
Foto: Archivo.
A comienzos del año 1895, Martí se encontraba rodeado de vicisitudes y peligros que lo obligaron a la más estricta clandestinidad. En estas condiciones, el 10 de enero de 1895 recibió el rudo golpe de la frustración del Plan de Fernandina, llamado así por el puerto floridano del que debían salir las tres expediciones costeadas por el Partido Revolucionario Cubano (PRC) para iniciar la guerra necesaria en la Isla; lamentablemente fueron incautadas las armas y confiscados los buques por las autoridades estadounidenses.
El 8 de diciembre de 1894 había sido firmado por Martí, Delegado del PRC, Mayía Rodríguez, en nombre del General Gómez, y Enrique Collazo, quien asume la representación de los conspiradores de la Isla, un Plan de Alzamiento que fijaba para finales de ese mismo mes el estallido de una insurrección que abarcaría toda la isla, y lo remiten, inmediatamente a Santo Domingo y La Habana. Pero ciertos desajustes en los preparativos del levantamiento impidieron que este se llevara a término en la fecha prevista.
El Plan consistía en conducir tres expediciones por mar desde el pequeño puerto de Fernandina, situado al norte de La Florida, hasta diferentes puntos estratégicos de las costas cubanas: el Baracoa, con Martí, Mayía Rodríguez y Enrique Collazo recogería en República Dominicana a Gómez para conducirlos a Camagüey; el Amadís iría a Costa Rica, para llevar a los hermanos Antonio y José Maceo, y Flor Crombet hasta la región más oriental de la Isla; el Lagonda sería conducido hacia un punto cercano a Cayo Hueso, donde lo esperaban Serafín Sánchez y Carlos Roloff para de allí navegar hasta Las Villas. Los desembarcos debían realizarse de la manera más simultánea posible.
Las embarcaciones saldrían con el pretexto de trasladar medios de trabajo y hombres para laborar en frutales y minas en Cuba y otros países. Cada jefe de grupo portaría 2 mil pesos y una vez se iniciara la travesía, a los capitanes de cada barco se le pagaría dos mil pesos para dirigirse rumbo a la Mayor de las Antillas, y en caso de que se negaran, se tomaría la embarcación y se conduciría a Cuba sin recibir el capitán dinero alguno.
Pese al celoso cuidado y discreción de José Martí y los principales jefes del movimiento en la preparación del alzamiento, el 10 de enero de 1895 llegaba una carta al Departamento de Hacienda de Estados Unidos en la que se delataba la presencia de dos barcos anclados en Nueva York, destinados a labores conspirativas contra el colonialismo español en Cuba y esta entidad comienza a tomar medidas para impedir su salida. Era el inicio del descalabro del denominado Plan de Fernandina, que debía ejecutarse en conjunción con el Plan de Alzamiento. Al otro día Martí decide enviar el Lagonda, que había llegado al puerto floridano cuatro días atrás, a Costa Rica, en sustitución del Amadís, lo que comunica al capitán del barco, quien consulta el cambio de ruta con el propietario. Mientras esto ocurre, circulan rumores de que el Lagonda podría transportar contrabando, o que estaría involucrado en una expedición armada, y funcionarios de la Aduana inspeccionan el barco, pero Nathaniel Borden propietario del muelle donde se halla la embarcación, no revela el contenido de una veintena de las cajas que se encuentran en las bodegas y se opone a que sean abiertas.
El 12 de enero en horas de la tarde, ya próximo a zarpar, el yate Lagonda es objeto de un nuevo registro y se procede a su detención por orden del secretario de Hacienda. Quedan arrestados el capitán y algunos miembros de la tripulación. Los pasajeros John Mantell y José Miranda–, seudónimos de Manuel Mantilla y del Coronel Patricio Corona– logran eludir el arresto. Ellos habían sido encargados por Martí para conducir la embarcación a Costa Rica, donde los esperaba el general Antonio Maceo, y echaron al agua, poco antes del registro varias cajas con efectos militares.
