
Alexander Fleming, padre de la penicilina. Foto: Archivo.
El bacteriólogo inglés Alexander Fleming, descubridor de la penicilina, pasó su luna de miel en La Habana.
La penicilina transformó la Medicina de su tiempo. En 1928 Fleming advirtió que un hongo había contaminado un cultivo de estafilococos, bacteria que provoca infecciones de piel y de otros tipos. Parecía que el moho había producido algo que había atacado a la bacteria y concluyó que la sustancia no identificada que él llamó penicilina, podía utilizarse para impedir el crecimiento de bacterias sensibles.
Hubo un contratiempo. Los químicos a los que recurrió, no pudieron purificar el material. El patólogo austriaco Howard Florey y el bioquímico inglés, nacido en Alemania, Ernest Chain, lograron por fin extraer y purificar la penicilina. Corría ya el año de 1941 y Londres sufría los bombardeos nazis. Por lo que Florey y Chain viajaron a EE UU en busca de ayuda. Antes de salir de Gran Bretaña esparcieron esporas del hongo por el forro de sus abrigos a fin de recuperarlas si se perdían a causa de una invasión alemana.
Los tres serian galardonados con el Premio Nobel en 1945.
EN CUBA
A su llegada, esperaban a Fleming en el aeropuerto de Rancho Boyeros, numerosos representantes de instituciones científicas, educativas y académicas, y curiosos en general ansiosos por ver de cerca al glorioso viajero hasta que una ola humana envolvió su figura alta y canosa que avanzaba con una interesante mujer cogida del brazo. Muchos de los presentes le debían la vida, pero el recién llegado, sin darse importancia, reía con los que lo aguardaban y cambiaba con ellos frases como si hablase acerca de otra persona.
Apuntó el periodista Enrique de la Osa:
“Parpadeaban los ojos claros –acostumbrados a la bruma londinense- bajo el esplendoroso sol del trópico. Todo en él era reposado, austero, reflexivo. El semblante contemplativo del investigador científico, naciente cazador de difíciles verdades, era un viejo huésped de la prensa y el cinematógrafo universales. Ahora le tocaba posesionarse por derecho propio, sin quererlo ni inquietarse por ello, de los medios de publicidad cubanos”.
Su visita tuvo dos propósitos. Uno, científico y otro personal. Dictó en la Universidad habanera importantes conferencias, sobre el uso de los antibióticos y sobre la herida aséptica, mientras que, huésped del Hotel Nacional, disfrutada de su luna de miel. Poco antes había contraído matrimonio con su colaboradora, la bacterióloga griega Amalia Coutsouris, que militó en el movimiento de resistencia de su país contra el nazismo.
Su viaje a Cuba se debió enteramente a las gestiones de la doctora cubana Margarita Tamargo, discípula suya en la Universidad de Londres. Ella le habló largo sobre su lejana isla y logró interesarlo. Luego, ya en La Habana, la doctora Tamargo consiguió que la Facultad de Medicina de la Universidad formalizara la invitación.
Los más notables científicos cubanos saludaron la presencia de Sir Alexander Fleming. Su visita sin embargo apenas repercutió en la esfera oficial. Corría el mes de abril de 1953 y el gobierno batistiano lo condecoró con la Orden al Mérito Carlos J Finlay, pero lo hizo en una ceremonia fría y convencional a la que apenas asistió el ministro de Salubridad que debió retirarse pronto “a mayores obligaciones”.
Escribía De la Osa:
“Una acogida muy distinta fue la de la prensa, que consagró sin cesar entrevistas, reportajes y editoriales a Fleming, durante su estancia en Cuba. Como culminación de esa hospitalidad periodística… Miguel Ángel Quevedo, director de Bohemia, le ofreció una recepción en su finca Buenavista, con la asistencia de profesionales, diplomáticos e intelectuales valiosos del patio. Ello compensaba la indiferencia oficial”.