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Cuando chifla el mono

El esperado invierno. Foto: Abel Padrón Padilla/ Cubadebate/ Archivo.

No más el Instituto de Meteorología anuncia el primer frente frío —norte para los cubanos—, la gente comienza a sacar del escaparate sus prendas de invierno y las colchas para la noche.

Los más prudentes sacaron desde antes sus ropas y las pusieron a coger aire a fin de despojarlas del olor característico de lo que permaneció guardado durante largo tiempo; a veces pasa un año entero, llega el otro y el invierno brilla por su ausencia.

Para muchos, más que una estación, el invierno es la pasarela que posibilita la exhibición del vestuario. Lo nuevo, lo que se compró para la ocasión y también lo que viene de inviernos anteriores y lucimos hasta el cansancio. El chaleco del abuelo que siempre le envidiamos, el jersey de lana que nos trajo la tía cuando estuvo en Suecia, la chaqueta de corderoy, los calzoncillos de lana y patas hasta el tobillo, las camisas de manga larga que el calor no nos dejó usar… Se dice, con razón, que el invierno es el carnaval de los pobres, por lo que obliga a disfrazarnos.

Debido a ello, hasta algunos sueñan con revivir el gorro y el abrigo que usamos en Siberia, el sobretodo traído de Boston y que paseó, en su andar de realismo mágico, todo el Caribe antes de llegar a La Habana, los guantes de cabritilla y los botas a media pierna, y todo debido a que, además de un periodo del año, el invierno es aquí la ocasión, si no de renovar el vestuario, sí de combinar de otra forma lo que tenemos. Aunque el calor nos agobie, porque esos frentes fríos a veces no llegan, o se disipan o se van en un abrir y cerrar de ojos sin que la temperatura sufra un cambio apreciable.

Y es que en Cuba, con un clima tropical húmedo, solo hay dos estaciones fundamentales: una de seca y otra de lluvia. Se dice que la noche es el invierno de los trópicos. Este país carece de invierno, en el sentido estricto del término, aunque se reporten días fríos e incluso muy fríos, como aquel 21 de enero de 1971, cuando el termómetro bajó, en la provincia de Matanzas, a 1°C, y exista, asimismo, el registro de la máxima absoluta del 7 de agosto de 1969 en la oriental provincia de Guantánamo, con el termómetro marcando 38.6ºC. Días que sentaron récords, pero días de excepción al fin, porque aquí la temperatura media anual es de 25ºC, y el que así lo quiere puede disfrutar de la playa durante todo el año. El cubano prefiere el verano al invierno, aunque el sol nos agobie y el sudor empape las ropas.

—Y usted, ¿no tiene frío? —me preguntó, en una muy lejana y particularmente fría noche de 1968, al verme en mangas de camisa, la madre de una amiga.

—Frío, sí, señora —respondí—, lo que no tengo es jacket.

A los jóvenes, el frío les afecta menos que a los ancianos. Es una sensación que se intensifica con la edad. Muchas mujeres se hacen confeccionar un traje para el fin de año como si fuera de verano —y, si ese día hace frío, fatalidad— para seguir usándolo después.

Exagerados que somos los cubanos. Poetas y compositores nuestros cantan al invierno como si fuese el de los polos. Sudaremos la gota gorda, pero somos incapaces de rechazar, aun en pleno verano, un caldo gallego, una fabada asturiana, una sopa o un potaje humeantes. Aunque no son frecuentes, no falta la casa cubana que luzca una chimenea de verdad en su sala de estar. Después de todo, en Lima, donde nunca llueve, las casas son de techos a dos aguas, y Bolivia, que no tiene mar, cuenta con almirantes.

No faltan las frases de la vida. En verano siempre habrá en Cuba un sol que raja las piedras y un calor que supera al de todos los años anteriores, aunque sea el mismo. Y en invierno no faltará el frío que pela y que pondría a tiritar al mismísimo Napoleón. El silbido no está entre los sonidos que un mono es capaz de emitir, pero eso será en la selva y en los zoológicos, porque en las calles cubanas, si hay frío, se dice que está “chiflando el mono”, es decir, que algo llegó a lo inconcebible. Como cuando en una situación adversa extrema, el cubano dice que le “cayó comején al piano”.

Pero este invierno… nos echamos el escaparate encima para salir por la mañana de la casa y al mediodía no sabremos ya qué hacer con tanta ropa, y al final de la tarde lamentaremos no haber llevado el abrigo, aunque apenas se perciba la variación de la temperatura en el termómetro. Empieza entonces el escozor en la garganta y el estornudo, que nunca se sabrá si fue consecuencia del clima o de tanta ropa polvorienta que salió a la calle de una vez, pero habrá quien empezará a decir que se siente con el “cuerpo cortado”, síntoma que es como un catarro anterior al catarro, y los médicos tendrán que multiplicarse en sus consultas. Un pelito que baje el termómetro, un solo pelito, y ya es la catástrofe.