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La Habana, metrópolis caribeña

La Habana es una ciudad singular; siempre lo fue y nunca ha perdido ese carácter. Foto: Julio Larramendi.

La Habana es una ciudad singular; siempre lo fue y nunca ha perdido ese carácter. En época colonial fue la Venecia del “nuevo mundo”, al convertirse en la ciudad más importante de la nueva ruta comercial, una vez implantado el Sistema de Flotas. La condición de puerto escala le dibujó ese rostro mestizo y multicultural que pervive al día de hoy, no solo en sus excelentes ejemplos urbanísticos y arquitectónicos, sino también en ese carácter tan peculiar del habanero, amable, curioso y exagerado; bullangero y elegante a la vez.

Puede afirmarse que es la ciudad ideal para impartir una clase de arquitectura y urbanismo in situ, pues permite apreciar las diversas corrientes y estilos en el paulatino devenir del desarrollo urbano y arquitectónico con solo recorrer sus barrios. Afortunadamente, y por causa del azar, no se cometieron los errores que una mal entendida modernidad provocó en las capitales regionales con un saldo de transformaciones traumáticas, o los éxodos masivos que provocaron las periferias marginales que asfixian a las grandes urbes.

El gran reto de los urbanistas cubanos es, sin dudas, conservar este espíritu del lugar, este patrón genético de la ciudad, introduciendo las necesarias transformaciones que la eleven a la categoría de una ciudad del siglo XXI. Foto: Julio Larramendi.

El triunfo revolucionario de enero de 1959 priorizó el desarrollo hacia zonas del país históricamente postergadas y eso trajo por consecuencia que La Habana se congelara en el tiempo siendo, paradójicamente al día de hoy, uno de sus principales atractivos. A pesar del deterioro que la caracteriza, en algunos casos realmente alarmante, ahí están preservados no solo su núcleo fundacional, sino barriadas trazadas con inteligencia urbanística y excelente factura de su arquitectura, que recorre sus casi 505 años de existencia. Las calzadas que siguen los primeros caminos hacia el sur, con sus infinitas columnatas para proteger del sol inclemente o del aguacero repentino, transformadas en los túneles verdes de El Vedado, uno de los barrios mejor pensados del mundo; o la infinidad de repartos que hacia el oeste o el sur, fueron dibujando la estratificación social de la ciudad, a veces opulentos, a veces más humildes, pero siempre bajo un patrón de dignidad.

Por fortuna, La Habana sigue siendo una ciudad para el ciudadano, que se ha apropiado del espacio público, aprovechando que se goza aun de una seguridad ciudadana que escasea cada vez más en estas latitudes. Aún no está invadida por el automóvil privado que abrió cicatrices irreversibles en ciudades que hoy están intentando borrarlas, ni hubo el auge desarrollista que en otras urbes borró barrios tradicionales enteros bajo la fisionomía de una arquitectura impersonal, en algunos casos de calidad, pero carente de elementos identitarios. La Habana conserva aún ese espíritu pueblerino que facilita la relación casi familiar entre los vecinos pero que curiosamente convive en armonía con una energía cosmopolita que renace. Su topografía es amable, igual que su clima, y la naturaleza la dotó de unas excelentes playas hacia el este, donde también se construyeron desde anónimos barrios dormitorios hasta singulares ejemplos de urbanismo moderno.

Por otra parte, cuenta con extraordinarias reservas de suelo, no solo en áreas intersticiales, sino posicionadas estratégicamente, pues con el traslado de la actividad comercial de la bahía habanera hacia el puerto del Mariel, a escasos 40 kilómetros de la capital, quedarán a disposición de su desarrollo miles de hectáreas por urbanizar con una extraordinaria concentración de valores culturales y naturales. Sin dudas la bahía de La Habana se convertirá, una vez más, en el motor de su desarrollo y para ello ya tiene previsto un Plan de Desarrollo Perspectivo, recientemente concluido en el 2021.

El gran reto de los urbanistas cubanos es, sin dudas, conservar este espíritu del lugar, este patrón genético de la ciudad, introduciendo las necesarias transformaciones que la eleven a la categoría de una ciudad del siglo XXI. Lo más importante es hacerlo saltándonos los errores en que incurrieron otras ciudades y que hoy intentan corregir. Lo más difícil será convencer a los decisores de la necesidad de instrumentar planes integrales, integradores y participativos, pues los años de crisis económica conocidos como “Periodo Especial”, redujeron el impacto de los planes urbanos como conductores del desarrollo de la capital; lo más estratégico será sensibilizar a las autoridades de que el suelo urbano, con la enorme ventaja de que en nuestro país es de dominio del Estado, es uno de los recursos económicos más importantes con que cuentan las ciudades, generador de riqueza para su propio desarrollo. También constituye un gran desafío, en las circunstancias actuales, generar las condiciones adecuadas para retener a los profesionales jóvenes que, formados en las diversas especialidades, puedan comprometerse con el porvenir de su ciudad.

