
Con rigurosidad y apego a la historia Miami o las montañas. La Operación Pedro Pan y la Campaña de Alfabetización en Cuba —publicado bajo los sellos editoriales de Ocean Sur y la Casa Editora Abril—, vuelve la mirada a la sinergia de acciones que conllevaron al éxodo de más de 14 000 niños cubanos a Miami. Todo lo relacionado con la Operación Peter Pan transcurre en paralelo con uno de los procesos más revolucionarios y emancipadores que vivió Cuba en aquellos primeros años: la Campaña de Alfabetización.
El libro cuenta la historia de esa generación de cubanas y cubanos «que llegó a la mayoría de edad en los primeros años de la Revolución». Para su autora, la australiana Deborah Shnookal, lo particularmente fascinante «es que los Pedro Panes y los brigadistas alfabetizadores pertenecían a la misma cohorte: eran compañeros de clase, primos, amigos, vecinos y a veces, incluso, hermanos. Así, las opciones de Miami o las montañas simbolizaron, para esa generación de jóvenes cubanos y para Cuba misma, mucho más que ubicaciones geográficas».
La investigadora conoció acerca de la Operación Peter Pan en los años ochenta, a través de miembros de la Brigada Antonio Maceo que entonces vivían, como ella, en Nueva York. Algunos de sus integrantes eran jóvenes cubanoamericanos que habían salido de Cuba como parte de esta Operación y que se habían organizado para estrechar los lazos entre la comunidad cubana en Estados Unidos y la nación caribeña.
Mientras indagaba acerca de la Operación, otros cubanos de la misma generación que los Peter Panes, le contaron a Deborah que ellos también habían tenido que «dejar sus casas», en 1961, como adolescentes voluntarios en las brigadas nacionales de alfabetización.
«Se dejaban llevar por el relato de los lugares a los que fueron, las familias con las que se quedaron y las penurias soportadas. Sin excepción, el impacto de la Campaña de Alfabetización en las personas que participaron como jóvenes brigadistas fue determinante en sus vidas. A menudo era difícil hacerlos volver a mis preguntas sobre lo que recordaban de la desaparición de sus compañeros y amigos con la Operación Pedro Pan», escribe Deborah.
El volumen viene a complementar las escasas fuentes bibliográficas que existen acerca de la Operación Peter Pan —entre ellas los libros Operación Peter Pan: un caso de guerra psicológica contra Cuba (Editora Política, 2000)¹, de los autores cubanos Ramón Torreira Crespo y José Buajasán Marrawi; y Operación Peter Pan: Cerrando el círculo en Cuba (Fondo Editorial Casa de las Américas, 2013), de Olga Rosa Gómez Cortés.
No obstante, la ausencia de documentación en Cuba sobre la Operación no demuestra que los niños fueran sacados en secreto de la Isla. Deborah defiende, como hipótesis más probable, que las salidas de los infantes en ese momento no se consideraban inusuales —aunque las autoridades cubanas debieron notar el creciente número de niños no acompañados que se presentaban para volar con destino a Miami—, ya que, aunque a menudo solo llevaban copias de una carta de exención de visado firmada por el joven sacerdote Bryan Walsh, tenían pasaportes y visados de salida aprobados por sus padres y las autoridades migratorias cubanas.
Los documentos consultados del gobierno de Estados Unidos y sus agencias, y el testimonio de personas directamente involucradas en la Operación, evidencian «cómo se exacerbaron y manipularon las ansiedades de los padres, cómo se usó la emigración cubana como arma política contra el gobierno revolucionario y cómo los propios niños de Pedro Pan llegaron a ser utilizados como parte de la guerra encubierta de Washington contra Cuba (…). Estas fuentes demuestran adecuadamente las agendas políticas que animaban a las personas e instituciones que iniciaron o participaron en el programa, y cómo la Operación llegó a estar tan entrelazada con la lucha anticastrista que se volvió inseparable de ella, en un momento en que la contrarrevolución se dirigía cada vez más desde la Casa Blanca».
