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Para el Cerro me voy

El Estadio Latinoamericano, en el Cerro. Foto: José Tito Meriño / Tribuna de La Habana/ Archivo.

El historiador Jacobo de la Pezuela decía que el Cerro no podía unirse con el cuerpo de La Habana, porque “aún los separan grandes espacios despoblados”. Eso sucedía en 1863. Entonces, lo que es hoy una populosa barriada tenía apenas tres calles: la calzada que lleva el nombre de la localidad, Buenos Aires y Tulipán, donde se erigía la residencia del conde de Peñalver, lugar de descanso, por largas temporadas, del obispo Espada.

Fue en el siglo XIX el barrio empresarial y diplomático por excelencia; el Miramar de hoy, diríamos. Eliza McHarton Ripley, una norteamericana que vivió en Cuba entre 1865 y 1875 y que publicaría en delicioso libro de memorias sobre su estancia en la Isla (From flag to flag, Nueva York, 1889), quiso, mientras hacia las gestiones pertinentes para comprar un ingenio azucarero, instalarse en el Cerro, donde “las calles eran más anchas y las casas tenían espacio para respirar”. Buscaba una vivienda pequeña, pero en la barriada todas lo parecían desde la calle, para extenderse luego, hacia el fondo, en un número indefinido, casi ilimitado, de aposentos. Encontró al fin una que más o menos le acomodó y apunta en su libro que la ubicación de la casa era su mayor atractivo. Eliza vivió directamente enfrente del cónsul inglés, a un tiro de piedra del cónsul alemán, al doblar del representante ruso, mientras que en las inmediaciones se asentaban comerciantes y hombres de negocios, lo que resultaba una agradable compañía para ella.

Ya en el siglo XX, la embajada de EE.UU. estuvo emplazada durante largos años en esa barriada, en la quinta de Echarte (Santa Catalina, número 4).

Exquisito refinamiento

Los orígenes del Cerro se sitúan en los albores del siglo XIX, cuando se estableció allí una hacienda que terminó dando nombre al lugar.

En 1807 se construyó una iglesia de madera, y cuando la edificación se hizo inservible, en 1843, fue sustituida por otra de mampostería, dedicada a San Salvador, por haberla patrocinado don Salvador de Muro, marqués de Someruelos, entonces gobernador de la Isla.

Las primeras casas fueron construidas por los habitantes más acaudalados de La Habana, a un lado y al otro de la calzada que conectaba a la capital con Marianao y Vuelta Abajo. Unos pasaban en ellas los meses de mayor calor; otros las habitaban durante todo el año, trasladándose a La Habana solo para sus ocupaciones y negocios.

Las viviendas, por lo general, eran de una sola planta; constituían una derivación de la casona criolla, con pisos de mármol y altos puntales, rodeadas de amplios jardines y con un gran portal que se extendía por los costados. Se entraba a la sala espaciosa y a continuación venia la saleta, que daba directamente al gran patio central. A ambos lados de este se hallaban las habitaciones, las que se comunicaban entre sí y se abrían hacia la galería que lo rodeaba.

Al fondo estaban el comedor, la cocina y las habitaciones de la servidumbre, con salida a su vez a otro patio más pequeño que el anterior, y también el cuarto de baño y los servicios sanitarios, aunque en algunas de estas casas había en el jardín un pequeño pabellón, de forma redonda u octagonal, con persianas, y ocupada casi toda su área por una piscina que se utilizaba para los baños habituales.

De dos plantas, sin embargo, es la quinta de los condes de Santovenia, edificada entre 1832 y 1841 en la Calzada del Cerro y Patria, un verdadero Trianón no solo por su estilo neoclásico, italianizante, sino por su exquisito refinamiento. Su fachada frontal mide 40 metros de largo y su sala de recepciones tiene 16 metros de frente por seis de fondo. En esa casa se hospedó el archiduque Alejo, hijo de Alejandro II, zar de Rusia y también los príncipes de la Casa de Orleans, dos de los cuales serían reyes de Francia con los nombres de Luis Felipe y Carlos X.

Los condes de Santovenia, luego de vivir la casa durante años, la pusieron en venta. Fue adquirida por los albaceas testamentarios de otra acaudalada señora, con objeto de instalar allí un asilo de ancianos. Atendido por las Hermanas de la Caridad, este se llama en verdad Susana Benítez, que es el nombre de la benefactora, pero todos lo conocemos como Santovenia.

Entre otras muchas en el Cerro, muy valiosa es la casa de los condes de Fernandina, más reducida, pero tan lujosa como la anterior; menos solemne y más graciosa. La construyó en 1819 el primer conde, y su sucesor se empeñó en engrandecerla. El tercer conde contrajo matrimonio con la habanera Serafina Montalvo y se establecieron en París, donde a la señora le entró el loco y desmedido afán de competir en joyas y vestidos, caballos y carruajes, nada menos que con la emperatriz Eugenia de Montijo, esposa de Napoleón III, sin más consecuencia que llevar a la ruina a los Fernandina, que perdieron su fortuna y con ella el palacio del Cerro. Por cierto, Napoleón III se enamoró perdidamente de Serafina. Una noche, entrando ella a las Tullerías, el emperador, suplicante de amor, se arrojó desesperado a sus pies. Desconoce el cronista el fin de esa historia.

