
La medallista olímpica y nadadora en aguas abiertas Gertrude (Trudy) Ederle (1905-2003) en Brighton Beach, Nueva York, mientras entrenaba para cruzar el Canal de la Mancha. Julio 2 de 1925. Foto: Topical Press Agency/ Getty Images.
Hoy comienzan oficialmente los Juegos de París 2024. Un siglo atrás, el 26 de julio transcurría en la capital francesa la víspera de la clausura (primera al estilo ceremonial como las actuales) de los extendidos octavos Juegos de la era moderna, que habían comenzado el 4 de mayo. ¡Casi tres meses de duración!… Pero era la usanza en las primeras ediciones, solo cambiaría a partir de Los Ángeles 1932.
Corrió mucha historia desde entonces y cambiaron muchas cosas: la propia duración del evento, las condiciones del alto rendimiento, la publicidad, la transmisión y los mecanismos financieros en el deporte; la metodología y el avance tecnológico en entrenamientos, implementos, instalaciones y competición; las técnicas de los atletas; las cifras de comités olímpicos, atletas participantes y deportes convocados (algunos salieron del programa o perdieron cuotas; otros han entrado, para alegría de algunos y extrañeza o contrariedad de otros)…
Al mirar fotos de los Juegos de 1900, 1904, 1912, 1924…, disponibles en Olympics.com, se aprecia claramente cuán diferente era todo respecto a lo que vemos hoy.
Mucho ha cambiado en un siglo, pero hay historias que quedaron. Algunas forjadas en aquellos días parisinos de 1924, otras en que los Juegos fueron parte de un guion de vida mucho más largo y de mayor grandeza.
De 997 (22 mujeres y 975 hombres) en París 1900 (cinco meses de duración, de mayo a octubre), donde comenzó a brillar Fonst, y 3 089 deportistas (135 mujeres y 2 954 hombres) en París 1924 (casi tres meses, de mayo a fines de julio), donde encontramos otra vez al cubano y a Lidell, Abrahams, los finlandeses voladores, Weissmuller y la muy joven Trudy Ederle, a 10 500 deportistas en París 2024 (26 de julio al 11 de agosto, menos de un mes), donde, según el COI, hay el mismo número de mujeres que de hombres.

Deportistas en la Villa Olímpica de París 1924. Fueron los primeros Juegos Olímpicos con ese tipo de instalaciones. Las mujeres estaban más alejadas para “evitar tentaciones”. Fueron los primeros juegos en que se empleó el lema olímpico “Citius, Altius, Fortius”, los últimos liderados por Pierre de Coubertin. Hubo competiciones de arte. Foto: Topical Press/Hulton Archive/ Olympics.com.
En París 1924, el abanderado cubano fue Ramón Fonst, que, con casi 41 años, no consiguió pasar de semifinales. Cuba se fue sin medallas de aquellos Juegos: ese hiato desde las hazañas del legendario esgrimista a inicios del siglo XX hasta la plata de los Cárdenas (padre e hijo) en la vela de Londres 1948 y el despegue en México 1968, Múnich 1972 y Montreal 1976, con el punto más alto en Barcelona 1992.
Pero Fonst, que no solo sobresalió en la esgrima, ya había entrado en la historia y seguiría haciéndola hasta mucho después.
Fue el niño prodigio de la esgrima mundial y “bailó en casa del trompo” con 16 años en París 1900, en medio de la Exposición Universal, ganando oro y plata (esta frente a su maestro francés, Albert Ayat) y convirtiéndose en el primer campeón olímpico de América Latina y el Caribe, siempre definiendo frente a franceses, que coparon el medallero. Sumó otros tres títulos olímpicos en San Luis 1904.
Estuvo activo cuatro décadas: ganó su último oro a los 54 años, en los Juegos de Panamá 1938; acumuló unas 125 medallas y 25 trofeos de por vida; obtuvo oros en florete y espada tras 21 combates vencidos sin ser tocado una sola vez en los Juegos de La Habana 1930, a los 46 años, y derrotó a 100 rivales en sable, florete y espada en la Expo Mundial de San Francisco, en 1915.