Ante esta situación, el 13 de enero, coincidiendo con el arribo del Baracoa al puerto de Fernandina, al cual registran sin resultado alguno, Martí convoca a varios de sus colaboradores para el hotel Travellers, de Jacksonville, donde se oculta, con vistas a trazar la estrategia a seguir. Participan en esta reunión Enrique Collazo, José María, Mayía, Rodríguez, Charles Hernández, Enrique Loynaz del Castillo y Tomás Collazo, a quienes se unieron poco después Gonzalo de Quesada y Horacio Rubens. Todos deciden continuar la tarea emprendida para lo cual se hace imprescindible comunicarse con los revolucionarios de la Isla, así como proceder con la batalla legal con el objeto de recuperar las armas incautadas, de lo cual se ocuparía el abogado de la Delegación, el estadounidense Horatio Seymur Rubens.
El 14 de enero fueron embargadas las aproximadamente ciento treinta cajas situadas en el almacén de Borden, las que tenían un cargamento apreciable de fusiles Winchester, Remington, revólveres Colt y otros pertrechos bélicos suficientes para unos seiscientos hombres, que darían apoyo al levantamiento interno. Al día siguiente fue detenido el Amadís por un guardacosta en Tybee, Estado de Georgia, pero lo dejaron en libertad al comprobarse que no transportaba carga alguna y sus documentos estaban en orden. El 18 se suspendió la orden de detención que retenía al Lagonda, y las autoridades aduanales devolvieron a Borden las cajas ocupadas en las bodegas del barco, aunque continuaron embargadas las halladas en el almacén del comerciante floridano hasta el 25 de enero; sin embargo, estas quedaron retenidas con el pretexto de garantizar el pago de una reclamación presentada por el dueño del Amadís por contravención del contrato.
La noticia de tal acontecimiento se regó como pólvora entre los simpatizantes de la independencia en Cuba y Estados Unidos, aunque el periódico Patria nunca publicó un informe explicando lo sucedido. La edición correspondiente al 19 de enero de 1895 solo se limitó a hacerse eco de la información brindada por el The New York World, y reprodujo los titulares de otros diarios de Nueva York sobre el asunto. Curiosamente, el semanario dirigido por Martí citó como fuente a un periódico neoyorquino porque el Delegado no podía revelar lo que había pasado con tres barcos que iban para Cuba con fines insurreccionales. Tenía que darse la noticia, pero no a través de él, que en ese caso habría expuesto sus fuentes abastecedoras de armas, recaudadas con el mayor sigilo durante casi tres años con el sacrificio de los emigrados asociados a los clubes del Partido Revolucionario Cubano.
El Delegado del PRC había realizado un minucioso trabajo de organización y coordinación dentro y fuera de Cuba, para llevar a feliz término el proyecto revolucionario, que entrañaba la subordinación de las actividades revolucionarias de los emigrados a las demandas y necesidades de la Isla. Por ello fue preocupación permanente en Martí la necesidad de evitar que los elementos en la Isla se impacientaran sin que estuvieran todas las condiciones que, según los planes del Partido, debían procurar un desenlace exitoso del movimiento insurreccional. Para dejar clara su posición al respecto, publicó en Patria, el artículo “La Delegación del Partido y el alzamiento”, donde manifestaba que el alzamiento “[…] no era de orden del Partido, y éste no debía esquivar las responsabilidades que por su propaganda de Partido auxiliar le cupieran en él, ni echar sobre sí las responsabilidades de una obra que no es suya”.[1]
Con estas premisas y prevenciones se entiende que Martí extremara su cautela y comunicara a Maceo y a otros patriotas la información estrictamente necesaria, con el fin de imposibilitar, en caso de que alguna documentación cayera en poder del enemigo, que este pudiera obtener información sobre los planes tan bien fraguados por la dirección revolucionaria.
