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Cruzadas caribeñas de migración: Borinquen dialoga con Cuba

Según nos cuentan quienes investigan y escriben de historia, el Caribe ha estado marcado por la migración aún antes de la colonización europea. Pero particularmente desde esa colonización y hasta el presente, la emigración permea las identidades caribeñas.

Con todas sus variaciones en expresiones políticas—revolución abolicionista en el siglo XIX, revolución socialista en el siglo XX, países neocoloniales, colonias y territorios de ultramar anexionados a su país colonizador—hoy todas las jurisdicciones caribeñas están signadas por la emigración.

¿Cuáles son las causas de la actual emigración masiva desde diferentes partes del Caribe?

Aunque la emigración desde cada una de las jurisdicciones caribeñas tiene sus dinámicas particulares, las secuelas del colonialismo y neocolonialismo, o sea las asimetrías de poder político, económico y militar caracterizan a todos los actuales éxodos desde el Caribe.

Además de la historia y las ciencias sociales, la literatura nos crea ventanas para sentir y pensar las diversas dimensiones del masivo desplazamiento humano que vivimos en el Caribe. La novela, Un país en mi mochila, nos ofrece una mirada boricua a una de las más singulares instancias de esa dispersión caribeña, la reciente emigración cubana.

Yarimar Marrero Rodríguez, la autora de la novela, vivió tres años en Cuba mientras completaba una maestría en sociología en la Universidad de la Habana. En esos tres años de migración intracaribeña, convivió con una familia cubana lo cual le permitió compenetrarse con la cultura habanera de la segunda década del siglo XXI.

En palabras de la autora, “Tres años para asombrarme con la cultura, la identidad, la historia, la idiosincrasia … del pueblo cubano” (p. 218). Además, por los lazos históricos y culturales que unen a las dos naciones, esta experiencia le sirvió para reafirmar su identidad puertorriqueña. Y, por esa entrañable idiosincrasia martiana del pueblo cubano, la vivencia habanera también logró que ella se sintiese “más caribeña, antillana y latinoamericana” (p. 218).

Las memorias de esa estadía,—incluyendo su reafirmación decisiva como escritora en reuniones con novelistas y poetas en La Habana— y su continua amistad con tres cubanas que decidieron emigrar recientemente, fueron la inspiración para la narración que constituye Un país en mi mochila.

Dirigida principalmente a un público adolescente, la novela nos presenta la emigración de Ana, una psicóloga cubana y Valeria, su hija de catorce años, a los Estados Unidos, cruzando por la frontera mexicana.

La narración se hilvana desde la perspectiva de Valeria, quien, al ser informada de la decisión de emigrar por su mamá, le grita: “¡Me vas a arruinar la vida! ¡Te odio!” (p. 37).

Aunque digna de la emotividad de esa edad, la declaración de ruina de Valeria tenía mucha sensatez: En esos momentos, ella estaba inmersa en los planes de la celebración de su quinceañero, un evento que en la cultura cubana representa una oportunidad de destello emocional individual, familiar y comunitario.

El fulgor va acompañado, en la medida posible, por prodigiosos gastos en traje, álbum fotográfico, y fiesta con música en vivo. Pero aún peor para Valeria, en esos días acababa de iniciar un noviazgo con Leo, un compañero de escuela quien le escribía poemas sobre sirenas, el mar, las islas, y quien tenía unos ojos verdes con “destellos color miel”.

Como buena psicóloga, Ana le pide a Valeria que use su respiración para superar el trauma de abandonar su vida en Cuba y responder a los numerosos riesgos de entrar en Estados Unidos sin visa. Así los esfuerzos de Valeria por inhalar, contar varios segundos y exhalar enmarcan la narración de las peripecias que sufre, junto a su mamá, en el viaje aéreo desde Cuba hasta México, el cruce por la frontera, los días en el centro de detención y los esfuerzos por amoldarse al ajeno entorno de Nueva Jersey.

Para quien lee esta novela desde la adolescencia, la lectura ofrece un hondo espejo a: las íntimas emociones que acompañan el emigrar; las relaciones entre hija y madre en contextos de mucha tensión, conflicto y angustia; las relaciones de noviazgo en forma presencial y a través del celular; la separación de amistades en el país natal; el desarrollo de nuevas amistades en el camino (la novela dedica un largo vistazo a la cultura de la capital mexicana) y en el mundo multiétnico y de comunidades marginadas de Estados Unidos.