Fonst, el zurdo fuera de clase, ganó cuatro medallas de oro y una de plata en los Juegos de París 1900 y San Luis 1904.
El cine de ficción −ya que vamos a hablar de cine, vidas y deporte− está en deuda con el célebre esgrimista a quien apodaban el Zurdo o el Nunca Segundo. Únicamente Capablanca (1986) brilla en ese salón cubano de la fama en el que no faltan hechos extraordinarios, historias personales, sacrificios, caídas y momentos cumbres; en el que Fonst, los boxeadores, las Morenas del Caribe, muchos atletas, luchadores, tiradores y otros cubanos han dejado huella.
En los Juegos de París 1924, Fonst y sus ocho compañeros de la delegación cubana fueron parte de un contingente de 3 089 deportistas (135 mujeres y 2 954 hombres) que compitieron en 27 deportes y 126 pruebas.
La memoria olímpica guarda las cinco medallas de oro de Paavo Nurmi, el finlandés volador, en seis días (incluidas las de los 1 500 y los 5 000 m en un mismo día, con un descanso de apenas 55 minutos y con RO en ambas pruebas); los cuatro oros y dos platas de su compatriota Ville Ritola, también en el atletismo (con RO en 3 000 m/ obstáculos y RM en 10 000); los tres oros de Johnny Weissmuller en 100 metros libres, 4x200 libres y 400 libres, además de un bronce en polo acuático (seguirían otros dos títulos en Ámsterdam 1928 y 12 películas como Tarzán), y el triunfo de Uruguay en el fútbol, que se repetiría en Ámsterdam 1928, camino a ganar una histórica final a Argentina en Montevideo 1930, el amanecer de las Copas Mundiales.

Escena de “Chariots of Fire” tras finalizar la carrera de los 100 m en París 1924. De izquierda a derecha: Ian Charleson (Eric Lidell), Ben Cross (Harold Abrahams) y Brad Davis (Jackson Scholz). Foto: Captura.
Carrozas de fuego (Chariots of Fire, 1981) es hasta hoy, sin dudas, el filme de París 1924 y del espíritu olímpico. No caduca, sigue resonando e inspirando, no solo en primer plano en ocasiones puntuales como los Juegos de Londres 2012.
Con su título salido de un poema de William Blake −inicialmente, iba a ser Los corredores (The Runners)–, la monumental banda sonora de Vangelis −Óscar junto a los de mejor película, mejor vestuario y mejor guion, entre siete nominaciones, además de premios Bafta y Globo de Oro y un éxito aplastante en taquilla− y una cuidadosa reconstrucción epocal, el filme revive la atmósfera de los Juegos de 1924 siguiendo la preparación del equipo inglés de atletismo y su rivalidad con el estadounidense; las vidas, los dilemas, la rivalidad y el compañerismo de iconos como Eric Lidell y Harold Abrahams.