Publicado originalmente con el título Operation Pedro Pan and the Exodus of Cuba's Children (University of Florida Press, 2020), el libro inicia describiendo lo que la autora cataloga como «el huracán revolucionario que barrió Cuba en 1959».
Una frase de Lisandro Otero, citada oportunamente, describe el torbellino que se vivía en aquel momento: «La generación que llegó al poder [en 1959] estaba imbuida de su tarea: impulsar al país hacia la modernidad. Fueron profetas de la nueva era, [impulsados por] un romanticismo arrebatado, una pasión patriótica y un idealismo utópico extremo. Las pirámides egipcias se construyeron por etapas… Los jóvenes que asumieron el poder [en Cuba] pensaron que estaban construyendo una cadena de pirámides que cubriría el mundo en poco tiempo. La enormidad de [la tarea] nunca los desalentó».
En palabras de Jean-Paul Sartre: «El mayor escándalo de la Revolución Cubana no es que expropió las plantaciones, sino que llevó a los niños al poder». Y como bien señala la autora, los líderes naturales de aquel movimiento apenas habían cumplido los 30 años: «Fidel Castro tenía solo 32 años, el Che Guevara tenía 30, Raúl Castro tenía 27 y Armando Hart, ministro de Educación, a los 28 años parecía apenas mayor que los estudiantes de secundaria que movilizó por miles para la Campaña de Alfabetización».

Hacia el país de «Nunca Jamás»
En marzo de 1962 el Miami Herald publicaba un dramático reportaje en el que se afirmaba que 8 000 niños cubanos habían sido «salvados del lavado de cerebro de Castro». Descritos como «solitarios y a menudo asustados sin sus padres», los jóvenes refugiados fueron atendidos por grupos eclesiásticos y agencias locales de asistencia social financiados por el gobierno de Estados Unidos. Se informó que su huida de Cuba fue organizada por el joven sacerdote Bryan O. Walsh, director de la modesta Oficina Católica de Bienestar.
En lo que de manera pintoresca se denominó Operación Pedro (o Peter) Pan ², más de 14 000 niños cubanos fueron trasladados en avión a Miami durante 22 meses, desde diciembre de 1960 hasta octubre de 1962.
En palabras de Alex López, quien salió de Cuba en julio de 1962, fue una época de mucho miedo. Sus padres creían que estaban actuando en el mejor interés de su hijo y que asistiría a un prestigioso internado estadounidense administrado por la Iglesia. «¡Ay, Dios mío! —dijo su madre— yo tenía tanto miedo de que [las autoridades del gobierno revolucionario] me fueran a quitar a mi hijo…».
El impulso inicial de la Operación Pedro Pan surgió en un período previo a la invasión por Playa Girón en 1961. Según el testimonio de uno de los padres que enviaron a sus hijos lejos: «Me había hecho el propósito de luchar por la libertad de Cuba y quería quedarme desprovisto de toda incertidumbre, que ellos [sus hijos] fueran víctimas por mi actividad conspirativa». Para algunos padres, la separación solo sería por un corto tiempo, pues pronto Fidel Castro sería derrocado.
Sin embargo, la mayoría de los entrevistados explicaron su decisión por «miedo al comunismo» y la supuesta amenaza que significaba para los niños y la familia. Shnookal cree que lo que ocurrió en la Isla fue algo más allá de una «conspiración de la Guerra Fría», y se propone «desenredar los hilos de la Operación para exponer su complejidad y los múltiples factores que estuvieron detrás del éxodo».
Con minuciosidad, indaga sobre qué hubo detrás de este éxodo masivo sin precedentes, algo que en Cuba se relata «como un secuestro masivo de los ciudadanos más pequeños de la nación», mientras que en Estados Unidos ha servido ideológicamente para reforzar la política beligerante de Washington hacia Cuba, defendiendo la tesis de que «los organizadores del puente aéreo simplemente respondieron a la desesperación de los padres cubanos para evitar el “adoctrinamiento comunista” de sus hijos y “defender” la familia cubana que, se decía, estaba amenazada por el gobierno revolucionario».
