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Baile, baraja y botella

En el Castillo de Atarés, el sanguinario gobernador José Gutiérrez de la Concha ordenó la muerte de Narciso López y 50 de sus compañeros. Foto: Habana Cultural

De los 128 gobernadores que rigieron los destinos de Cuba entre 1511 y 1899 hay nombres más familiares que otros, pero la mayoría de ellos nada dice hoy.  Todos dejaron su huella en el horror de la Colonia. Con Antonio Chávez (1546) se fomentó en Cuba el primer ingenio azucarero, y con Manuel de Rojas, en los albores de la colonización, llegaron los primeros esclavos africanos.

El Marqués de la Torre embelleció La Habana con el paseo de la Alameda de Paula, y con Juan de Tejada La Habana tuvo título de ciudad. Con José Gutiérrez de la Concha se promulgó la más arbitraria de las medidas cuando quedó prohibido para los criollos el derecho de pedir.  De esos 128 gobernadores, ocho ocuparon el cargo en dos ocasiones, y en tres, solo Blas Villate, Conde de Valmasesa, y José Gutiérrez de la Concha, que es el protagonista de esta columna hoy.

Algunos de ellos no ocultaban su pasión por el juego, Francisco Dionisio Vives, aquel de “vive como Vives y vivirás”, llegó a tener su propia gallería en el patio del Castillo de la Fuerza y para que atendiera sus crías sacó de la cárcel a un asesino alevoso de apellido Padrón, que era experto en esos menesteres.

También era aficionado a los gallos José Gutiérrez de la Concha. Verdugo de tantos patriotas, aquel funesto gobernante se deleitaba con los espolazos de los jabaos y los pintos mientras clavaba su espolón de militarote feroz en las mismas entrañas del país.

Durante su primer gobierno condenó a muerte a Narciso López, de quien fue subordinado en el ejército español, y mandó a fusilar en las faldas del Castillo de Atarés a 50 de los compañeros de aquel caudillo anexionista. En el segundo, ordenó dar garrote a Pintó y a Estrampes, pero salió de La Habana con el sambenito de débil. Claro, en su primer mandato había tumbado más de 50 cabezas, y solo dos en el segundo. Aquel Capitán General, pregonaban los voluntarios y los integristas más acérrimos, estaba en franca decadencia.

Pese a eso, tuvo una tercera oportunidad sobre la tierra; muy breve, entre abril de 1874 y marzo del año siguiente.  Se decía que había querido volver para rehabilitarse; en realidad, quería habilitarse. Finalizado su segundo mando, si bien regresó a España cubierto de sangre, tuvo que pedir dinero prestado. Quería volver ahora cubierto de oro.

Pese a que la insurrección mambisa estaba en su apogeo, Concha hizo un gobierno que la gente definió como de las “b”: baile, baraja y botella. Ganaba y perdía grandes cantidades de dinero en la residencia de la Condesa de Jibacoa, en la Plaza Vieja, donde era visitante asiduo, y como apenas se ocupaba de la guerra, los intransigentes decían que estaba vendido al oro mambí.

Escribía el sinestro Conde de Valmaseda a quien sustituyó en el mando de la Isla:

“Todo está aquí desquiciado; puede decirse que en el Departamento Central solo se cuenta bajo el dominio de España la ciudad de Puerto Príncipe, que se halla hoy sitiada por el enemigo, no muriendo de hambre ni yendo a la rendición merced a la piedad de los insurrectos. Estamos a la defensiva; a una desesperada defensiva. Al dejar yo la Isla cien soldados iban victoriosos a todas partes; hoy no van seguros tres mil, como sucedió en la desgraciada acción de Las Guásimas… En las Villas han sido reducidos a cenizas más de cuarenta ingenios y Máximo Gómez llega a las puertas de Colón con sus huestes…”

Mas no se piense que Concha era hombre de mano débil ni que se dejara jamaquear por los Voluntarios.

En Marianao la vida se ve

Marianao se había convertido en una de los lugares de veraneo preferidos por las familias habaneras. Y allá se fue Concha con la suya, a disfrutar de las aguas medicinales, la limpieza del aire, la belleza del paisaje.     

Una noche, el capitán pedáneo local, señor de horca y cuchillo, sorprendió una mísera timba en un cuchitril de La Ceiba. Uno de los arrestados dijo que en Marianao se jugaba fuerte, pero que el oro cerraba los ojos del capitán. Picado en su honor propio, el hombre se metió en una casa rica.

—Preso todo el mundo en nombre de la ley –vociferó al entrar en la sala donde jugaban a los naipes. ¡Vengan! En fila y me dice cada uno su nombre.

Concha, que estaba entre los jugadores y en ese momento tallaba la mano, se puso de pie y se incorporó a la fila. Llegado su turno, dijo con pasmosa frialdad:

—Teniente general José Gutiérrez de la Concha, Marqués de La Habana, Capitán General y Gobernador de la Isla…

Al escuchar aquello, al capitán pedáneo se le arrugaron los atabales. Lo que siguió fue peor pues Concha pidió a uno de sus ayudantes que arrestase al pedáneo y lo internase preso en el Morro.

Tres días después, apiadado de la familia del preso, que suplicaba el perdón, pidió a su secretario que buscase una capitanía para el sujeto.

—En Santa Clara, General, en la localidad de Jumento hace falta un pedáneo –contestó el aludido.

—¡En Jumento! ¡Excelente! Ningún otro sitio me parece destino mejor para ese animal.