Julio de 1924. El escocés Eric Lidell (1902-1945) recibido por sus compañeros de la Universidad de Edimburgo tras ganar oro en los 400 m en los Juegos Olímpicos París 1924. Foto: Olympics.com.
Lidell, el Escocés Volador, fue campeón en los 400 m (RM). Nacido en China, de familia misionera y devoto cristiano, sentía servir a Dios cuando corría. En París, siendo favorito, renunció a correr los 100 m por principios religiosos, un domingo en que ni siquiera estuvo en el estadio, sino que se fue a predicar a una sede de la Iglesia Reformada de Escocia en París. Murió en 1945 en un campo de prisioneros japonés en China, donde era misionero.
Abrahams fue campeón precisamente en los 100 m (RO), una distancia en que Lidell lo había superado antes. De origen judío, era estudiante en Cambridge, obsesionado con triunfar e imponerse ante los agravios y prejuicios contra su pueblo; sería luego comentarista y periodista deportivo, abogado, presidente de la Junta Británica de Atletismo Amateur hasta 1975. Su funeral, en 1978, es el inicio de la trama de Carrozas de fuego.
Como Lidell y Abrahams, en el filme y en la memoria de París 1924 aparecen, entre otros protagonistas, los norteamericanos Charlie Paddock y Jackson Scholz, el Rayo de Nueva York, quien ganó el oro en los 200 m (RO), donde Paddock fue plata y Lidell bronce, y la plata en los 100 m, detrás de Abrahams.
Y entre los destacados que resalta la página de Olympics.com dedicada a los juegos de la capital francesa, junto a los finlandeses voladores, los protagonistas de Chariots of Fire, Weissmuller o la tenista Hazel Virginia Wightman (dos de oro), está Gertrude (Trudy) Ederle, con una de oro (relevo 4x440) y dos de bronce en los 100 y 400 metros libres de la natación.
No destella particularmente entre tantos multimedallistas y recordistas, pero París, aún con oro olímpico, no fue el momento más alto de Ederle ni el empeño que definiría su legado. Había hecho una historia extraordinaria en sus menos de 19 años de vida, que cumpliría en octubre de 1924, y todavía le quedaba por hacer.
Antes fue coleccionista de títulos y récords, como Weissmuller, su contemporáneo; poco después, reina de la olas, heroína del Canal de la Mancha, adelantada entre las deportistas de su época para quedar como grande entre los deportistas de todos los tiempos.
Desde su debut en 1921, en una época en que no había el volumen de eventos de la actualidad, Weissmuller ganó más de 50 campeonatos nacionales estadounidenses y estableció casi 70 récords, incluidos 28 mundiales. En 1922, a los 18 años, marcó 58.6 s en los 100 metros libres, convirtiéndose en el primer humano que bajaba del minuto en la distancia. Y bajaría aún más.
¿Y Trudy Ederle?
“¿Qué crees que les pasa a las chicas de por aquí? ¿Qué crees que pasará contigo? Tu futuro ya ha sido decidido (...) ¿Crees que a la gente de por aquí le importa si ganas o pierdes? ¿Dos muchachas de la carnicería? No podemos ganar. No quieren que seamos heroínas. No quieren que seamos nada”.
(Meg Ederle a Trudy Ederle, a su regreso de los JJOO de París) (En el filme La joven y el mar)
Ederle implantó 29 récords nacionales y mundiales de natación amateur entre 1921 y 1925 en las distancias de 100 a 800 m. En una tarde de 1922, en Brighton Beach, Nueva York, batió siete récords mundiales en varias distancias en una sola tirada en la que nadó 500 m. Era la nadadora más consumada de la época.
Su historia es de la categoría en que el éxito requiere ene veces de sacrificio y entereza, una perseverancia sin fisuras. En su caso, por su clase social, hija de inmigrantes alemanes, y su condición femenina en tiempos en que el mainstream social y moral dictaba que la mujer no practicara deportes con uso de la fuerza, a riesgo de ser dañada o virilizada, lo que a veces encubría el celo de que lograse equipararse o, incluso, superar a los referentes masculinos.
El modelo era el de la fragilidad, la delicadeza, la maternidad y la condición de esposa; las prendas cortas, escandalosas; la rebeldía y el reclamo de derechos, desobediencia, vergüenza que podía rozar el desequilibrio mental.
Había señales de reacción femenina, adelantadas, pero quedaba mucho por destrabar en ámbitos como el deporte aun corriendo los locos o felices años 20, década de cambios sociales, culturales y tecnológicos; jazz, foxtrot, excesos y liberalismo social, las flappers (aquellas desafiantes mujeres de maquillaje y atuendos llamativos, faldas cortas y pelo corto al estilo “bob”) que configuraron la imagen de un periodo interrumpido por el crac del 29. Un bajón, por cierto, retratado en otro filme deportivo, el inspirado en Jim Braddock, campeón mundial de boxeo de origen irlandés, también neoyorquino (Cinderella Man, 2005).

Trudy Ederle, la nadadora que hizo época en los años 20 y fue la primera mujer en cruzar el Canal de la Mancha. “Creo que nado tan fácilmente como respiro o camino”, dijo en una ocasión. Foto: Getty.
El contexto social restrictivo al que debió imponerse Trudy, el sarampión que venció a sus seis años y le afectó la audición, su destino por diseño predeterminado de casarse en matrimonio arreglado con un joven alemán de bien, los impedimentos para practicar y competir… Todo se aprecia en el filme que en 2024 ha rescatado su leyenda, inspirado en su vida y sus empeños, sin ser relato fiel: La joven y el mar (Young Woman and the Sea), basado en el libro Young Woman and the Sea: How Trudy Ederle Conquered the English Channel and Inspired the World (2009, La joven y el mar: cómo Trudy Ederle conquistó el Canal de la Mancha e inspiró al mundo), escrito por Glenn Stout.
La niña que ayudaba en la carnicería de su padre junto a su hermana Meg aceptó retos, rechazó doblegarse a moldes y derrotó barreras, sin que ese esfuerzo le nublara el deseo de hacer lo que amaba y la plenitud de divertirse haciéndolo: luego de casi ahogarse en un lago a los siete años, convenció a su padre para que le enseñara a nadar con una cuerda atada a la cintura.
Condujo carretillas de carbón a una caldera hasta convencer a la entrenadora Charlotte Eppy Epstein de aceptarla en la transgresora Women's Swimming Association de Manhattan, donde aprendió a nadar con el estilo crol de 28 ciclos; desoyó consejos que le advertían sobre la pérdida de la audición por el padecimiento de sarampión; a los 12 o 13 años, ya ganaba torneos; a los 15 y 16, implantaba récords.

