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Esquina trágica

Un hecho sangriento ocurrió en la esquina de G y 25, frente al edificio Chibás, en El Vedado, el viernes 14 de abril de 1933. Foto: Tomada de Radio Habana Cuba.

Un hecho sangriento ocurrió en la esquina de G y 25, frente al edificio Chibás, en El Vedado, el viernes 14 de abril de 1933, en plena tarde y a la vista de testigos.

Agentes de la Policía Secreta del dictador Gerardo Machado aplicaron la ley de fuga a los hermanos Raimundo Solano y Antonio Valdés Daussá. El periodista norteamericano J. D. Phillips, corresponsal del New York Times en La Habana, presenció el crimen desde el balcón de su apartamento en el edificio Palace y lo relató después.

Conforme al procedimiento usual para aplicar la temida ley de fuga, ambos jóvenes fueron llevados al lugar en un automóvil por miembros del Servicio Secreto, empujados fuera del vehículo y mandados a correr. Tiradores expertos, apostados en un alto acantilado que dominaba los dos lados de la calle en este punto, donde era imposible escapar, abrieron un fuego aniquilador sobre Raimundo Solano y Antonio.

Escribía Phillips en su relato:

“Este corresponsal, de pie, en un balcón de su residencia, fue testigo presencial de la matanza de uno de los estudiantes. La primera descarga no alcanzó al muchacho, y este empezó a correr y a gritar: ¡No tiren más!

“A pesar de sus gritos, siguió una segunda descarga. La víctima, herida en la cabeza por las balas, se tambaleó, corrió unos veinte pies y se desplomó al penetrar en su cuerpo una tercera descarga.

“Los hombres sin uniformes que hicieron los disparos fatales, bajaron por las cuestas del acantilado, con rifles y revólveres en mano, para inspeccionar el cadáver, después de lo cual se alejaron lentamente a pie, sin ser molestados por la Policía Nacional uniformada, que llegó a la escena inmediatamente”.

Al mismo tiempo, otros tiradores, apostados más allá en el mismo acantilado, hirieron al otro joven que corrió en dirección contraria y, por tanto, fuera de la vista de Phillips, que sabría después que el muchacho gravemente herido, fue metido en un automóvil de la Secreta y trasladado de inmediato al Hospital de Emergencias, donde falleció.

Precisaba el corresponsal del New York Times: “Las autoridades policiacas y del hospital se niegan a dar informes sobre la víctima (…). Los periódicos locales son rígidamente censurados por las autoridades militares y no se les permite publicar nada sobre los acontecimientos…”.

La publicación en periódicos norteamericanos del relato de Phillips tuvo tal repercusión que el periodista fue amenazado por la porra machadista. Quiso buscar amparo en la embajada de su país. Pero allí el encargado de Negocios, Edgar A. Reed, muy ligado a la camarilla de Machado, le negó protección y lo abandonó a su suerte, mientras que Orestes Ferrara, canciller de Machado, afirmaba paladinamente que era la oposición y no el Gobierno, la que amenzaba al periodista.

Moriría años después, el 24 de agosto de 1937, al chocar con un camión el auto en que viajaba. Era el decano en la Isla de los periodistas extranjeros.

Veinticinco años después

El 9 de abril de 1958 era asesinado en la misma esquina Marcelo Salado, militante del Movimiento 26 de Julio y uno de los responsables de la huelga general programada para ese día. Angustiado por carecer de noticias sobre el desarrollo de la huelga y deseoso de obtenerlas, abandonó el apartamento que servía de estado mayor de las milicias del movimiento revolucionario, en el séptimo piso del edificio Chibás.

Ya en la calle, se acercaba a la gasolinera de G y 25 cuando fue identificado por Ramón Calviño, un militante del Movimiento pasado a las hordas del sanguinario Estaban Ventura Novo. El traidor y sus acompañantes dispararon sobre Marcelo, dejándolo sin vida. Treinta y dos balazos hicieron impacto en su cuerpo.

Antes, en agosto de 1934, en G y 29, a dos cuadras donde cayeran Marcelo Salado y los hermanos Valdés Daussá, encontraron la muerte Ivo Fernández y Rodolfo Rodríguez, militantes de Joven Cuba, la organización de Antonio Guiteras. Conducía la Policía a Rodolfo para internarlo en el Castillo del Príncipe, Ivo quiso rescatarlo y ambos resultaron muertos en la acción.

Por sus acciones, que rayaban en la temeridad, Ivo Fernández, había sido designado vicepresidente de Joven Cuba. Tenía 22 años de edad en el momento de su muerte.