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Antonio Nuñez Jiménez: Ciencia, cultura y diplomacia

Antonio Núñez Jiménez. Foto: Archivo CD.

El conocimiento y disfrute de la cultura, de los valores, tradiciones y creencias que modelan el rostro de cada nación, son probablemente el modo más armonioso y expedito de fomentar el entendimiento mutuo y establecer modelos de cooperación fructíferos entre las naciones.

En el mundo de las relaciones internacionales emerge la llamada diplomacia cultural, la cual incluye la enseñanza de idiomas, los intercambios de estudiantes, docentes o profesionales, de música y sus cultores; la realización de eventos, exposiciones y festivales.

Incluso, más allá de lo puramente artístico, entendiendo la cultura en su dimensión más abarcadora e identitaria, actividades de tipo científico como la arqueología y la espeleología son también parte del acervo cultural de las naciones y elementos que contribuyen al establecimiento de relaciones amistosas y fecundas.

Antonio Núñez Jiménez, a quien recordamos hoy por los 25 años de su fallecimiento, es una de las personalidades cubanas más sobresalientes en la práctica de la diplomacia cultural. Su ejercicio como embajador en Perú en el periodo 1972-1978 es una muestra de ello.

Núñez Jiménez, artífice de los descubrimientos arqueológicos más significativos de Cuba, como la Gran Caverna de Santo Tomás o la Cueva de Seboruco y reconocido como el “cuarto descubridor de Cuba”, entró a la historia nacional como científico, y como revolucionario a partir de su incorporación a la gesta libertaria nacional de finales de los años cincuenta.

Doce años después del triunfo revolucionario, en 1972, Antonio Núñez Jiménez fue designado por Fidel como embajador de Cuba en Perú, luego de una década sin relaciones diplomáticas con ese país sudamericano.

Ya el geógrafo tenía experiencia diplomática anterior en la Unión Soviética y había presidido las delegaciones oficiales a todos los países socialistas durante los primeros años de la Revolución, por lo que no era un novato en esos empeños, pero en este caso se trataba de una responsabilidad mayor y más compleja, pues llevaba el encargo de reiniciar los vínculos históricos entre Cuba y la nación andina.

Perú y Cuba: Una historia común

La historia común entre Perú y Cuba comenzó durante la Guerra de los Diez Años, en la que participa el coronel peruano Leoncio Prado, quien durante el tiempo en que se mantuvo vinculado al Ejército Libertador y a la emigración cubana logró enviar varias expediciones hacia la Isla y asaltar, a bordo del navío Céspedes, varios barcos españoles con el propósito de conseguir armas y municiones para las tropas que luchaban contra España.

Este vínculo condujo a que Perú fuera de los primeros países en reconocer como legítima la Constitución de Guáimaro y, por tanto, a la República en Armas, lo cual concedió al proceso independentista respaldo internacional.

Con la instauración de la República, Tomás Estrada Palma redactó cartas a los países latinoamericanos para el mantenimiento de relaciones diplomáticas. A ello, el Gobierno peruano respondió que ya existían, con lo cual reafirmó el vínculo cuasi de hermandad vigente entre ambos Estados. Desde ese momento, y durante buena parte del periodo neocolonial, las relaciones entre ambos países estuvieron sostenidas por lazos de fraternidad.

Fue en el gobierno de Prío Socarrás (1948-1952) cuando se produjo una primera ruptura de relaciones debido a que funcionarios cubanos vinculados a la ideología aprista1 se inmiscuyeron en asuntos de carácter interno de Perú, pero en 1952 se retomaron los vínculos bilaterales.

El triunfo revolucionario trajo otro momento ríspido. Poco después de 1959, el Gobierno de Manuel Prado, cediendo a las presiones norteamericanas, acusó a la embajada de Cuba en Lima de intromisión en los asuntos internos del país.

Aunque en la VII Reunión de Cancilleres de la OEA, celebrada en Costa Rica en 1960, el canciller peruano Raúl Porras Barrenchea se pronunció a favor de Cuba, oponiéndose a la línea de su Gobierno, el régimen pradista desató una ola de calumnias contra nuestro país y llegó, incluso, al allanamiento de la misión cubana en noviembre de 1960.