Trudy Ederle junto a su hermana Margaret (Meg) y su padre Henry, figuras centrales en la trama de “La joven y el mar”, en Inglaterra el 7 de agosto de 1926, un día después de haber cruzado el Canal de la Mancha y hacer historia. Foto: Topical Press Agency /Getty Images.
“Nunca me siento sola cuando estoy allá afuera”
Luego del oro y los dos bronces de París (los consideraba su “mayor fracaso”), quizá como forma de rebote decidió cumplir el sueño de cruzar el Canal de la Mancha, algo por entonces considerado fuera del alcance de una mujer.
Acumulaba años nadando en las aguas abiertas en Nueva Jersey y en piscina durante los entrenamientos con sus compañeras de la Women’s Swimming Association, pero el Canal demandaba más. Se preparó. Nadó unos 35 km desde el Bajo Manhattan hasta Sandy Hook, Nueva Jersey, un récord que duró ocho décadas.
Young Woman and the Sea recorre ese periodo. Pero el cine no es la vida real y −por libertades creativas, requerimientos dramatúrgicos o de producción, por realzar atmósferas y emociones en bien de la intensidad, sintetizar tiempos y resumir tramas que fueron más complejas y dilatadas en la vida real− toma atajos, cambia elementos cronológicos o biográficos, como en lo que concierne a los seis, no tres, hermanos Ederle; las circunstancias y saldo del incendio del vapor General Slocum (en 1904, no 1914, con más de 1 000 muertos), o el lapso entre los dos intentos de Trudy.
No solo sucede en el caso de este, sino de otros biopics.
Vivía en y por el agua. En una ocasión, confesó en una entrevista: “Para mí, el mar es como una persona, como un niño que he conocido por mucho tiempo. Parece una locura, lo sé, pero cuando nado en el mar, hablo con él. Nunca me siento sola cuando estoy sola allá afuera”.
El primer intento, en agosto de 1925, fracasó. Salió de Cap Gris-Nez a las 7:10 a.m. y nadó hasta las 3:59 p.m. (ocho horas y 49 minutos en el mar), guiada desde el barco La Morinie, donde viajaban el entrenador Jabez Wolffe, nadadores, músicos y reporteros. Primera vez en que un barco guía fue equipado con radio inalámbrica para el cruce: un reportero a bordo enviaba mensajes en código Morse a Londres, de donde seguían hacia Canadá y Estados Unidos.
En el libro de Stout y en la cinta se maneja la teoría de que Wolffe saboteó a Ederle y puso somníferos en el té que tomó mientras nadaba. Al parecer, la propia Trudy lo creía así. Un reportero habría comentado que la nadadora “insinuó que un vil complot concebido en la diabólica cabeza de un entrenador inglés le robó la victoria”.
Otras fuentes históricas aclaran que esa versión nunca se comprobó. Algunas apuntan que, efectivamente, cerca de las nueve horas nadando y a unos 11 km de Dover −en el sur de Inglaterra, la distancia desde allí a Cap Gris-Nez, norte de Francia, unos 33 km, marca la franja más estrecha del English Channel−, estaba desorientada y mareada. No avanzaba.
Según esas fuentes, Wolffe no leyó bien las corrientes ni trazó una ruta adecuada y ello hizo más difícil el avance en medio de muy difíciles condiciones del tiempo; tampoco Trudy estaba suficientemente preparada para las duras condiciones del Canal. Algunas refieren que Ederle solo descansaba, algo normal en los cruces, y Wolffe la tocó o mandó a otro nadador a tocarla, con lo cual la descalificó y abortó el intento.
Lo que sí no parece en disputa es la mala fe de Wolffe (algunos relatos periodísticos lo llegan a calificar de “misógino”). Ha sido llamado, según la página del Dover Museum, “el nadador más desafortunado en la historia de los cruces del Canal”.
Esa fuente registra 11 intentos del nadador en la dirección Inglaterra-Francia y otros cuatro en sentido contrario entre 1906 y 1913, todos fallidos. En algunas ocasiones, usaba música a bordo de la embarcación guía para entretenerse mientras nadaba y mantener el ritmo, un recurso que también empleó Trudy.