Un elevador de soga

El Cerro, aquella barriada aristocrática, tenía, sin embargo, un gran inconveniente: por allí pasaba la Zanja Real, un foco contaminante que provocó que las familias más ricas lo abandonaran y las fabulosas mansiones fueran ocupadas por instituciones benéficas o de salud, colegios, oficinas, industrias, comercios o se convirtieran en casas de vecindad.

La casa de los Fernandina albergó a la Asociación Cubana, clínica de cierto renombre en su tiempo, antes de pasar a ser una casa de inquilinato. La casa del marqués de Pinar del Río pertenece al asilo Santovenia. La quinta de Leonor Herrera fue, con el nombre de Covadonga, la casa de salud del Centro Asturiano. La del conde de O’Reilly, la de la Asociación de Dependientes del Comercio de La Habana, fundada el 11 de abril de 1880.

Por el área de terreno donde se asentaba, Covadonga (hospital Salvador Allende) era uno de los mayores centros de salud de Cuba, superado solo por el hospital Calixto García. Dependientes, sin embargo, aventajaba a Covadonga por el número de sus pabellones (25) y, por tanto, su capacidad de ingreso. Tenía 74 468 asociados en 1957.

Fue en Dependientes (hospital 10 de Octubre) donde, en 1907, se realizó por primera vez en Cuba, y por segunda vez en América, una sutura de corazón. El doctor Bernardo Moas, primer cirujano de la clínica, se la practicó a un paciente que sobrevivió 18 días a la operación, lo que se consideró todo un éxito dado el estado de la medicina y los recursos de que disponía el centro. El proceder de Moas fue muy elogiado en su momento por los doctores Carlos J. Finlay y Joaquín Albarrán, dos glorias de la medicina cubana. Un pabellón de ese hospital lleva el nombre de Moas.

Fue también en Dependientes donde funcionó, en 1958, el primer servicio de parto sin dolor que existió en Cuba. Lo introdujo el doctor José Ramón Fernández, ginecólogo y cirujano partero, luego de un viaje de estudios que lo llevó a EE.UU. y a las principales capitales europeas.

No todos los centros hospitalarios de la barriada eran de las dimensiones de Covadonga y Dependientes. Los había pequeños, como la clínica La Bondad, en el número 1 263 de la Calzada y a la que se le tenía como la decana de las casas de salud del país. Carecía de ascensor y se valía de un artefacto rudimentario para mover a pacientes graves, fracturados, operados o a recién paridas entre un piso y otro de la institución. Se le introducía en un cajón que un hombre hacía subir o bajar gracias a una gruesa soga.

Notables

En el Cerro nació el poeta Gustavo Sánchez Galarraga. También la estelar bailarina Sonia Calero. Y el pintor René Portocarrero, el creador de las Floras y de los Interiores del Cerro, tan buscados hoy por coleccionistas. En el Cerro nació Kid Chocolate, uno de los grandes del boxeo en el mundo. En la escuela pública número 37 de esa barriada hizo estudios primarios el poeta Rubén Martínez Villena.

Allí funcionó la fábrica del demandado ron Bocoy y el establecimiento donde se imprimían las revistas Selecciones y Life en español, distribuidas luego en toda América Latina. En el momento de su inauguración, en 1946, el actual Estadio Latinoamericano fue la quinta instalación mundial de su tipo por el número de capacidades; de ahí que se le llamó el Coloso del Cerro.

Durante el siglo XIX, en el Cerro radicaron José Martí, en la calle Tulipán, y, en la esquina de Tejas, el científico Álvaro Reynoso, autor, en 1862, del todavía vigente Ensayo sobre el cultivo de la caña de azúcar. Allí tuvo José de la Luz y Caballero su colegio El Salvador; sesionó La Caridad, sociedad de instrucción y recreo; y también la llamada Asamblea del Cerro que, como máxima representación de la nación cubana, tuvo como objetivo asumir la dirección de un país intervenido por EE.UU. e impulsar la creación de un Estado nacional.

En el Cerro, en la clínica de Fortún Souza, fue operado de un quiste en el glúteo que llamaba “mi rubí” el poeta García Lorca, de visita en la primavera de 1930. En la Asociación Cubana, primero, y luego en el Centro Benéfico Jurídico, ambos en esa barriada, operó hasta casi el final de sus días Ricardo Núñez Portuondo, eminente figura de la cirugía cubana.

En Santa Rosa, entre Cruz del Padre e Infanta, tuvo Alfredo González Suazo, que heredó de su padre, famoso árbitro de béisbol, el sobrenombre de Sirique, una peña que domingo a domingo congregó durante años a los más famosos trovadores.

La primera telenovela cubana, Historia de tres hermanas, trasmitida por CMQ, se desarrollaba en el Cerro, en los días de la Guerra de Independencia.