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Doctor Orfilio Peláez: El hombre-luz que nunca se retiró (+Video)

La soledad del científico comprometido con su profesión suele ser extremadamente dura. Casos sobran en la historia, de hombres y mujeres que, en el aislamiento de un laboratorio, en medio de incomprensiones y burlas de sus colegas y contemporáneos, trajeron al mundo los mayores descubrimientos.

“Merece la pena, porque aliviar el dolor humano compensa cualquier sacrificio.” Así inculcaba en sus estudiantes de medicina aquel señor intranquilo, pequeño de estatura y de amplio bigote gris, al que todos llamaban simplemente “el profe”.

Orfilio Orestes Peláez Molina, el científico cubano que tras 40 años de estudios y dedicación entregó al mundo el tratamiento más eficaz para la retinosis pigmentaria, afección degenerativa de la retina, que condenaba irremediablemente a la ceguera, estaría cumpliendo cien años este 17 de noviembre de 2023.

Solo aquel descubrimiento en la segunda mitad de los años 80 del siglo pasado, le hubiese bastado para alcanzar la gloria de los grandes científicos del planeta, pero el doctor Orfilio Peláez se las arregló para convertirse, por muchas otras razones, en leyenda viva y referencia de la Oftalmología mundial.

Su incansable labor como médico, cirujano, investigador, político revolucionario, e inminente profesor de varias generaciones de oftalmólogos cubanos y de muchos otros países, incluidos los más desarrollados, se esconden, tras la su inmensa modestia, en un currículo de tantas páginas, que ponen en duda la existencia de los días de 24 horas en la vida de un hombre, que partió a la inmortalidad a los 77 años, el 17 de enero del 2001.

Del surco al quirófano

Orfilio nació en 1923 en la finca Arroyón, cerca de Magarabomba, un poblado perdido en las vastas tierras del Camagüey. Fue el empeño y el ejemplo de su padre, quien le inculcó que los sueños en la vida no se logran si no es con sacrificio, lo que forjó la voluntad de su carácter. El niño Orfilio aprendió a ordeñar vacas, a cortar, cargar y “carretonear” la caña de azúcar.

Pero fue la decisión del viejo Peláez, a costa de su propio esfuerzo para mantener él solo a la familia, lo que llevó al joven Orfilio y a sus hermanos a tomar temprano el camino hacia la enseñanza, más allá de los límites del surco natal.

Matricular medicina en la Universidad de La Habana, en 1944, fue su propia decisión, pero a la oftalmología llegó de manera traumática. Un buen amigo de estudios fue diagnosticado por aquel profesor que Orfilio tanto admiraba. Para asombro suyo, el galeno le aconsejó al joven dejar las aulas y buscarse un perro, porque su ceguera era inminente y sin retroceso. El muchacho se quitó entonces la vida, y “la tristeza que sentí ante tan poco valor humano” –afirmaría años después- determinó el destino del joven Peláez.

Comenzó entonces una impresionante carrera que lo llevó al Doctorado en Ciencias Médicas, especialista de Segundo grado en oftalmología. El “profe Peláez” fue pionero de los trasplantes de córnea en el país, se destacó en la cirugía de cataratas, glaucoma, pterigium, desprendimiento de retina y otras dolencias oftalmológicas. El “Signo del Tatuaje escleral” un novedoso proceder para la localización y extracción de manera precisa y segura de los cuerpos extraños intraoculares, es otro de sus grandes aportes a la cirugía ocular; así como sus significativas contribuciones al desarrollo de la Ergoftalmología.

¡Eureka!

Más allá de todas sus responsabilidades y de mantenerse siempre en las labores docentes y de asistencia médica, Orfilio no cejó nunca en sus empeños por hallar las causas y el tratamiento de aquella enfermedad crónica de curso progresivo y hereditaria, que comenza por la pérdida gradual del campo visual, la mala visión nocturna, y conducía entonces sin remedio a la total oscuridad.

Muchas veces en solitario, asumiendo muy adentro el sufrimiento de ser ignorado y mantenido al margen por sus propios colegas, fruto de burlas e injurias, el doctor Peláez debió esperar 40 años hasta que la vida premió su audacia y perseverancia. Dio finalmente con un tejido humano, que permite a un mismo paciente suplir la falta de nutrición de su propia retina, causa fundamental de la retinosis pigmentaria. Ese día –recordaba siempre Mariadela, su esposa y fiel colaboradora- el científico no dijo ¡Eureka!, pero fue sin dudas el hombre más feliz sobre la faz de la Tierra.