Trudy Ederle en un bote junto al entrenador Jabez Wolffe luego de su intento fallido en agosto de 1925. Foto: Getty Images.
En Young Woman and the Sea, con sólido reparto y una positiva recepción de público y crítica, los sonidos del mar son parte de la banda sonora, que apoya los momentos dramáticos y también los más ligeros. Se escucha repetidamente Ain’t We Got Fun, un foxtrot dado a conocer en 1920 y muy popular en la década, en el que críticos han señalado no solo la alusión a la vida alegre a pesar de la estrechez económica, sino matices satíricos e, incluso, de reclamo social.
Hay un fino humor que desarma barreras y a la vez reta −y viene al caso recordar la fuerza de la risa y aquel libro escondido en El nombre de la rosa− que brota de la irreverencia de Trudy, de sus compañeros de “locura” y de una familia que, aun sin ignorar los preceptos al uso, no se resigna ante imposiciones (como Trudy, Meg o Eppy Epstein, su madre Gertrude es fuerte y llega a tener gestos de ruptura. Su padre cede, reconsidera y la sigue en su pasión). La familia la apoya −y es un gesto de amor como pocos− en el riesgo, la aventura, el dejar ir y ser, incluso peligrando la vida, sin dejar de apoyar y acompañar.
“¿Para qué?”… Un traje rojo, gafas amarillas y hasta el final
No transcurrieron días o semanas entre ambos intentos, sino un año. Trudy Ederle regresó a Nueva York. Continuó preparándose. Fue contratada para escribir una columna semanal en el New York Daily News que, junto con el Chicago Tribune, estuvo entre los patrocinadores del segundo intento.
El ambiente parecía más contrario al empeño. El fracaso del 18 de agosto de 1925 había reforzado la idea de que el Canal era simplemente un imposible para las mujeres, que debían quedarse en su lugar. “El sitio de las mujeres, aunque quizá pueda no estar en el hogar, ciertamente no es el Canal de la Mancha”, escribió una columnista de The Washington Post.

Nueva York, junio de 1926. Trudy, a bordo del S. S. Berenharia, se despide mientras el público le desea suerte antes de emprender viaje a su segundo y definitivo intento de cruzar el Canal de la Mancha. Foto: Bettmann Archive/ Getty.
Para el segundo intento, en agosto de 1926, Ederle se preparó durante semanas en la costa de Cap Gris-Nez, desde donde partiría, ahora guiada por el inglés Thomas William Burgess, el segundo en cruzar el Canal con éxito, en 1911. Tenía el apoyo de Burgess, de su familia y de nadadores y nadadoras cercanos al reto del Canal. Su padre, Henry, le había prometido un auto deportivo rojo si triunfaba.
Más temprano en 1926, otras cuatro mujeres habían viajado a Cap Gris-Nez para nadar el Canal, impulsadas por el intento de Ederle y por el deseo de ser las primeras, pero habían fracasado. En 1925, antes que Ederle, Helen Wainwright, otra célebre nadadora neoyorquina, miembro de la Women’s Swimming Association y su compañera en París 2024 (ganó plata en 400 metros libres), había sido escogida y patrocinada para intentar el cruce, pero debió retirarse por una lesión.

En junio de 1926, la prensa de EE.UU. informaba que “cinco mujeres estadounidenses aspiran a nadar el Canal de la Mancha, con intenciones de hacerlo a mediados de julio: Lillian Cannon, Gertrude Ederle, Helen Wainwright, Lillian Harrison y Eva Morrison. Foto: Tomada de Channel Swimming Dover.

Trudy y su entrenador, el también nadador del Canal William Burgess, que la cubre de grasa, el 6 de agosto de 1926, poco antes de que Ederle se lanzara al mar en Cap Gris-Nez, Francia. Foto: Bettmann Archive/ Getty.

En la foto, tomada el 6 de agosto de 1926, Trudy ya lista para emprender el cruce del Canal de la Mancha se despide de Lillian Cannon, otra de las nadadoras estadounidenses que aspiraban a hacerlo. Foto: Hulton-Deutsch Collection/ CORBIS/ Getty Images.