La depresión económica, el fracaso de los autonomistas y la agitación patriótica irían determinando cambios en la situación del movimiento emancipador; de hecho Gonzalo de Quesada comunicó al general Gómez que estaban corriendo rumores en círculos diplomáticos acerca de una revolución inminente en Cuba y que en Nueva York, Filadelfia, Chicago y otras ciudades se verificaban reuniones secretas casi todas las noches a las que asistían conocidos expatriados y en uno de los despachos cifrados las autoridades españoles exponían su temor a “una invasión de la isla por una “banda de revolucionarios” cuyo jefe es el General Gómez”.[2]
En consecuencia, el Delegado tomaba precauciones en sus actividades diarias, cambiaba de nombre, enviaba mensajes en claves que él mismo había creado. Algunas veces se ocultaba varios días, y mantenía la discreción, incluso con los jefes de mayor confianza.
Es fácil darse cuenta de que Martí aplicaba procedimientos totalmente novedosos para llevar a cabo la emancipación de su pueblo, a tal punto que el propio Serafín Sánchez, quien había dado su apoyo al Partido, dudaba acerca del sistema empleado por Martí como se aprecia en una misiva enviada a Gómez, en la que se revela, además, el desconocimiento del avezado militar, acerca de la actividad clandestina llevada a cabo por Martí en la preparación de la guerra:
Martí lo ha querido hacer él todo y sin ayuda de nadie, y eso es imposible y hasta perjudicial á los avances de semejante empresa, pues por mucho que él valga y logre hacer siempre será deficiente su labor, por ser esa de carácter tal, que necesita del prestigio de todos los que á ella nos hemos consagrado en todos tiempos. Además Martí está enfermo y por eso necesita con más razón de quien lo secunde activamente. V. piense en eso y escriba á todos.[3]
¿Por qué entonces fracasó un Plan tan minuciosamente concebido y organizado, con las reglas más estrictas del clandestinaje?
Todo parecía indicar –aunque no se supo con certeza–, que el origen de la tragedia ocurrió por una serie de indiscreciones, de violaciones de la seguridad a la hora de transportar armamentos, en medio del acoso de los agentes federales de la ciudad neoyorkina y de los espías yanquis y españoles, muy activos en aquellos tiempos.
A partir de las evidencias halladas todo apunta a que el principal culpable fue Fernando López de Queralta, ingeniero nacido en Santiago de Cuba, quien alcanzó el grado de Coronel en la Guerra de los Diez Años, durante la cual cumplió varias misiones como organizador de expediciones a la isla. El general Serafín Sánchez, quien gozaba de toda la confianza de Martí, solicitó a este que fuera López de Queralta el encargado de dirigir el barco que los recogería a él y a Carlos Roloff en Cayo Hueso para conducirlos a las costas cubanas.
Martí se encontró en 1894 con López de Queralta en Nueva York, pero se sabe que su relación databa de antes, pues le había dedicado un ejemplar de sus Versos Sencillos[4]. Tomando en cuenta su pasada experiencia en la organización y conducción de expediciones a Cuba, podría parecer comprensible que Martí le ofreciera conducir una de las naves expedicionarias, sobre todo si Serafín Sánchez se lo había solicitado, pero lo cierto es que desde el inicio desconfió de él.
