
Los sábados eran los días que podíamos dedicar a las compras de avituallamiento para la alimentación de la semana. Ese día fuimos hasta la denominada Feria Central de Ceilândia, en Brasilia, Distrito Federal, un lugar idóneo para adquirir ropa, zapatos, alimentos y otros artículos demandados por los cubanos.
Llegué hasta una de las pescaderías del lugar y, al solicitar información sobre los pescados que se ofertaban allí, el joven dependiente reparó en mi acento extranjero y quiso saber mi nacionalidad. Con orgullo le dije que era cubano, a lo que él reaccionó con curiosidad por lo que publicaban los medios de difusión: “Ah, usted es de donde está la dictadura de los Castro. Allí no hay libertad y ustedes tienen que entregar al gobierno todo el dinero que les pagan aquí en Brasil. Eso es esclavitud…”, dijo.
Por un instante me llené de indignación y pensé en responder de forma irritada ante aquel insultante criterio, pero de inmediato reflexioné y comprendí que, con esa actitud, podía reforzar lo que pensaba aquel muchacho, cuya ignorancia lo llevaba incluso a ubicar a Cuba en África. Fue así que empecé explicándole que mi país es parte de América Latina y del Caribe, y que yo, siendo hijo de campesinos, a su edad no había necesitado vender pescado, sino que me había graduado de bachiller en un preuniversitario de forma gratuita, donde además se me garantizaban alimentación, alojamiento, bibliografía, profesores y transporte sin costo alguno.
Le pregunté si él podría llamar dictadura a un gobierno en cuyas elecciones periódicas vota más del 90% de los electores, donde no se cometen fraudes como en su país, ni existen empresas que financien a los políticos. Le tuve que decir que en Cuba, como en Brasil, la gente gusta del baile y las fiestas, con la diferencia de que en nuestro caso no es frecuente el consumo de drogas ni la violencia que a diario denuncian los médicos de su propio país.
Le expliqué que los médicos que allí estábamos lo hacíamos de forma voluntaria y bajo un contrato legal que estipulaba cuánto recibiríamos por nuestro trabajo; que todos teníamos nuestra plaza en un centro de trabajo en Cuba, y que no estábamos desempleados como el resto de los integrantes del programa Más Médicos, incluyendo los de su propio país. Le confirmé que sí, que era cierto que parte de lo que el gobierno brasileño nos pagaba lo enviábamos a nuestras familias, tal como lo hacen los brasileños que viven en el exterior y con quienes intercambio frecuentemente en los bancos de su país. En el caso del gobierno cubano, también remitíamos parte de ese dinero con el objetivo de aportar a nuestra economía, que se encontraba bloqueada por más de 60 años por la más poderosa de las economías: los Estados Unidos. Esto permitía que se siguieran formando médicos de manera gratuita, como fue mi caso.
Le hice saber que, mientras yo estaba allá, mi familia recibía todo el salario correspondiente a mi plaza en Cuba y que, además, mi seguridad social también estaba garantizada desde allá. Le conté cuán felices somos los cubanos de poder, aun siendo más pobres que Brasil, colaborar para mejorar la salud de los más necesitados en aquellos lugares donde los médicos de su país no quieren acudir a atender a sus compatriotas.
Le expliqué que en mi país no existían personas que, mientras yo hablaba con él, me interrumpieran para pedir una limosna con la que comprar algo de pescado.
El muchacho, con el rostro enrojecido por la vergüenza y los ojos humedecidos por las lágrimas, me pidió disculpas y me solicitó con vehemencia que lo ayudara a estudiar medicina en Cuba y ser como los cubanos.
Por mi parte, le pedí disculpas porque, debido al tiempo que le había ocupado, había dejado de vender cierta cantidad de pescado, pero a la vez le reiteré lo desinteresado de nuestra cooperación y que estaríamos allí mientras el pueblo y el gobierno brasileño lo necesitaran.