Su trabajo no tardó en ser reconocido mundialmente. Profesor titular del Instituto Superior de Ciencias Médicas de La Habana, el doctor Peláez fue miembro de las Academias de Ciencias de Cuba, México. Bugaria y de Cartagena de Indias, Colombia, así como del Colegio Médico de Ópticos de Puerto Rico, de la Sociedad Ergoftalmológica Española y de la Sociedad Mundial de Ergoftalmología. Impartió clases y conferencias en las más prestigiosas universidades del mundo. Fue tutor de más de cien tesis de grado y posgrado, director de la Revista Cubana de Oftalmología a lo largo de más de tres lustros. Representó a Cuba en numerosos congresos médicos internacionales y publicó más de 150 artículos en revistas especializadas.

Escondidos tras su infinita modestia están los reconocimientos nacionales e internacionales, entre ellos, el Premio Visión de la Asociación Internacional de Retinosis Pigmentaria de Los Ángeles, Estados Unidos, la condición de Miembro de Honor del Instituto Barraquer de Oftalmología, en Barcelona, España, de la Alcaldía de Venecia y de la Association for Research in Vision and Ophthalmology (ARVO), de los Estados Unidos de América. En tres ocasiones recibió el Trofeo a la Calidad en los Servicios Médicos, en las ciudades de Madrid y Nueva York, durante los años 1995 a 1997.

El mayor orgullo

Pero ningún reconocimiento fue mayor para este ser profundamente humano, reconocido por su tenacidad, altruismo, honestidad, lealtad y honradez a la máxima expresión, que ganarse la confianza del pueblo cubano, y la de ese otro gigante de la historia nacional y mundial, que responde al nombre de Fidel Castro Ruz. De sus manos recibió en 1992 el título de Héroe Nacional del Trabajo de la República de Cuba y la Medalla Carlos Juan Finlay, la más alta condecoración que concede el Consejo de Estado de Cuba en el sector de la ciencia.

Fue gracias a la comprensión del líder de la Revolución (esa que el joven Orfilio abrazó desde el primer día y por la cual asumió las más comprometidas tareas que lo llevaron al Parlamento cubano) que su descubrimiento encontró el camino ansiado de la realización.

“Mi mayor orgullo –afirmó en una entrevista- que Fidel creyera en mí, en lo que yo hacía y me apoyara, además”.

Ya a mitad de los 80 del pasado siglo, Orfilio puso a punto un esquema integral para el tratamiento de la enfermedad, con el objetivo de detener su avance, que incluyó el diseño de una novedosa técnica quirúrgica. Pero la más importante recompensa fue la creación del Programa Nacional de Retinosis Pigmentaria, y su red de centros provinciales, que posibilita la atención multidisciplinaria especializada, tanto para los pacientes discapacitados como para sus familias.

La aplicación del procedimiento terapéutico creado por el eminente científico cubano logró detener el progreso de la enfermedad en alrededor del 70% de los casos atendidos, y la mejora de la visión en un 16% de ellos.

Como todo gran hombre, el doctor Orfilio Peláez dejó para la posteridad un epitafio que hoy resuena más alto que nunca:

“Tengo fe y absoluta confianza en los colegas de los equipos multidisciplinarios, en su juventud, capacidad científica, modestia, consagración al trabajo y fidelidad a mis principios, lo que me hace sentir seguro de que, llegado el momento de mi desaparición física, este hermoso Programa de Retinosis Pigmentaria continuará siendo útil a todos los enfermos nacionales y de otros países del mundo que acudan en busca de atención médica.”

Pero en aquella entrevista, publicada el 4 de octubre de 1997 en el semanario Adelante, de su natal Camagüey, “el profe” se descubrió tal cual era:

P/¿Cuántos días a la semana dedica a operar?

R/ De lunes a viernes y paso entre 6 y 8 horas en el salón, de ahí sigo a la consulta externa.

P/ ¿En cuánto se calcula este tipo de intervención quirúrgica en el extranjero?

R/ Entre unos 40 ó 50 mil dólares.

P/ Conozco que en fechas señaladas recibe tarjetas de buena parte del mundo, ¿qué le representa este hecho?

R/ Un orgullo, pero sencillo, y también nos dice que escogimos un buen camino.

P/ ¿Qué es lo primero para usted en la vida?

R/ Mis pacientes, no duermo tranquilo mientras alguno está en problemas (…)

P/ Usted fue uno de los 13 oftalmólogos que se quedaron en Cuba al triunfo de la Revolución, ¿en qué no ha pensado siquiera?

R/ En el retiro.