El 10 de diciembre de1894 Martí se hospedó en el hotel St. Denis, de Nueva York, en el que se inscribió con el nombre D.E Mantell. Allí recibió varias visitas, entre ellas la de Nathaniel B. Borden, comerciante de Fernandina que se encargaría de fletar los barcos para las expediciones, y el 15 de diciembre envía un telegrama a una persona llamada A. Galindo en el que lo citaba urgentemente para el siguiente día en el hotel donde se hallaba hospedado. Antonio Galindo era el seudónimo del patriota Alejandro González, a quien Martí envía a Costa Rica con instrucciones precisas para el General Maceo. En la misiva dirigida al Titán de Bronce le expone: ”Todo queda preparado a la salida de Alejandro, para la salida escalonada, y la llegada simultánea, de tres expediciones, […] la de Serafín,…queda sacada de manos de Queralta, y puesta en manos de un hombre enérgico y de habilidad suma […]”.[5]
Por esta comunicación se aprecia que ya el 16 de diciembre de 1894 en que Martí se entrevista con Alejandro González decide substraer de la operación a López de Queralta y hacer reajustes en las expediciones. También en los primeros días del mes de enero de 1895 en carta remitida a Serafín Sánchez se quejaba de la actitud “del hombre a quien U. deseaba de guía”, y lo califica de “totalmente nulo”.[6]
Ya separado de la expedición de Sánchez y Roloff, y contraviniendo las orientaciones de Martí en relación con la necesidad de mantener suma discreción en las misiones que realizara, López de Queralta envía a la estación de trenes neoyorquina parte de las armas que aún tenía en custodia declarando el cargamento como artículos militares y, además, con las cajas de las cápsulas mal cerradas, por lo que algunas se abrieron dejando a la vista su contenido. El Delegado logra actuar con celeridad, al recogerlas y remitirlas a Fernandina por otra vía, pero esta experiencia no hace más que ratificar la opinión desfavorable que ya se había hecho del negociante. En carta a José Dolores Poyo, Martí, con su generosidad proverbial, califica a Queralta de “hombre inepto”[7], pero todo apunta a que era un espía de España, de los Estados Unidos, o de ambos gobiernos.
Fernando López de Queralta, “en instantes en que rebosaba ira por no haber podido lograr para sí la comisión de la última compra de armas”[8] se negó a última hora incorporarse al Plan, dicen que en un momento de cobardía, alegando que no podría regresar a los Estados Unidos y tener que desembarcar en Cuba e incorporarse a la vida en campaña, y además estaba en desacuerdo con la orden dada por Martí de obligar a las tripulaciones de los barcos a dirigirse a Cuba si ello fuere necesario, pero aseguró tener buenas relaciones con un capitán de barco que merecía su confianza, a quien se le podía comentar el objetivo de las expediciones y estaba en disposición de llevar la nave a Cuba a cambio de cierta cantidad de dinero.
Esta revelación suscitó una gran preocupación en Martí, quien le reprendió por haber confiado el plan a un desconocido, pero el mal ya estaba hecho y para evitar males mayores, entre otras medidas urgentes, decidió cambiar el orden de salida de los barcos. En el proyecto inicial el Amadís era el barco destinado a recoger a Maceo: sin embargo, Martí decidió que fuera el Lagonda, que había arribado el 7 de enero de 1895 a Fernandina, el que debía ir a Costa Rica. Por eso esta nave, con 20 cajas de las 150 de material de guerra que se guardaban en los almacenes de Borden, estaba a punto de zarpar cuando fue inspeccionada y requisada respectivamente los días 11 y 12 de enero de aquel año.
El revés de Fernandina fue un rudo golpe para el proyecto independentista, pues no solo se perdían valiosos recursos obtenidos con el esfuerzo de la emigración cubana, sino también todo el minucioso trabajo de organización y acoplamiento realizado dentro y fuera de Cuba por Martí, así como el factor sorpresa, tan importante para el éxito de una insurrección. Sin embargo, lejos de frustrar la revolución, sirvió para que se conociera la organización y fuerza del Partido Revolucionario Cubano. Martí no se dejó amilanar por el revés y afirmó con entereza: “Yo no miro lo que se ha deshecho, sino a lo que hay que hacer”[9], y escribió con total optimismo: “Cuba, disciplinada, y con más fe. Las emigraciones por acá, mejor que nunca”. [10]
Por aquellos días, era necesario tomar precauciones debido al espionaje yanqui y español que lo cercaba, y José Martí se ocultó en casa del doctor Ramón Luis Miranda Torres, suegro de Gonzalo de Quesada y Aróstegui y su médico personal, quien junto a su esposa Luciana Govín y Manso le ofreció hospitalaria atención. En esta casa situada en la calle 46 no. 349 Oeste, en Nueva York, Martí desarrolló una febril labor de reorganización del plan y esperó el anuncio de Juan Gualberto Gómez Ferrer, su representante en Cuba, acerca de las condiciones en la Isla para el estallido de la insurrección, requisito imprescindible para cursar la orden de alzamiento. En medio de esas circunstancias amaneció el 28 de enero de 1895, fecha de su 42 cumpleaños.
