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El día que conocí a Yorlenis

No olvido nunca la vez que nos encontramos, cuando alguien me llevó a conocerte. Tenía 23 años. Las tres horas y media que conversamos desde aquel alto, en el "Cedrito", desde donde se divisaba todo el valle de Juan Díaz, tampoco las olvidé jamás. El café que colaron para nosotros y que saboreamos al compás de cada palabra, mientras la brisa movía cada anécdota, nos erizaba la piel entre el murmullo de las cañas amarillas quemadas por el sol de todos los días y las hojas de plátano que, impacientes, danzaban abajo en un ritmo cadencioso.

Había llovido intensamente y, entre el lodo, los charcos de agua y lo resbaladizo, caminé descalzo a mi regreso. Y tu imagen de joven humilde, cauteloso y discreto se fue conmigo. Comenté a quién me había llevado —no recuerdo bien si era a casa de tu hermana o de tu hermano—. El tiempo ha pasado y hay imágenes que se van, pero otras se quedan prendidas en los recuerdos como la luz. Por eso escribo.

¡Y dije!: “¡Qué muchacho ese! Con tantos méritos siendo tan joven aún. Es emocionante conversar con él, escuchar sus palabras y la firmeza en sus ideales. En un joven de su edad es asombroso. No había visto tanta fidelidad, firmeza y lealtad”. Vi en él un gigante, bajo la nobleza de su dialecto y en la tamaña responsabilidad que tenía en su carácter.

Mi asombro: ¿cómo este muchacho de acá, de estas serranías, se ha posicionado a tal nivel? Yo me preguntaba, y a la vez me respondía: por la fidelidad de los jóvenes del campo.

El tiempo había transcurrido rápido, y cuando regresaste por los tuyos, de visita nuevamente, no olvido que me mandaste a buscar. Pero la noticia llegó después, al no estar yo en el municipio. Sentí nostalgia cuando me lo contaron. Después perdimos la comunicación, para nunca más vernos.

Y llega la noticia de tu muerte. De tu muerte de gigante. De tu muerte que comienza a nacer.

No me equivoqué nunca. Sabía que tu cuerpo estaba tejido por fibras de acero, y que tu valor era de titán, de inmortal guerrero tu moral y de indomable fiereza tu juventud.

Y lo demostraste en combate abierto contra los invasores, allá en la Venezuela de Bolívar y Chávez, de Nicolás y Cilia. Peleaste como un león, como hacen los hombres que no tienen miedo y saborean el olor a pólvora cuando tienen al enemigo de frente. Eso hasta lo reconocen ellos, haciéndolo público. Y juraste fidelidad. Y caíste como Panchito Gómez Toro, al lado de su Jefe, Antonio Maceo. Y sé que las balas de tu fusil AKM arrojaron al suelo a algunos de los mercenarios.

Y ahí está tu gloria de mártir: caer con dignidad, como caen los héroes, peleando. Y tú eres uno de esos héroes, entre 31 hermanos más, de esos mártires del 3 de enero en Venezuela, que se levantan como pinos a las cúpides del mundo, cuando Estados Unidos invadió al bravo pueblo venezolano y secuestró a su presidente legítimo, Nicolás Maduro Moros, y a su esposa, Cilia Flores.

¡Qué ejemplo el tuyo, muchacho, y el de los demás! No hay tiempo para el llanto, porque donde se levanta la hidalguía vestida de coraje, nace la verdad como rocas que no se parten, como las lágrimas de una madre que llora ante el dolor fervoroso que trae orgullo de familia y de pueblo.

No ha muerto. Nunca mueren los que caen defendiendo las causas justas y nobles de los pueblos.

Yorlenis Revé Cuza, tu mamá, a partir de ahora gana más hijos en esta historia de dignidad. Hijos que la acompañarán siempre mientras viva, porque tú has sumado millones de hermanos, aunque seas el hijo que siempre querrá tener junto a ella.