
El icónico Capitolio de La Habana. Foto: Wilfredo Fernandez .
La gente del interior venía a La Habana y no quería volverse a su tierra sin visitar el Capitolio. El que podía, se fotografiaba con el Capitolio al fondo como testimonio imbatible de su estancia en la capital. Lo mismo hacían los extranjeros que visitaban la Isla. Entonces la sede del Congreso de la República estaba rodeada de hoteles de mayor o menor cuantía, pensiones y casa de huéspedes y como antes de 1952 no existía la Terminal de Ómnibus, las guaguas interprovinciales hacían en sus inmediaciones su primera y última parada.
No faltaban allí los fotógrafos “minuteros” con sus cámaras antediluvianas, que nadie sabía bien cómo funcionaban, todo un engendro con servicios de revelado e impresión incluidos, las fondas de medio pelo ni los buenos restaurantes como El Palacio de Cristal, en la esquina de San José y Consulado, que, con su Salón Francés, fue en su tiempo la mejor casa de comida de La Habana.
El bar-café El Dorado, en la esquina de Prado y Teniente Rey, y el bar Senado, en la de Dragones, eran puntos de cita obligados, al igual que el bar Payret, en la esquina de San José. Había bailes en el Centro Gallego y en la Juventud Asturiana y la música de los aires libres amenizaba la noche.
Abundaban los establecimientos pequeños, como La Barrita de Don Juan en los bajos del hotel Comercio, (Prado, 567) y el cafecito de Lorenzo García, también en Prado, en el zaguán del inmueble marcado con el número 565, contiguo al cine Capitolio, que servía a su dueño de tapadera de un lucrativo negocio de préstamos al garrote. En los altos de este establecimiento vivía Agustín Rodríguez, uno de los autores del libreto de la zarzuela Cecilia Valdés, empresario y famoso sainetero del teatro Martí, que todas las madrugadas, a las cinco, antes de ponerse a escribir, buscaba la inspiración con media botella de ron Castillo, que le traía el encargado del edificio.
Eran los años en los que los hombres intentaban contener la calvicie con la aplicación de la Manteca de Oso, del farmacéutico Ernesto Sarrá que, a pesar de, era calvo, la Rhum Quinquina, de Crusellas, eliminaba la caspa y las Gotas Divinas del doctor Lorié, con farmacia en Prado y Virtudes, hacían desaparecer las canas y devolvían al cabello su color natural, hubiera sido rubio, castaño o negro.
Se extendía entre las mujeres la costumbre de rasurarse las axilas, las muchachas intentaban eliminar las pecas con la crema Bella Aurora y el rostro más descompuesto, se componía con la cera mercolizada, preparación maravillosa que satisfacía las necesidades particulares de los cutis más diversos pues mataba manchas y decoloraciones y restablecía la juventud de pieles turbias y ásperas, poniendo a flote la belleza más deteriorada y recóndita. No pocas muchachas de las clases media y alta se hacían fotografiar desnudas por Joaquín Blez en su estudio de la calle Neptuno, mientras que a cualquier cubano de a pie bastaba con ponerse una chaqueta para entrar al Capitolio y seguir, desde las gradas, los debates parlamentarios, y la construcción de edificios como el palacio florentino que Orestes Ferrara se hacía erigir en San Miguel esquina a Ronda, y el hotel de 8 y 19, avanzaba, se decía, gracias a materiales sustraídos de las obras del Capitolio.
Entonces el Prado era un lugar de moda, donde no faltaban timadores y fleteras. Allí iba a parar todo lo que se movía en la capital hasta que a mitad de la década de 1950 la Rampa lo desplazó.
Aun así, no se concibe a La Habana sin Prado ni Capitolio. Son símbolos de la ciudad, parte de su historia e identidad.
Dinamitan la cúpula

Vistas del Capitolio Nacional de Cuba. Foto: Abel Padrón Padilla/ Cubadebate.
El área que ocupa el Capitolio perteneció a la Sociedad Económica de Amigos del País que fomentó en ella, a partir de 1817, un jardín botánico. El gobierno colonial español enajenó a la Sociedad la propiedad de ese terreno, y en 1835 se comenzó a construir allí la estación de trenes de Villanueva. Sacar a los ferrocarriles de una zona que iba convirtiéndose en la mejor de La Habana fue, en las décadas postreras del siglo XIX, un anhelo de los habaneros. Se haría realidad en 1910 cuando, de manera fraudulenta, el Estado cedió a la empresa británica de los Ferrocarriles Unidos los terrenos del viejo Arsenal, donde se levantó la nueva estación ferroviaria, y recibió a cambio los del Villanueva, en los que debía edificarse el Palacio Presidencial.
