
Una vez más, el pueblo cubano llenó el Malecón de La Habana.
Una vez más, el pueblo cubano llenó el Malecón de La Habana. Era una fría mañana de enero, pero la Tribuna Antimperialista estaba cálida por la presencia de miles de personas. Allí, en el mismo lugar donde tantas veces se ha alzado la dignidad de la nación, las voces retumbaron con fuerza. Recordaban la decisión de ser libres, tomada hace 67 años, y la defendían con firmeza en el presente.
Entre los asistentes, se notaba la mezcla de generaciones. Los jóvenes llegaban con la energía de quien descubre su papel en la historia. Los mayores, con la experiencia de quien ha vivido y defendido cada paso del camino.
Emilio es uno de esos jóvenes. Por primera vez, participaba en la Marcha del Pueblo Combatiente. Llegó acompañado de sus compañeros de aula del preuniversitario Saúl Delgado, en Plaza de la Revolución. Con emoción, explica sus motivaciones: “Vine porque ya basta de tanta injusticia del imperialismo. Aquí está el pueblo de Cuba para decirle a ese señor que no le tememos”. Para él, este día era un acto de conciencia, el inicio de su propio compromiso.
Caminando entre la multitud, Omara, una jubilada de Centro Habana, exhibía con orgullo su pullover con la imagen del Che. Su voz, ronca por el frío y la emoción, se dejaba oír con claridad: “Estoy aquí porque soy cubana, siento un orgullo enorme por esos valientes combatientes que cayeron heroicamente”.
Aunque le costaba caminar, su determinación era firme. “Ayer fui al MINFAR y hoy estoy aquí”, cuenta. “Tengo 79 años y estoy dispuesta a dar mi vida por esta Revolución”. En sus palabras había una vida entera de convicción.
No lejos de allí, Sigfredo, un hombre sencillo del sector de la construcción, también alzaba su voz. Habló de defender la Revolución y de denunciar la nueva escalada del imperialismo. “Parece que este señor no tiene freno”, decía refiriéndose a Donald Trump. “Pero con este pueblo sí que no podrá”. Para él, la calle era el espacio donde el pueblo trabajador muestra su poder.
El dolor y la memoria también tenían su lugar. María, residente en Marianao, recordaba con tristeza. “Al conocer la terrible noticia, lloré mucho. Pensé en las madres de esos combatientes”, compartía. Su propio esposo había caído en Angola, y aquella pérdida volvía a su mente. A pesar de las huellas del tiempo en su rostro, levantaba con fuerza un cartel hecho a mano. En él se leía: “¡Viva Fidel!”. “Aquí estoy”, afirmaba. “Esta Revolución ya ha costado mucha sangre, y la defenderemos con nuestras vidas”. Su presencia era un testimonio vivo de sacrificio y lealtad.
A lo lejos, el edificio de cristales que alberga la sede diplomática de Estados Unidos se recortaba contra el cielo gris. Desde el litoral habanero, la respuesta del pueblo era clara y unánime. No se trataba solo de una protesta, sino de una reafirmación colectiva.
Generaciones distintas, historias personales diversas, pero un mismo objetivo: defender el derecho a la independencia y a la soberanía.

Foto: Marcelino Vázquez/Cubadebate.

Foto: Marcelino Vázquez/Cubadebate.

Foto: Marcelino Váquez/Cubadebate.

Foto: Marcelino Vázquez/Cubadebate.

Foto: Marcelino Vázquez/Cubadebate.

Foto: Marcelino Vázquez/Cubadebate.

Foto: Marcelino Vázquez/Cubadebate.

Foto: Marcelino Vázquez/Cubadebate.

Foto: Marcelino Vázquez/Cubadebate.

Foto: Marcelino Vázquez/Cubadebate.

Foto: Marcelino Vázquez/Cubadebate.

Foto: Marcelino Vázquez/Cubadebate.

Foto: Marcelino Vázquez/Cubadebate.

Foto: Marcelino Vázquez/Cubadebate.