Para quien lee esta novela desde la adultez, la lectura ofrece una plataforma para reflexionar sobre la emigración cubana como manifestación particular de la subordinación económica, política y cultural de los países del Caribe frente a los centros de desarrollo capitalista, particularmente a Estados Unidos.

La pregunta que le hace Valeria a su mamá y que sirve de epígrafe a esta reseña—Si nos vamos, ¿seguimos siendo de nuestro país? —es una que lleva resonando desde hace largas décadas tanto en la cultura boricua como en las de otros países caribeños exportadores de población.

Quien vive en la diáspora se hace la pregunta constantemente, y quienes piensan el rol de las diásporas en las definiciones del Caribe también frecuentan la pregunta.

Claro está que, en el contexto de Cuba, la pregunta tiene una dimensión política más honda: Dadas las relaciones de poder económico, político y militar en el mundo contemporáneo, ¿seremos capaces de acoplar sociedades en el Caribe que cumplan con objetivos de justicia, equidad y desarrollo sostenible sin que sus poblaciones tengan que sufrir severas privaciones materiales?

Al igual que la pregunta de Valeria, esta última no tiene respuesta definitiva, pero es una que tenemos que revisitar persistente y audazmente.

Para quien lee la novela desde la perspectiva de la pedagogía, la narración representa una alternativa para enriquecer los currículos de español y estudios sociales.

Más allá de ahondar y provocar reflexiones en torno a la emigración como parte central de las culturas caribeñas, las relaciones de amistad durante la adolescencia y las relaciones maternofiliales, la novela crea espacios pedagógicos para: dialogar en torno al manejo de emociones en contextos de conflicto y angustia; las variaciones lingüísticas del español (en forma de segmentos del diario de Valeria, la novela cuenta con un glosario de la jerga cubana y de la mexicana); y el papel del consumismo y del celular en la vida emotiva y social del adolescente promedio del Caribe, de México y de las comunidades inmigrantes en Estados Unidos.

En estos momentos de criminalización del extranjero, es difícil leer la novela sin pensar en la vida de inmigrantes caribeños y de otras regiones del mundo periférico en los Estados Unidos.

“En el primer día de mi presidencia, iniciaré el programa más amplio en la historia de Estados Unidos de deportación de criminales”, prometió Trump en su campaña electoral.

Durante el mes de abril, según las noticias, el promedio diario de deportaciones fue 573. Según una oficial del Departamento de Seguridad Nacional (Homeland Security en inglés), para principios de junio ya habían expulsado a 207,000 personas.

Los programas de inmigración dirigidos a fomentar la migración de Cuba a Estados Unidos han sido descontinuados por el gobierno de Trump. El de más reciente cancelación fue uno dirigido a migrantes cubanos, haitianos, nicaragüenses y venezolanos (CHNV por sus siglas en inglés), bajo el cual medio millón de personas (alrededor de cien mil de Cuba) habían entrado a Estados Unidos desde el 2022.

Si estas personas (y las amigas de la autora que inspiraron la novela) no habían completado el proceso de conseguir la residencia permanente (la tarjeta verde) para el 20 de enero de este año, estarán sujetas a ser deportadas.

Con referencia a los emigrantes, Patrick Chamoiseau, el escritor martiniquense, se queja: “Lo que están viviendo no es el destino de una horda, la confusión de una masa, son esfuerzos individuales por construir ‘personas’ en el recubrimiento del mundo. Las masas se dispersan, quedan las personas” (en Hermanos migrantes, p. 103).

Así, lo que pensamos desde las noticias y las ciencias sociales suele ser sólo lo masivo e impersonal de la migración caribeña. Las artes, incluyendo la literatura, son las que nos pueden dar un acercamiento más íntimo a las personas que emigran y sus circunstancias. Las que pueden fortalecer nuestra empatía y acciones de apoyo.

En ese contexto, Marisel Moreno (Crossing Waters. Undocumented migration in Hispanophone Caribbean and Latinx Literature and Art) se lamenta de la escasa literatura Boricua que enfoca en la emigración indocumentada desde el Caribe hispanoparlante. La novela, Un país en mi mochila, es un paso provechoso para responder a esa escasez.