Las obras de la mansión del Ejecutivo comenzaron en tiempos del presidente José Miguel Gómez, respaldadas por un crédito de un millón de pesos y la construcción se paralizó al asumir la presidencia el general García Menocal. Otros eran sus planes. Quería edificar el Palacio de la Presidencia en terrenos de la Quinta de los Molinos, y el edificio recién comenzado quedaría como sede del Legislativo. Ese cambio obligó a modificaciones sustanciales en el proyecto original de los arquitectos Rayneri (padre e hijo) e impuso que se dinamitara la cúpula que pesaba 1 200 toneladas métricas y que con cuatro petardos se vino abajo en menos de cuatro segundos.
El Palacio Presidencial no se edificaría a la postre en la Quinta de los Molinos porque Mariana Seba, la Primera Dama, se enamoró el inmueble que el general Ernesto Asbert, Gobernador de La Habana, edificaba en la calle Refugio para sede del gobierno provincial, lo que hizo que Menocal lo confiscara y pagara; edificio que convenientemente modificado y adaptado para vivienda y despacho oficial del Presidente de la República se inauguró en 1920.
La construcción de la sede del Parlamento se reanudó en 1917, solo para que se interrumpiera dos años más tarde por falta de dinero, y en 1921 el presidente Zayas la suspendió definitivamente. Era criterio del mandatario que Cuba no necesitaba de un palacio tan costoso y que el Senado y la Cámara podían seguir sesionando donde siempre. El primero de ellos, en el Palacio del Segundo Cabo, y la Cámara en su edificio de Oficios y Churruca.
Bajo Zayas los terrenos se arrendaron. Se instaló en ellos el Havana Park; desaparecieron, como por arte de magia, materiales de construcción e implementos de trabajo que los contratistas dejaron en depósito en el lugar, y el edificio sin terminar sufrió deterioros graves por el abandono, sin contar los daños que ocasionaron el viento y la lluvia. El sitio fue convirtiéndose en un almacén de trastos e inmundicias y otros negocios particulares buscaron asiento en el área, entre ellos, uno evocado Alejo Carpentier. Recordaba el autor de El siglo de las luces:
“… en un ángulo del yermo que representaban las obras del futuro Capitolio había un individuo que había montado una enorme carpa que estaba abierta todo el año donde se exhibían maniquíes de enfermos de sífilis. Eran unos maniquíes que mostraban todas las purulencias, todos los horrores que pueden sobrevenirle al ser humano por las enfermedades venéreas, y había en la puerta un negro enorme con un megáfono que se la pasaba gritando: Aquí el que entra bailando rumba sale todo desconflautado…”
17 millones
Cuando en 1925 accede Machado al poder, encuentra el Capitolio a medio hacer y con aspecto de ruina.
En Cuba las dictaduras han sido también de hormigón armado. Machado se propuso modernizar la capital cubana y en alguna medida, el país, y para ello se enfrascó en un vasto y ambicioso plan de obras públicas. Bajo su gobierno se remodeló el Paseo del Prado y se trazó la Avenida de las Misiones, prosiguió extendiéndose el Malecón hacia El Vedado para llegar a la calle G, y, en sentido contrario, se tiró la Avenida del Puerto; quedó inaugurada la Carretera Central y se levantó la escalinata universitaria. Se construyeron el aeropuerto de Boyeros, el Parque de la Fraternidad Americana, el reparto Lutgardita y el Hotel Nacional. Y también el Presidio Modelo, en la Isla de Pinos, con capacidad para 5 000 reclusos.
Resulta impensable que Machado y su megalómano ministro de Obras Públicas, Carlos Miguel de Céspedes, dejaran el Capitolio fuera de su punto de mira. En 1926 se reanudaron las obras. Se aprovecharía, hasta donde fuera posible, lo ya construido, aunque el proyecto sufriera no pocas modificaciones. Los mejores arquitectos cubanos de entonces –Cabarrocas, Govantes, Otero, Rayneri, Bens…- y algunos extranjeros, como Forestier, conservador de los parques de Paris, se volcaron sobre los planos, en tanto que la parte material era encomendada a la empresa Purdy and Henderson, contratistas norteamericanos que, trabajando bien, hicieron muy buenos negocios en el país con la construcción de la Lonja del Comercio, el edificio de La Metropolitana, el Hotel Nacional, los centros Gallego y Asturiano…
El Capitolio tiene una superficie total de 12 000 metros cuadrados, y de ellos más de 10 000 son de área techada. Sus jardines tienen una extensión de 26 500 metros cuadrados.