Para justificar el rompimiento de relaciones diplomáticas, el Gobierno peruano apeló a documentos supuestamente encontrados en la embajada cubana y a una supuesta campaña de Cuba que favorecía a Ecuador en el diferendo fronterizo entre ambos países sudamericanos.2

El 30 de diciembre de ese mismo año, se materializó el rompimiento de relaciones, con el pretexto de una conjeturada injerencia disociadora cubana en la vida política del país. El Gobierno de Manuel Prado llegó más allá y, luego de haber roto relaciones diplomáticas con Cuba, en 1962 solicitó a la OEA la celebración de una conferencia de ministros de Relaciones Exteriores con el objetivo de plantear los “instintos subversivos” de la Isla en América Latina.

Un año después, Cuba fue expulsada de la organización, que en 1964 dispuso la ruptura de sus signatarios con el país antillano.

En 1968, se produjo un cambio político importante en Perú. Ascendió al poder un proceso de corte revolucionario. En la XIII Reunión de la Cepal en Lima, en abril de 1969, fue posible conocer las transformaciones que se avecinaban en el país. Allí, el presidente peruano, Velasco Alvarado, hizo una apelación pública explicando su visión política y recabando el apoyo del resto de los miembros de la organización.

A esto solo respondió la delegación cubana, que ofreció la solidaridad a la idea de transformación y rescate de las riquezas nacionales propias que se iniciaba en la nación andina.

No es de extrañar entonces que luego, en ese mismo año, el Gobierno peruano ofreciera el visto bueno a la agencia noticiosa Prensa Latina para abrir una corresponsalía en Lima.

Luego de iniciada la Zafra de los Diez Millones, el Comandante en Jefe Fidel Castro se refirió por primera vez al proyecto peruano, saludando las medidas tomadas en favor del rescate de los productos nacionales, y en noviembre de 1970 planteó observar con profundo interés el desarrollo del proceso político en Perú. Ya para este momento, Perú promovía, con declaraciones de sus dirigentes y de la prensa oficial, un acercamiento a Cuba y su reingreso a la OEA a través de un diálogo fraterno y constructivo.

Un punto determinante para el acercamiento de ambos países fue la catástrofe sísmica que afectó a Perú el 31 de mayo de 1970, a la que Cuba respondió enviando una brigada médica y de construcción, además de plasma sanguíneo, seis hospitales materno-infantiles prefabricados y su equipamiento correspondiente.

Cuba, adicionalmente, solicitó en diferentes foros internacionales especializados una ayuda eficaz para el país sudamericano. Todas estas acciones fueron altamente valoradas por el Gobierno peruano. El 7 de junio de ese año, el presidente Velasco Alvarado envió un mensaje a Fidel expresando el “agradecimiento sincero de la nación peruana que ha recibido de sus hermanos cubanos apoyo de fraterna solidaridad” (Jiménez, Antonio N., 1973).

En noviembre de 1970, el Gobierno Revolucionario de la Armada de Perú convocó en Lima al Primer Congreso Latinoamericano de Geología, cursando una invitación al Gobierno cubano. A este congreso asistió el doctor Antonio Núñez Jiménez como parte de la delegación, en uno de los primeros acercamientos del científico a ese país.

Asimismo, las autoridades peruanas continuaron manifestando la necesidad de que Cuba se reincorporase a la OEA y se mostraron favorables a la reanudación de las relaciones diplomáticas.

En el curso de 1971, Perú desplegó una importante actividad política internacional por la incorporación de Cuba al Grupo de los 77, que se reuniría en Lima. De esta forma, aprovechando su posición como presidente del Grupo Latinoamericano, el enviado de Naciones Unidas, Javier Pérez de Cuéllar, anunció en nombre de su Gobierno la incorporación de Cuba sin someterla a votación.

A finales de ese propio año, luego de su visita a Chile, Fidel hizo escala en Lima, donde se entrevistó con el presidente Velasco Alvarado, el primer ministro y el ministro de Relaciones Exteriores, Mercado Jarrín.

Luego de que varias veces el Gobierno de Perú presentara a la ONU la necesidad de revisar la resolución que imponía el rompimiento de relaciones con Cuba por parte de los signatarios de la OEA, el 20 de junio de 1972 el mandatario sudamericano dio a conocer oficialmente que se darían los pasos para el establecimiento de vínculos diplomáticos entre Cuba y Perú.

