilidad de esta agenda por lo que libramos guerras eternas.
Dios bendiga a América.
*Las tímidas medidas adoptadas por Barack Obama para normalizar las relaciones entre EEUU y Cuba no abordaron la criminalidad de la política estadounidense de larga data, que él consideró —increíblemente— realizada “con las mejores intenciones”.
Notas
[1] . “Trump Tightens Sanctions Against Cuba, Threatens To ‘Take’ The Island,” La Jornada (Spanish), May 2, 2026
[2] Noam Chomsky, Year 501 – The Conquest Continues, (South End, 1993) p. 143.
[3] Chomsky, ibid. pps. 143-4
[4] Walter LaFeber, The American Age, (Norton, 1989) p. 163
[5] Tariq Ali, Winston Churchill – His Times, His Crimes, (Verso, 2022) p. 23: Noam Chomsky, Year 501 – The Conquest Continues, (South End, 1993) p. 144
[6] Tariq Ali, Winston Churchill – His Times, His Crimes, (Verso, 2022) p. 24; Lloyd C. Gardner, Walter F. LaFeber, Thomas J. McCormick, Creation of the American Empire, Vol. 1 (Rand McNally, 1976) p. 243
[7]Daniel B. Shirmer, Republic or Empire – American Resistance to the Philippine War (Schenkman Publishing Company, 1972) pps. 51, 55-6, 72, 83; Walter Millis, The Martial Spirit, (Literary Guild of America, 1931) pps. 108, 125, 127, 139, 147, 174, 362, 364; Claude Julien, America’s Empire, (Pantheon, 1971) pps. 55, 74; Noel J. Kent, America in 1900, (M. E. Sharpe, 2000) p. 12;
[8] Howard Zinn, A People’s History of the United States, (Harper, 1999) p. 310
[9] William B. Gatewood, Jr., Black Americans and the White Man’s Burden, 1898-1903, (University of Illinois, 1975) pps. 119-20, 140-3
[10] Mandy Macdonald, Cuba, (Kuperard, 2006) pps. 22-3
[11]Eduardo Galeano, Memory of Fire – Century of the Wind, (Pantheon, 1988) pps. 148-9
[12] Lawrence Wittner, Cold War America – From Hiroshima To Watergate, (Holt, 1978) p. 216
[13]Noam Chomsky, Year 501 – The Conquest Continues, (South End, 1993) pps. 145-6
[14]William Mandel, Saying No To Power, (Creative Arts, 1999), p. 374
[15] Noam Chomsky, Year 501 – The Conquest Continues, (South End, 1993) p. 146
[16] Quoted in Noam Chomsky, Latin America – From Colonization To Globalization, (Ocean Press, 1999), p. 70
[17]Todd Gitlin, The Sixties – Days of Hope, Days of Rage, (Bantam, 1987), p. 90
[18]Walter LaFeber, Inevitable Revolutions – The United States in Central America, (Norton, 1984) p. 151
[19]Seymour Hersh, The Dark Side of Camelot, (Little, Brown, 1997) p. 440n.; Cedric Belfrage and James Aronson, Something To Guard – The Stormy Life of the National Guardian, 1948-1967 (Columbia, 1978) p. 277; William Blum, Killing Hope – US Military and CIA Interventions Since World War II, (Common Courage, 1995) pps. 184-9
[20]Fidel Castro, Ten Days In Harlem – Fidel Castro And The Making Of The 1960s, (Faber & Faber, 2020), pps. 166-7
(Tomado de Cubainformación)