Miami o las montañas cuestiona ambas visiones y sugiere que una multitud de factores complejos impulsaron la huida de los niños, desentrañando las diversas versiones de esta historia «generada a ambos lados del estrecho de la Florida como triunfo o tragedia, rescate o secuestro, y salvación o sacrificio».
Entre otros elementos subraya que los padres cubanos no estuvieron impulsados únicamente por el deseo de proteger a sus hijos de amenazas reales o percibidas. También buscaban una vida mejor para ellos, atraídos por el «sueño americano». Describe la frontera entre Cuba y Estados Unidos con flujos migratorios regulares en ambas direcciones. «Los Pedro Panes llegaron a un país que no resultaba ni lejano ni extraño para las familias cubanas más prósperas y, por lo tanto, la propuesta de enviar a sus hijos al Norte por un breve período no era un acto tan drástico o desesperado como podría parecer a primera vista, especialmente cuando se ofrecían visados especiales, boletos aéreos gratuitos, educación y alimentación. La Operación Pedro Pan aparentemente presentaba la oportunidad de obtener una preciada beca educativa estadounidense, lo que tuvo un “efecto imán” que sin duda influyó en la decisión de algunos, si no de muchos, padres cubanos».

Operación Peter Pan
Los formuladores de políticas en Washington reconocieron que la presentación de los niños cubanos como «víctimas indefensas del terrorismo» podría ser un enfoque propagandístico particularmente eficaz. Con el paso de los años, la historia de la huida de los Pedro Panes se convirtió en «un elemento clave de la base ideológica anticubana para desacreditar el proyecto revolucionario e inocular a otros, especialmente en América Latina, que hubieran podido considerar un experimento socialista similar. Para los emigrados cubanos en Estados Unidos, la historia de la Operación Pedro Pan pasó a ser un argumento central para demostrar que las condiciones en la Cuba de Castro eran tan horribles que los padres se vieron obligados a tomar medidas desesperadas para proteger a sus hijos. Así, cualquier insinuación de que detrás del éxodo hubo factores distintos a las preocupaciones humanitarias se ha considerado apostasía en Miami, y cualquier mención al trauma o al abuso que los niños pudieron haber experimentado en su solitario exilio se ha desestimado como ingratitud».
Como afirma Shnookal, «la mitificación de la Operación vino a alimentar no solo la razón de ser o el mito de la creación de la comunidad en el exilio, sino que halagó a la autoimagen de Estados Unidos como refugio para quienes escapan de la tiranía y de la opresión». Y, como ejemplo, cita a John F. Thomas, director del Programa de Refugiados Cubanos: «Es una demostración de la fe de estos padres en el cálido corazón de Estados Unidos que hayan enviado a sus hijos solos a este país».
Lo cierto es que después de la Crisis de Octubre, momento en que se interrumpen los vuelos entre Cuba y Estados Unidos, miles de Pedro Panes quedaron solos y tuvieron que esperar años para reunirse con sus padres. De hecho, algunos nunca pudieron materializar el reencuentro. «Aunque muchos ex Pedro Panes han expresado su gratitud por haber tenido la oportunidad de vivir el sueño americano, varios de ellos experimentaron un trauma significativo y tienen cicatrices emocionales duraderas debido a la abrupta, y a menudo prolongada, separación de sus familias».
Para la investigadora australiana la Operación no puede asumirse únicamente mediante el prisma de una disputa de la Guerra Fría por los corazones y las mentes de la siguiente generación de jóvenes cubanos, sino como «una reacción al desafío que la Revolución Cubana presentaba a los valores tradicionales o conservadores de la clase media, especialmente los relacionados con los roles de género, la discriminación racial, la sexualidad y las relaciones intrafamiliares. Fue una revolución que, en muchos sentidos, resultó ser un presagio de la revuelta juvenil (tanto en sus expresiones políticas como culturales) que estremecería muchas partes del mundo en los años sesenta».