Trudy entra al agua para comenzar el cruce del Canal de la Mancha, el 6 de agosto de 1926. Poco más de 14 horas y media después, en la noche de ese día, se convertía en la sexta persona y primera mujer en completar la hazaña. Foto: Getty.
Trudy se lanzó al mar a las 7:05 a.m. del 6 de agosto de 1926. Vestía su innovador y “escandaloso” traje de baño rojo de dos piezas −que ella misma diseñó (posteriormente el diseño de ropa sería una de sus ocupaciones) y que, según Stout, fue “el primer biquini de la historia”−; llevaba sus gafas para nadar amarillas, que reforzó con cera, y estaba cubierta de varias capas de grasa, lanolina, vaselina y aceite de oliva para protegerse de la hipotermia y las medusas.
Poco antes, dijo: “England or drown is my motto”, algo así como “Llego a Inglaterra o muero ahogada, ese es mi lema”. En el filme, cuando pone sus condiciones y exige a Burgess prometerle que, pase lo que pase, no la sacará del mar, dice: “Vamos a Inglaterra o morimos en el intento”.
Debió enfrentar fuertes y cambiantes corrientes, frías temperaturas, medusas, olas de hasta dos metros y condiciones que se deterioraron hasta terminar en una tormenta que les obligó a cambiar el rumbo y que no es reflejada en el filme.
Según relatos, en medio del fuerte viento, la lluvia y el oleaje, hasta el piloto del barco guía, el Alsace −donde viajaban Burgess, familiares y otros nadadores−, estaba inquieto. La prensa les seguía en el La Morinie. Los fotógrafos dejaron de hacer fotos y se refugiaron en la cabina.
Alguien gritó a Trudy, que se alejaba, que era hora de salir del violento mar. Ella, concentrada en nadar y ajena a las preocupaciones que rondaban a quienes la acompañaban, en medio del ruido del mar y con su capacidad auditiva disminuida, tal vez cantándose canciones populares mentalmente, tardó en responder.
Miró al barco y gritó: “¿Salir del agua? ¿Estás loco? ¿Para qué?”. Sonrió, volvió a bajar su cabeza y siguió nadando con fuerza y provocando “vivas” a bordo del Alsace.
“Creo que nado tan fácilmente como respiro o camino. Y realmente pienso que debería ser así de natural para todos. Los científicos dicen que todos fuimos animales acuáticos en un principio, entonces, ¿por que no deberíamos volver atrás, de vez en cuando, a nuestro primer hogar, el océano?”. (Trudy Ederle)
“Tuve que mantenerme bromeando con ellos para mantener su espíritu arriba”, recordaría más tarde. Aquel día, por momentos se cantaban o sonaban en el gramófono a bordo del Alsace temas populares como Let Me Call You Sweetheart, Sweet Georgia Brown y Sweet Rosie O'Grady. La música ayudaba a Trudy a mantener el ritmo. Desde hogares y bares en muchos países era seguido el progreso de la nadadora en los breves reportes de radio.

6 de agosto de 1926. Trudy Ederle nada el Canal de la Mancha mientras su hermana Meg y el entrenador William Burgess la miran desde la borda del Alsace, donde también viajaban su padre, amigos y nadadores. Foto: Bettmann Archive/ Getty Images.
El último tramo debió hacerlo en solitario y terminarlo en la oscuridad. Se cuenta que en Kingsdown muchos se fueron a la costa, donde tocaban las bocinas de los autos y encendían hogueras para guiarla.
Trudy tocó tierra en Kingsdown a las 9:44 p.m. Habían pasado 14 horas y 39 minutos (según el sitio especializado Channel Swimming Dover, que recoge la historia, cronologías y listas, nadadores, fotos y hechos de los cruces del Canal) desde su partida de Cap Gris-Nez. Se convirtió en la sexta persona y primera mujer en cruzar exitosamente a nado el Canal de la Mancha.
Otras fuentes colocan en 14 horas y 31 minutos la duración de su cruce.
A pesar del frío, las corrientes inciertas, la tormenta, los cambios de rumbo, la niebla y la oscuridad, lo hizo más rápido que los cinco hombres que lo habían logrado hasta entonces −el primero, Matthew Webb, en 1875; el segundo el propio Burgess, en 1911−, destrozando con diferencia de casi dos horas el mejor tiempo hasta entonces, en poder de Enrico Tiraboschi, que había tardado 16 horas y 33 minutos en 1923.
Antes de Trudy Ederle:
1- Matthew Webb (inglés) (De Inglaterra a Francia). Fue el primero con intentos registrados. El 24 de agosto de 1875, partió del Admiralty Pier en Dover y arribó a Calais en 21 horas y 45 minutos. Había hecho un intento fallido días antes, el 12 de agosto. Murió en 1883 nadando los rápidos del Niágara.
2-Thomás William Burgess (Inglés) (De Inglaterra a Francia). El 5 de septiembre de 1911, nadó de South Foreland (Inglaterra) a Cap Gris-Nez (Francia) en 22 horas y 35 minutos. Acumulaba 17 intentos fallidos entre 1904 y 1908. Entre su intento exitoso de 1911 y el de Webb en 1875 se contaron 70 intentos fallidos. Más tarde, se dedicó a entrenar nadadores, entre ellos Trudy Ederle y Charles Toth.
3-Henry Sullivan (Estados Unidos) (De Inglaterra a Francia). En su séptimo intento, entre el 5 y el 6 de agosto de 1923, nadó entre Shakespeare Cliff y Calais en 26 horas y 50 minutos, que fue hasta 2010 el tiempo más largo en un cruce a nado exitoso.
4- Enrico Tiraboschi (Italiano residente en Argentina). Primero en nadar de Francia a Inglaterra. Éxito: 12 de agosto de 1923. Tiempo: 16 horas y 33 minutos. Dos intentos fallidos previos en los meses de agosto de 1921 y 1922.
5- Charles Toth (estadounidense de origen húngaro) (De Francia a Inglaterra). Cruzó en 16 horas y 40 minutos el 9 de septiembre de 1923, luego de cuatro intentos fallidos desde 1922.
No nadó los 33.5 km del Canal, sino más de 55 km. ¿Por qué? Se explica en el filme: ningún cruce dibuja una línea recta. Según los expertos, hay que nadar en zigzag, siguiendo los reflujos y la corriente, que cambian constantemente. Ederle lo hizo en tiempo récord.*
Más mujeres y hombres le siguieron ese mismo año, sin duda estimulados por las resonancias que generó Trudy.
Al año siguiente, Mercedes Gleitze completó el cruce y se convirtió en la primera mujer británica en hacerlo, pero no superó el tiempo de Trudy, que permanecería como récord entre las mujeres hasta agosto de 1950, cuando otra estadounidense, Florence Chadwick, cruzó en 13 horas y 23 minutos en un mar en relativa calma.
En septiembre de 1951, Chadwick haría el cruce en sentido inverso, Inglaterra-Francia, en 16 horas y 22 minutos, convirtiéndose en la primera mujer en nadar el Canal en ambos sentidos. Repetiría en 1953, otra vez Inglaterra-Francia y en 14 horas y 42 minutos, lo que la dejó en la historia como la primera persona en lograrlo tres veces. Además, acumuló cinco intentos fallidos.
“Decían que las mujeres no podían nadar el Canal, pero yo probé que sí pueden”. (Trudy Ederle)

