Muerto el papa Francisco, el gobierno de la Iglesia pasó automáticamente a las manos del Colegio de los Cardenales, según las reglas redefinidas por Juan Pablo II en 1996 en el documento Universi Dominici Gregis. Una vez que los cardenales se reúnen en Roma, se lee este documento. Los cardenales quedan obligados por juramento a guardar secreto.
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