Antonio Núñez Jiménez en la misión diplomática en Perú

El 8 de julio de 1972, se firmó simultáneamente en La Habana y Lima el acta por la cual se establecían las relaciones diplomáticas entre ambos países, con rango de embajada, en el plazo más breve. Así comenzó la gestión de Antonio Núñez Jiménez en Perú. Con él, entre los funcionarios, viajó uno de los más grandes exponentes de la cuentística cubana, Onelio Jorge Cardoso.

Desde los primeros momentos de la misión diplomática de Núñez Jiménez en Perú, se firman varios acuerdos en el área económica para el intercambio de experiencias y proyectos, junto a la interconexión de los adelantos científico-técnicos. De igual forma, se concertó la emisión de expertos entre ambas partes, conferencias, seminarios y otras iniciativas que tributaran al acuerdo.

A la par que avanzaban los lazos económicos y políticos, Núñez Jiménez dedicó particular importancia al intercambio con los estudiantes universitarios sobre diferentes aspectos de la realidad cubana, peruana e internacional, gracias a invitaciones de la Universidad Nacional de Cerro del Prado, la Universidad Nacional de Trujillo y la Academia Diplomática del Ministerio de Relaciones Internacionales, entre otras.

En esos diálogos, Núñez Jiménez se concentró en explicar los procesos identitarios de la historia de Cuba que sentaron las bases y repercutieron en el triunfo de una revolución, primero de liberación nacional y luego de carácter socialista.

Se prodigó en esas charlas en dar a conocer también las medidas tomadas por el proceso revolucionario para llevar a las personas una verdadera equidad social y, de forma particular, en profundizar en el nuevo sistema de enseñanza establecido en la Isla, atemperado a las nuevas condiciones histórico-concretas que vivían el país y el mundo en general.

Aunque ciertamente el contexto histórico peruano era favorable para la labor política que desarrolló Antonio Núñez Jiménez como embajador en este país, su experiencia como científico, sus vínculos con el sector cultural y su capacidad como intelectual le permitieron modelar buenas prácticas en la utilización de saberes provenientes de la cultura y la ciencia para establecer relaciones bilaterales y acercar a los pueblos de ambos países.

Durante su estancia en Perú, recorrió todo el territorio y visitó lugares de gran valor histórico y cultural. Esto contribuyó a un conocimiento real del país, que facilitó la realización del trabajo diplomático desde el conocimiento de los orígenes de las personas y de la historia nacional, y consolidó la forja de relaciones, no solo intergubernamentales, sino también con el pueblo y las organizaciones civiles.

El conocimiento arqueológico de Antonio Núñez Jiménez fue fundamental para su ejercicio diplomático, ya que durante su estancia en Perú se le permitió realizar una gran cantidad de excavaciones, que dieron origen a valiosos descubrimientos, como en Tingo María,3 donde visitó cuevas virtualmente inexploradas, parte importante de la estructura arqueológica de Perú.

Esas cuevas tenían fama de no estar totalmente estudiadas. Por su propia vocación, Núñez Jiménez, sin abandonar su traje de diplomático, se transformó en el geógrafo espeleólogo y científico para estudiarlas y luego compartió el dominio de ese virtual descubrimiento con investigadores y especialistas peruanos.

Con la información obtenida de esas expediciones arqueológicas, Núñez escribió el libro Petroglifos de Perú: panorama mundial del arte rupestre, que permitió el conocimiento mundial del hallazgo arqueológico. Esta circunstancia influyó de manera excepcional en la consolidación de los vínculos culturales y científicos entre ambas naciones en los campos de la arqueología y la espeleología.

Tales hallazgos, incluso, contribuyeron de manera determinante a que Antonio Núñez Jiménez pudiera llevar a cabo su afamada expedición Del Amazonas al Caribe a finales de la década de 1980, después del cambio de Gobierno en Perú y del término de misión del cubano.

Esa expedición marcó, primeramente, la prueba práctica de la teoría antropológica de que los indígenas del Caribe provenían del Amazonas. Pero tuvo otra dimensión más relevante para el universo de la política y de las relaciones internacionales.