La proeza de Trudy Ederle tuvo resonancia mundial y derribó prejuicios sobre la capacidad y entereza de las mujeres en los deportes. Foto: Tomada de channelswimmingdover.org.
Pionera, enfrentada a obstáculos y restricciones, sola frente a los elementos en tiempos en que no estaban disponibles trajes sintéticos, radar ni las técnicas actuales de entrenamiento o comunicaciones, y en la que los guías, más que certezas y reportes meteorológicos, usaban brújulas y el “olfato” del tiempo y la experiencia acumulada, la proeza de Trudy Ederle es de esas en que se afronta, con audacia y lo que muchos considerarían locura, un objetivo que se sabe más allá del punto de no retorno.
Un salto al vacío entre la fe, una voluntad de hierro, una confianza infinita en las capacidades personales y una pasión que pide llegar hasta el final, nunca rendirse.
Exploradores y aventureros, entre ellos otros que cruzaron el Canal de la Mancha y demás inhóspitos brazos de mar o quienes enfrentaron el Everest y otras alturas, han dado esos saltos, brazadas, vuelos, escaladas, sumergidas o caminatas al vacío.
Algunos los hemos podido apreciar en el cine: Charles Lindbergh (en 1927, al año siguiente del cruce de Ederle/ El héroe solitario, 1957) y Amelia Earhart (en 1932/ Amelia, 2009) en sus vuelos solitarios cruzando el Atlántico; los buzos rescatistas de los niños atrapados en una cueva inundada en Tailandia (en 2018/ 13 vidas, 2022) o Robyn Davidson en su épico viaje de 195 días en 1977 a lo largo de unos 3 000 km, desde el interior de Australia hasta la costa del Índico, cruzando el desierto acompañada de cuatro camellos y un perro (Tracks, 2013).
Fama, semiolvido y legado
Trudy fue en su momento, tras la hazaña del Canal de la Mancha, la mujer más famosa del mundo. En Estados Unidos, al nivel de Babe Ruth o Jack Dempsey, y más allá. “Nuevas y concluyentes pruebas de la emancipación deportiva del otrora sexo débil”, publicó un diario alemán; “la más gloriosa de las ninfas”, le llamó Le Figaro.
A su regreso a Nueva York, fue recibida por entre 250 000 y dos millones de personas (según distintas fuentes) en un masivo desfile en su honor en la Quinta Avenida; tuvo su auto rojo deportivo, innumerables propuestas de matrimonio, fama y recompensa, un breve momento en el cine (en Swim Girl, Swim, un filme silente de 1927, se interpreta a sí misma), al menos dos canciones y varios libros dedicados, entrevistas y, con el paso del tiempo, recordatorios en la prensa en aniversarios cerrados de su hazaña.

El recibimiento a Ederle a su regreso a Nueva York fue una concentración histórica. Foto: Getty Images.

Trudy, en el primer auto de la procesión, saluda a la multitud que le recibe en Nueva York como heroína. Foto: Corbis/ Getty Images.

