
Yaumel Ordaz Carballo en su salón de clases. Foto: Cortesía del entrevistado.
Hay una fotografía que lo muestra a los tres años. Mientras otros niños abrazan juguetes, él prefiere un libro.
Yaumel Ordaz Carballo tiene 40 años y cuenta esto no con vanidad, sino con la certeza de quien encontró su camino antes de saber siquiera caminar. “Creo que terminó por inculcarme en mi ADN lo de ser un profesional de la educación”, dice.
Es profesor de Informática con 18 años de experiencia y utiliza su asignatura para enseñar una lección: detrás de cada pantalla hay un corazón.
Sus padres, ambos especialistas en Defectología y Conducta, le mostraron el mundo desde una trinchera singular: la de los niños y adolescentes “que carecían de un hogar, de una familia, de valores”. Aprendió así, desde la infancia, que la educación verdadera empieza por sanar heridas.
Hoy, casi dos décadas después de empezar, lo que impulsa a este profesor de Informática a cruzar la puerta de la escuela cada mañana es una trinidad de compromisos: “mi consagración con mis estudiantes, mi apoyo diario a mis compañeros de trabajo, mi aporte a la sociedad”.
Su asignatura, aparentemente fría y binaria, se convierte en un espacio para ejercitar valores. “Desde que llegamos al laboratorio”, explica, intenta inculcar “la ética, la responsabilidad social, la privacidad y el respeto a la diversidad cultural”. El saludo, la caballerosidad y la cortesía, asegura, son tan importantes como el código que escriben en sus computadoras.
Frente al estudiante desafiante, el que llega con el muro levantado, la estrategia de Yaumel es simple: comprensión y empatía. “Que nos vean un poco más allá del profesor o maestro”, argumenta. La clave, insiste, no está en los manuales de disciplina, sino en lo elemental: “trabajar con ellos con calma, respetando sus genuinas necesidades. Siempre utilizar un tono de voz adecuado y un lenguaje claro. Ahí están las claves del éxito”.
Pero su relato se vuelve carne y hueso cuando recuerda a una adolescente de décimo grado.
“En un turno de clases rompe en llanto desgarrador”. La saca del aula, le pregunta qué pasa: la niña extrañaba a su madre, quien había emigrado hacía ocho años. La relación con su familia paterna era difícil. “De verdad que me sentí impotente, sin fuerzas, sin palabras”, confiesa el profesor, y en esa confesión se desnuda la esencia de su oficio: a veces, educar es simplemente acompañar un dolor que no se puede resolver. “Desde ese día mi estudiante de 14 años contó con mi apoyo emocional, con mi consejo, con mi ayuda, con mi alma de educador”.

Yaumel Ordaz Carballo en su salón de clases. Foto: Cortesía del entrevistado.
Yaumel guarda en la memoria el recuerdo de un tropiezo que lo hizo más fuerte. Fue en el curso 2013-2014, en una Secundaria Básica. Un alumno, “muy bien preparado”, le hizo varias preguntas técnicas sobre la carta tecnológica y las vistas de un cuerpo que él no supo responder. “Fue un momento un poco incómodo, difícil, quería que la tierra me tragara en ese instante. Esa experiencia me llevó a la decisión de prepararme más y mejor”, una autocrítica que se transformó en motor.
Esa misma disposición a tender puentes lo define en su relación con los colegas. Recuerda con especial cariño la colaboración con una profesora de Geografía, “jubilada reincorporada, con más de 45 años de experiencia”. Para ella, los conceptos del Sistema de Geolocalización y el GPS eran un territorio ajeno. Para Yaumel, fue la oportunidad perfecta para ejercer la interdisciplinariedad.
“Esas clases las montamos sobre un sistema de ejercicios desde el laboratorio de informática”, une así dos mundos aparentemente distantes: la tecnología nueva y la experiencia venerable.
Si tuviera que elegir una única lección para que sus estudiantes se llevaran consigo, no sería un algoritmo ni una función de programación. Sería la esencia de “Corazón”, el libro de Edmundo de Amicis que lo marcó de por vida: “La importancia de la amistad, el respeto, la bondad, el patriotismo y el coraje”. Esa “joya de la literatura”, como la llama, es su brújula moral, un texto que rescata una y otra vez en sus clases de Informática y en los turnos de Reflexión y Debate.
Para no agotarse en el intento constante de dar lo mejor de sí, Yaumel se recarga en su hija de ocho años. “Disfrutamos jugar juntos, ayudarla a redactar, calcular, razonar es parte también de mi entretenimiento pues asumo un papel de padre-profesor”. La natación en el mar, los deportes al aire libre y la lectura de documentales históricos completan el mapa de sus fuentes de energía, que luego comparte con sus alumnos en el receso o en una actividad extraclase.
Se autoevalúa como un profesor “acorde a estos tiempos tan difíciles”, e identifica la gestión del tiempo como su talón de Aquiles. Pero en su lucha por mejorar, late la convicción de que su rol trasciende la enseñanza de un lenguaje de programación.
En un contexto hiperconectado pero a menudo desconectado, Yaumel Ordaz Carballo enseña Informática, pero su verdadera lección es que, antes de escribir cualquier código, hay que aprender a leer el corazón humano. Y esa, quizás, sea la programación más vital de todas.