Por fortuna, La Habana sigue siendo una ciudad para el ciudadano, que se ha apropiado del espacio público, aprovechando que se goza aun de una seguridad ciudadana que escasea cada vez más en estas latitudes.Foto: Julio Larramendi.

Lograr introducir las más recientes tendencias de un urbanismo ecológico y sostenible  será otro de los grandes retos, pues la mayoría de los planteamientos más actuales para la ciudad contemporánea (favorecer la movilidad a pie, ciclos y transporte público, por encima del automóvil privado; la agricultura urbana o la mentalidad de reciclarlo todo, por solo citar algunos ejemplos), llegaron hace años a nuestro país de la mano de la necesidad, debida a la profunda crisis económica y no desde un pensamiento consciente y medioambientalista.

Por otra parte, las áreas periféricas de la ciudad, esa “gran Habana” que se extiende sobre todo al sur y al este, han sido las menos atendidas históricamente; hacia el sur se desarrollaron los barrios más proletarios y de clases sociales más populares, en una serie de pequeños y modestos, pero muy bien ordenados repartos; hacia el este crecieron los barrios dormitorio, mucho menos cualificados y con redes de equipamientos deficitarios, a excepción de la Habana del Este (unidad vecinal N.º 1, Ciudad Camilo Cienfuegos) y el implante de la Villa Panamericana. Hay autores que describen a La Habana como una ciudad de luces y sombras; la primera se relaciona con esa franja que crece al oeste, con una profundidad de unos tres kilómetros; esa es la ciudad conocida e icónica. La otra, históricamente postergada, deberá recibir beneficios urbanos que, fundamentalmente, la conecten mejor con las áreas centrales. Existen algunos núcleos de asentamientos informales, para cuyos casos hay planteamientos concretos en el Plan de la Ciudad y hoy reciben cierta atención, aún insuficiente.

Pero La Habana no tiene esas grandes periferias marginales; por el contrario, al no haberse producido los movimientos migratorios que en los 60´s y los 70´ generaron esa grave problemática urbana regional, la marginalidad se concentró en los barrios centrales, debida fundamentalmente a un déficit crónico de viviendas que, unido a una falta de mantenimiento sistemático, generó graves problemas estructurales y de salud ambiental en estas zonas de la ciudad que se han redensificado: la principal problemática que hoy padecen otras ciudades en las periferias, en La Habana se encuentra en los municipios centrales, sumado al hecho de que en ellos se concentran también los mayores valores histórico – culturales.

Hace unos años fue redactado un nuevo Plan General de Ordenamiento Urbano de La Habana, a partir de un amplio proceso de concertación institucional y con la participación de un grupo de connotados expertos; el documento, redactado bajo el liderazgo de la hoy Delegación Provincial de Ordenamiento Territorial y Urbanismo, plantea mantener la estructura policéntrica de la ciudad, a la vez que articular políticas de desarrollo en las áreas más desfavorecidas.

Desde el Plan Maestro de la Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana nos encontramos organizando, junto al Gobierno de la capital y otros actores fundamentales, el proceso de redacción de la Estrategia de Desarrollo Provincial, que necesariamente tendrá que articularse al plan de la ciudad, hoy en proceso de actualización, y enfatizar la visión de que La Habana no es una sumatoria de 15 municipios, sino una entidad urbana única, de escala metropolitana, la más compleja de Cuba, en su carácter de capital.

Esta gran responsabilidad partirá de la premisa que nos legara el Dr. Eusebio Leal cuando nos comentaba que...desafiar la utopía del desarrollo integral de la ciudad patrimonial nos conduce a un camino ambicioso en contenido y forzadamente innovador para su éxito; a la concreción de un plan dinámico y flexible que, validado por la ciudadanía, se constituya en una carta de navegación, en un instrumento político y de gestión al servicio del gobierno.

El gran potencial económico de La Habana está en esa acumulación de cultura en sus más diversas expresiones, materiales e inmateriales. Foto: Julio Larramendi.

Lograr una participación útil y corresponsable de ciudadanos y entidades en la conformación de los instrumentos que pauten el desarrollo capitalino será ardua, después de décadas de una política paternalista y un enraizado enfoque sectorial, por encima del territorial, que es el que realmente articula y armoniza.

Hacer comprender que el gran potencial económico de La Habana está en esa acumulación de cultura en sus más diversas expresiones, materiales e inmateriales, y que la propia cultura puede ser el principal motor del desarrollo de la capital, y no solo un derecho ciudadano conquistado, es un concepto que tendrá que prevalecer.