Datos que dio a conocer en su momento el periódico El Mundo, de La Habana, revelan que en su construcción se emplearon cinco millones de ladrillos, más de tres millones de pies de madera, cien mil barriles de cemento, y 38 000 metros cúbicos de arena. También 40 000 metros cúbicos de piedra picada y 25 000 metros cúbicos de piedra de cantería, 3 500 toneladas de acero-estructura y 2 000 toneladas de cabillas.
El edificio se inauguró de manera solemne el 20 de mayo de 1929, 37 meses después de haberse reiniciado su construcción. Había costado, se dice, 17 millones de pesos.
Los pasos perdidos
Su cúpula es, por su diámetro y altura, la sexta en el mundo. La linterna que la remata se halla a 94 metros del nivel de la acera, y en el momento de inaugurarse en edificio solo la superaban, en su estilo, la de San Pedro, en Roma, y la de San Pablo, en Londres, con 129 y 107 metros de alto, respectivamente.
La escalinata monumental de 55 escalones tiene en la cima dos grupos escultóricos. Uno simboliza El trabajo o el progreso de la actividad humana; el otro, La virtud tutelar del pueblo. Son obras del italiano Angelo Zanelli, autor de El altar de la patria que, en Roma, forma parte del monumento al rey Víctor Manuel. Es asimismo obra de ese escultor la Estatua de la República que se destaca en el imponente Salón de los Pasos Perdidos, exactamente debajo de la cúpula.
Su peso es de 30 toneladas y se eleva a una altura total de 14,6 metros. La República, en ella, está representada por una mujer joven que aparece de pie, cubierta por una túnica y con casco, lanza y escudo. Muy poco se sabe de la cubana que sirvió de modelo a esta pieza. Se conoce, sí, que se llamaba o se hacía llamar Lily Valty, quizás su nombre artístico. La revista El Arquitecto, de mayo de 1929, incluyó una serie de fotos en la que la modelo, en diversas poses, exhibe sin gasas ni tapujos toda su generosa anatomía.
A los pies de la estatua, empotrado en el piso espejeante, un brillante marca el kilómetro cero de la Carretera Central. Se cree que la gema perteneció a una de las coronas del último zar de Rusia.
Palacio de palacios
Hasta 1958 muy pocas leyes genuinamente populares se votaron en este palacio de palacios que daba albergue al Senado y a la Cámara de Representantes. Desde sus ventanas se ametralló a la ciudadanía que, desarmada y jubilosa, celebraba equivocadamente la caída de la tiranía de Machado. Cuando el déspota cayó de verdad y tantos cubiles machadistas y edificios públicos fueron saqueados, el pueblo no saqueó el Capitolio, aunque si desfiguró a martillazos el rostro de Machado esculpido al relieve en el pórtico del edificio. Allì, en 1936, el Senado, convertido en tribunal, juzgó y destituyó al presidente Miguel Mariano Gómez, y en el hemiciclo de la Cámara sesionó la asamblea que elaboró la Constitución de 1940. En el Salón de los Pasos Perdidos se velaron los restos mortales de Jesús Menéndez, insobornable líder obrero a la sazón Representante a la Cámara…
Después de 1959, el edificio acogió a la Academia de Ciencias y luego al Ministerio de Ciencias, Tecnología y Medio Ambiente hasta que en el año 2000 comenzó a estudiarse la posibilidad de entregarlo a la Oficina del Historiador de la Ciudad para su restauración. El edificio había sufrido un deterioro alarmante y, por la significación del inmueble, se imponía que nada podía alterarse de su composición original. Luego de un quehacer impresionante, el Capitolio retornó a sus funciones de Parlamento nacional. Para el historiador Eusebio Leal se trató de una decisión consecuente “porque no se puede luchar de manera permanente contra los fantasmas del pasado”. Enfatizó: “Hay un momento en que se hace un punto final y se comienza la historia”.