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¿Lo cree o no? Pues créalo

Arco del triunfo en la ciudad de Cienfuegos. Foto: Archivo.

Si escucha hablar sobre arcos de triunfo en La Habana, delo por cierto. Los hubo desde la colonia hasta 1952, cuando en ocasión del cincuentenario de la instauración de la Republica, se erigió uno en el Paseo del Prado, entre el Parque Central y el edificio del hotel Telégrafo.

Ese es el último del que se tiene testimonio. Del otro lado del Parque Central, en la pequeña plazoleta situada entre la Manzana de Gómez y lo que sería después el Centro Asturiano (actual Museo Nacional) hubo otro en 1909 dedicado al mayor general José Miguel Gómez, quien accedía a la presidencia del país, con lo que se recuperaba la soberanía de la nación tras el fin de la segunda intervención militar norteamericana.

Para saludar la llegada al poder de Tomás Estrada Palma, nuestro primer presidente, hubo sendos arcos de triunfo en el Barrio Chino y en la calle O’Reilly, frente a la estación de trenes de Villanueva en la calle Dragones y en otros lugares de la ciudad que ya no es posible identificar en ls fotos

Con un arco de triunfo se rindió homenaje al dictador Gerardo Machado en Cienfuegos, cuando acudió a esa ciudad, y se le execró con otro tras su caída. Otros se le dedicaron en Santa Clara, su ciudad natal.

Entre los que se recuerdan, resultan muy curiosos los que se emplazaron en la Carretera Central. Entre esos, uno en el límite entre La Habana y Matanzas, para desear buen viaje a los que transitaban la vía.

Hubo también uno consagrado al sanguinario Valeriano Weyler, en Monte y Águila, y otro capitán general español, Arsenio Martínez Campos, tuvo el suyo en el que se le saludaba como el héroe de la batalla de Peralejo cuando en verdad la victoria correspondió al general Antonio Maceo, que puso en fuga al militar español y lo obligó a refugiarse en la ciudad de Bayamo.

Los arcos de triunfo son un invento griego que los romanos expandieron por el mundo. Cayeron en desuso en la Edad Media y Napoleón los retomó bajo se reinado. Se erigían para saludar a una persona o celebrar determinados acontecimientos y tenían un carácter efímero.

La más primitiva constancia gráfica que se tiene de ellos en la Isla data de 1878, en Santiago de Cuba, Estaba dedicado al ya mencionado Martínez Campos, que había conseguido la paz del Zanjón.

El lujo del baño

En las últimas décadas del siglo XIX, La Habana no podía enorgullecerse de un hotel de primera clase, al estilo norteamericano.

El primero de ese tipo fue el hotel Santa Isabel. Su empresario fue el coronel Lay, norteamericano. Lo estableció en un edificio situado al lado de El Templete, en la Plaza de Armas, y poco después conseguía lo que fue el palacio de los condes de Santovenia, mismo donde se ubica el Santa Isabel actual.

Se conceptuó como el mejor de la ciudad. Habitaciones amplias y frescas. Servicio de comidas. Con la ventaja de que allí las señoras eran atendidas por persona de su sexo; esto es, servicio de camareras, algo desconocido todavía en Cuba. Se hablaba inglés.

Ya en aquel momento hoteles principales y casas de huéspedes disponían de lo que se llamaba “el lujo del baño”. En los hoteles y casas de alquiler de inferior categoría se brindaba información a los huéspedes sobre los establecimientos públicos donde podrían bañarse al precio de unos 30 centavos.

Las camas de los hoteles, incluso los de primera clase, eran duras y en pocas instalaciones se disponía de colchones. Eran por lo general un simple bastidor de tela cubierto por una sábana de hilo. Las almohadas eran de algodón en rama o fibras de miraguano. Se decía que esos bastidores de inspiraban en nuestro clima por ser mucho más frescos que los colchones de muelles que ya se usaban en EE.UU.

Los mejores hoteles tenían tarifas que oscilaban entre los tres y los cinco pesos al día, precio que incluía la comida, con vino o sin vino. En algunos, el vino (catalán y del país) estaba incluido en el precio del servicio. Los hoteles de inferior categoría cobraban dos pesos/día.

Había casas de huéspedes, confortables y con precios moderados. De 35 a 50 pesos al mes por habitación con dos comidas al día... Se alquilaban además habitaciones amuebladas en casas de familia por un precio de 30 pesos mensuales, que incluía el desayuno.