Ederle, la primera mujer en cruzar a nado el Canal de la Mancha, fue coronada como Reina de las Olas en el masivo recibimiento en Nueva York, el 8 de septiembre de 1926. Foto: Topical Press Agency/Getty Images.
Hizo demostraciones en espectáculos de variedades y shows de nado y clavados, a veces con destacadas colegas de la Women's Swimming Association como Helen Wainwright y Aileen Riggin (las dos, ganadoras de medallas olímpicas en nado y saltos ornamentales). En los años 30, se dañó la columna al caer por una escalera; se creía que no volvería a caminar ni nadar, pero seis años más tarde nadó en la Feria Mundial de Nueva York en medio de una ovación.
Cerca de los 40 años de edad, perdió totalmente la audición. Diseñó ropa y creó técnicas con las que enseñó a nadar a niños con discapacidad auditiva. Durante la Segunda Guerra Mundial, trabajó para una aerolínea en el aeropuerto La Guardia chequeando instrumentos de vuelo.
En 1965, Gertrude Ederle fue exaltada al International Swimming Hall of Fame, establecido ese mismo año. “Fue la contraparte femenina de Johnny Weissmuller. En todos los hogares se hablaba de ellos como las dos mayores figuras de la natación en los años 20”, se lee en su ficha. Murió en 2003, a los 98 años de edad, luego de décadas de semiolvido. Young Woman and the Sea ha recuperado para todos la historia de esta audaz y entregada nadadora.
Para muchos en los años 20 y décadas más tarde, aun en 2024, lo que hizo Trudy Ederle trascendió más allá de la mera hazaña física y de un momento específico.
Fue extraordinaria y fue la primera, una pionera que abrió caminos para las nadadoras y para el resto de las mujeres en el deporte y en la sociedad en general. Probó que era posible lo que se decía una y otra vez que era imposible, fuera del alcance de la fuerza y resistencia de una mujer; no solo haciéndolo, sino superando a cinco hombres que la habían antecedido.
Inspiró a niñas y jóvenes, dio alegría y provocó asombro a millones. Lo hizo a sus 20 años, con su traje rojo de dos piezas de diseño propio y sonriendo ante el temporal, con su peinado corto al estilo “bob” y música en la cabeza, siempre hablando con el mar.
Así quedó en la memoria una de las 135 mujeres que hace un siglo compitieron en los Octavos Juegos Olímpicos, que nadó por medallas en París y no se conformó hasta hacer lo imposible y contribuir a cambiar la historia.

Trudy Ederle saluda desde un auto, Nueva York, 1926. Foto: General Photographic Agency/ Getty Images.
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* Un capitán de barco del Canal, proveniente de una familia de pescadores, tripulantes y nadadores cuya historia se remonta a la década de 1920, abordaba el tema recientemente, afirmando que se necesita ciencia para que un nadador cruce el estrecho:
“Es una corriente que cambia muy rápido. Tienes de un lado el Mar del Norte y del otro el Atlántico. Son muchas variables en una distancia muy corta. Los nadadores tienen normalmente una ventana de tres semanas durante la temporada de nado, que va de julio a septiembre. Es el piloto del bote el que decide la salida, pero al final es la naturaleza la que está a cargo.
“Miramos el pronóstico del tiempo cada seis y 12 horas, principalmente atentos a vientos y mareas. Salimos en el periodo de 24 horas en que mejor es el pronóstico, pero algunos nadadores se toman más tiempo y entonces estás un poco a merced de los cambios meteorológicos. El viento puede cambiar de dirección sin aviso, hay tormentas inesperadas y vientos esquivos. Un cruce típico del Canal es en la forma de S para ir con las tramposas mareas y corrientes. En los días de Trudy, salían de la playa y fijaban el rumbo con brújula, como podían. He visto material visual de aquellos días en archivos y la niebla era gran cosa”.
Según la CSA (Channel Swimming Association, fundada en 1927 y que estableció el código y reglas para nadar el Canal), actualmente la temperatura del agua oscila entre 14 y 18 ºC en la temporada (julio-septiembre), pero puede caer a 6 ºC.
Según Dover.uk, desde 1875 ha habido 4 133 intentos. En ellos, 1 881 nadadores completaron 2 428 intentos en solitario. Un 37% de los nadadores han sido mujeres. El 32% de los intentos los han hecho británicos y el 17% estadounidenses. Tiempo promedio: 13 horas, 33 minutos y 54 segundos.
Según registros, aunque el número exacto de nadadores que murieron tratando de cruzar es desconocido, se estima que entre 10 y 16 murieron desde 1926, el año del intento exitoso de Ederle.

“Young Woman and the Sea” rescata en 2024, un siglo después, la vida y las circunstancias en que hizo su carrera deportiva y su hazaña la nadadora Trudy Ederle. La actriz Daisy Ridley, en el papel de Trudy, fue entrenada por la medallista mundial y olímpica Siobhan O'Connor para las escenas de nado en el Mar Negro, que también contaron con dobles de nado. Foto: Disney.