Durante ese periodo, estaba vigente un conflicto fronterizo entre Ecuador y Perú, de modo que la línea de frontera estaba oficialmente cerrada y militarizada. Sin embargo, la expedición científica fue autorizada por los dos Gobiernos como un gesto de distensión, con lo cual la motivación por la ciencia y por el conocimiento de nuestras culturas originarias se constituyó como un factor de paz.

La ruta por el Amazonas no solo permitió explorar con espíritu científico una inmensa riqueza en materia de flora, fauna, geografía y hasta arqueología, cuya esencia se conserva hoy en la Fundación Antonio Núñez Jiménez de la Naturaleza y el Hombre, en La Habana, sino hurgar en los vínculos históricos y culturales de nuestra región desde el más profundo respeto.

Por si fuera poco, esta mirada de Núñez Jiménez de poner a la cultura, entendida en su dimensión más amplia, en un lugar determinante como base de las relaciones entre los países, se manifestó de forma más concreta y formal en el establecimiento de un convenio cultural entre Cuba y Perú durante su tiempo al frente de la misión diplomática, a raíz de la visita a la Isla de la directora general del Instituto Nacional de Cultura.

Como acuerdos de este convenio quedaron exposiciones de elementos arqueológicos y artesanías peruanas, presentaciones de libros, la participación cubana en el ciclo de la Nueva Canción Latinoamericana, presentaciones de pinturas, danzas y cantautores cubanos de gran importancia, entre otras manifestaciones.

La misión de Antonio Núñez Jiménez culminó en 1978 con el otorgamiento de la Orden del Sol, la más alta distinción que se le puede dar a una figura extranjera en el país, por parte del Gobierno peruano.

Aunque su ejercicio como embajador transcurrió en un contexto no carente de dificultades, como la oposición de ciertos sectores de la sociedad peruana y el contexto histórico latinoamericano, en el que primaba la política de la Guerra Fría, que veía de manera particularmente agresiva a la Revolución cubana o a cualquier alternativa que implicara una lucha por la liberación nacional, el cubano logró con éxito reafirmar los lazos históricos y de solidaridad entre ambos pueblos e impulsar la cooperación y el intercambio en diversos ámbitos.

Antonio Núñez Jiménez logró, además de establecer las relaciones tradicionales con los diferentes sectores sociales y gubernamentales, combinar su vocación científica y cultural y hacer una contribución relevante al conocimiento de las culturas precolombinas, especialmente de las pinturas rupestres.

Ese trabajo es reconocido por la comunidad especializada en el tema, tanto en Perú como en el resto del mundo, y ha quedado documentado en varios libros por su alto valor académico.

La actividad internacional de Núñez Jiménez es un modelo novedoso, original, de buenas prácticas en la diplomacia científica y cultural, una muestra valiosa de cómo diversificar una relación histórica entre dos pueblos y dos culturas, cuyo valor trasciende años después.

La obra y labor de Antonio Núñez Jiménez aporta así al edificio en permanente crecimiento de la diplomacia revolucionaria cubana.

 

Notas:
1 Ideología política proyectada a escala continental, ideada por el pensador y político peruano Víctor Raúl Haya de la Torre, cuyo fin era formar un pensamiento auténticamente latinoamericano que funcionase como alternativa a la cosmovisión eurocentrista americana, adaptado y adaptable a su realidad espacio-temporal y como foco de lucha antiimperialista y antioligárquica.
2 Protocolo de Janeiro, 29 de enero de 1942.
3 Ciudad peruana, capital del distrito del Rupa-Rupa y de la provincia de Leoncio Prado, en el departamento de Huánuco. Es conocida como la "ciudad de la Bella Durmiente", porque desde allí se observa una formación de montañas cuya silueta se asemeja a la de una mujer dormida.
Referencias Bibliográficas:
Jiménez, A. N. (1973a). Diálogos con estudiantes peruanos: Vol. I. Biblioteca de la Fundación Antonio Núñez Jiménez de la Naturaleza y el Hombre (FANJ).
Jiménez, A. N. (1973b). Memorias de la embajada de Cuba en Perú: Vol. I. Biblioteca de la FANJ.
Jiménez, A. N. (1974). Diálogos con estudiantes peruanos: Vol. II. Biblioteca de la FANJ.