Mientras, los generales Maceo y Gómez, así como los altos oficiales que los secundarían, informados por Martí, quien no perdió en ningún momento la fe en la victoria de sus ideas,[11] conocieron acerca de la gravedad del momento; pero tampoco cejaron en el empeño de llevar la guerra a Cuba por cualquier medio, y así lo hicieron saber al Delegado.
El 29 de enero de 1895, en el más riguroso secreto, Martí se reúne en Nueva York, en la casa de Gonzalo de Quesada, con José María Rodríguez (Mayía), en representación del General Máximo Gómez; Enrique Collazo, a nombre de la Junta Revolucionaria de La Habana, y Gonzalo de Quesada, como secretario. Martí presidió aquella tensa reunión en la que, probablemente, se abordara otra vez el delicado tema del revés de Fernandina. Lo que no podían perder los patriotas cubanos era la confianza en la Revolución y en su victoria. Por eso el Apóstol, luego de evaluar la situación en Cuba, apoyó la idea de continuar con los preparativos del reinicio de la guerra independentista.
El Delegado propone y se acuerda redactar la Orden de Alzamiento, dirigida a Juan Gualberto Gómez, así como otras para enviarlas a los jefes de Las Villas, Camagüey y Oriente. Con el propósito de llevar la guerra a toda la Isla, se especifica en el documento que el alzamiento de las regiones comprometidas se efectuaría con la mayor simultaneidad posible, para la segunda quincena del mes de febrero. Los reunidos firman los documentos y encargan a Juan Gualberto que se los haga llegar a los involucrados, y que fije la fecha del levantamiento.
Juan Gualberto recibió en Cuba los ejemplares de la Orden en los primeros días del mes de febrero, de manos del tabaquero Juan de Dios Barrios. Para esa fecha, ya las autoridades españolas conocían que en Cuba se produciría un levantamiento armado, aunque no tenían certeza por dónde ocurriría. En tanto, Juan Gualberto, para darle cumplimiento a lo que se indicaba en la Orden, se reunió en La Habana con Julio Sanguily, José María Aguirre, y los doctores Antonio López Coloma y Pedro Betancourt. Luego de un riguroso análisis, decidieron que la fecha más conveniente sería la del domingo 24 de febrero. Se escogió esta fecha por ser el primer día de carnavales, lo cual permitía que en los lugares de campo se pudiera transitar a caballo, en grupos armados, sin llamar la atención. De este modo, fatalmente precipitado y descompuesto, aunque con impulso ya indetenible– según expresión del Maestro Cintio Vitier–, comenzó la guerra necesaria preparada por José Martí.
Para Vitier: “De haberse cumplido aquel plan en su momento justo, de haber vivido Martí para llevar la guerra hasta su consumación, otra hubiera sido la suerte de Cuba (…) en aquella traición que desbarató el Plan de Fernandina se sitúa el origen de innumerables desdichas nuestras, porque en aquel acto se concentraron, como en un solo punto y cifra, en un solo hombre que Martí no pudo encender, todas las fuerzas negativas que se oponen a la luz”.[12]
Del fracaso del Plan de Fernandina emanan importantes lecciones. Se había hecho patente que la política estadounidense con respecto a Cuba fue apoyar la soberanía española mientras no pudiera ser norteamericana, continuación de la política que emprendieron en la guerra del 68 cuando se negaron a reconocer la beligerancia de los mambises y persiguieron cualquier intento de llevar expediciones con armas a Cuba, mientras entregaban recursos bélicos a la Metrópoli española. Por ello el Plan de Fernandina es y será un recordatorio de la perenne vigilancia que se debe mantener ante el imperialismo norteamericano, y ante la presencia de seres inescrupulosos y traidores, porque “los peligros no se han de ver cuando se les tiene encima, sino cuando se los puede evitar”.[13]
Pero otra de las fundamentales enseñanzas históricas es el valor de sobreponerse a las dificultades, como sucedió con Céspedes después de la derrota del combate de Yara, con Maceo en Baraguá, intransigente ante el Pacto del Zanjón, con Ignacio Agramonte, cuando ante el desaliento de algunos compatriotas cansados de la lucha declaró terminante que, a pesar de la falta de armas y municiones se seguiría combatiendo “¡Con la vergüenza!”, con el optimismo histórico de Fidel después de los reveses del Moncada y de Alegría de Pío, con el pueblo cubano, que ante las dificultades creadas por el bloqueo económico, comercial y financiero del gobierno de los Estados Unidos contra Cuba, durante más de 60 años resiste y trabaja para mantener las conquistas de la Revolución.
[1] José Martí: “La Delegación del Partido y el Alzamiento”, Patria, Nueva York, 21 de noviembre de 1893, en Obras completas, ob. cit., t. 2, p. 436.
[2] Gonzalo de Quesada: “Carta a Máximo Gómez”, Nueva York, 23 de mayo de 1894, en ANC: Fondo Máximo Gómez, folio 12, no. 152, exp. 549, no. nuevo 578, leg. 4.
[3] Ibidem.
[4] José Martí. Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1991, Tomo 20, p. 516
[5] José Martí. Carta al General Antonio Maceo, New York[16 de diciembre de] 1894. En: José Martí Epistolario [Compilación, ordenación cronológica y notas Luis García Pascual y Enrique H. Moreno Plá] Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1993, Tomo IV, p. 381
[6] José Martí. Carta a Serafín Sánchez, [Nueva York de 1895]. En: José Martí Epistolario, Ob Cit, Tomo V, p.6
[7] José Martí. Carta a José Dolores Poyo, [Nueva York, 17 de enero de 1895]. En: José Martí Epistolario, Ob Cit, Tomo V, p. 21
[8] José Martí. Carta al General Antonio Maceo, Nueva York, enero 19 de 1895. En: En: José Martí Epistolario, Ob Cit, Tomo V, p. 24
[9] José Martí. Carta al General Máximo Gómez. Nueva York [19 de enero de 1895]. En: José Martí Epistolario, Ob Cit, Tomo V, p. 23
[10] Carta a Serafín Sánchez, [Nueva York] 29 de enero [de 1895]. En: José Martí Epistolario, Ob Cit, Tomo V, p. 34
[11] Refiriéndose a la actitud de Martí luego del fracaso de Fernandina, escribió Gómez: “Yo vi a Martí entero y sin decaimiento cuando en el tremendo fracaso de la Fernandina, en donde lo perdimos todo […] Preciso era en lance tan desesperado jugar el todo por el todo, y vi entonces a Martí, sin miedo y resuelto a correr los azares de una suerte por demás incierta”. Máximo Gómez: “Carta a Francisco María González Quijano, 18 de mayo de 1902. En: Colección Textos Martianos. EL GENERAL GÓMEZ. JOSÉ MARTÍ.[Selección, introducción y notas del Centro de Estudios Martianos],Centro de Estudios Martianos, y Editora Política, La Habana, 1988 pp. 203-204.
[12] Cintio Vitier, García Marruz Fina. Temas Martianos. Editorial Centro de Estudios Martianos, Ediciones Especiales, La Habana, 2011, p.64-65
[13] José Martí. Periódico La Nación, 19 de diciembre de 1889Obras Completas, 19 de diciembre de 1889. Ob Cit, T. 6, p. 46.
Vea además:
Cuba libre: 24 de febrero de 1895, respuestas a muchas preguntas (+ Podcast)