«Alfabetizar, alfabetizar. ¡Venceremos!»
Probablemente la Campaña de Alfabetización en 1961 se convirtió en la evidencia más palpable —junto a la Reforma Agraria— del carácter popular, democrático y de justicia social del programa revolucionario que estaba materializando la dirección del joven gobierno, y que ya Fidel había adelantado en su alegato conocido como La historia me absolverá, en 1953.
«El propósito de las reformas educativas emprendidas por el gobierno revolucionario era establecer un sistema más democrático y equitativo para toda la población, teniendo en cuenta que la educación había sido uno de los departamentos más vergonzosamente descuidados y corruptos bajo el régimen de [Fulgencio] Batista, fracasando totalmente, de manera especial, en la atención de las necesidades de la población rural», argumenta Deborah.
En palabras del periodista Herbert Matthews, de The New York Times: «[La Campaña fue] una actividad revolucionaria en su máxima expresión. Miles de jóvenes que nunca habrían salido de sus ciudades o pueblos entraron en contacto diario con los campesinos. Todas las clases, blancos y negros, experimentaron una vida comunal, una especie de integración social como Cuba nunca había conocido».

Rostros de la Campaña de Alfabetización.
Otro de los factores que propició un resultado positivo fue el carácter autóctono y original de la propuesta pedagógica. «En esta Campaña, la dirección revolucionaria no tomó como guía las experiencias de alfabetización en Rusia o China (de las que aparentemente sabían muy poco), sino las enseñanzas del gran poeta e independentista cubano del siglo XIX, José Martí. Así, la Campaña de Alfabetización demostró ser una lucha y una victoria genuinamente cubanas. Martí había previsto una troupe de “maestros ambulantes” que llevarían la educación al campo. Los campesinos no tenían tiempo para ir a la escuela, escribió, por lo que la escuela debía llegar a ellos».
Y aunque por aquel entonces la obra del pedagogo brasileño Paulo Freire no era conocida en la Isla —de hecho, pasarían varias décadas para que sus lógicas teóricas y metodológicas irrumpieran en parte de la sociedad cubana—, la Campaña contenía similitudes con lo que hoy conocemos como educación popular. El 14 de mayo de 1961, en el campamento de formación de jóvenes alfabetizadores de Varadero, Fidel dijo a los brigadistas: «Ustedes van a enseñar; pero al mismo tiempo van a aprender. Ustedes van a aprender mucho más de lo que van a enseñar…».
El libro refleja con acierto la versión parcializada de medios de prensa estadounidense que obviamente no se identificaban con el proceso revolucionario. El semanario Newsweek describió a los adolescentes cubanos como «los seguidores más fanáticos de Fidel», mientras decía que sus padres eran «menos entusiastas», preocupados por las condiciones insalubres y primitivas en las que vivirían sus hijos en las regiones rurales. «El pedagogo juvenil —decía Newsweek— debe vivir con la familia a la que enseña y ayudar a cortar caña de azúcar, cuidar del ganado, pescar o hacer cualquier otra cosa que la familia haga para ganarse la vida por lo que el Año de la Educación también será un año de adoctrinamiento».
En contraposición con estas afirmaciones, Deborah dedica varias páginas al testimonio de decenas de alfabetizadores que explicaban lo que había significado participar en la Campaña: «Con ojos brillantes, los exbrigadistas describían los lugares adonde fueron, las familias con las que se quedaron y las penurias que soportaron. Sin excepción, la experiencia de la Campaña de Alfabetización de las personas que participaron como jóvenes brigadistas fue transformadora».
El libro y sus múltiples ventanas
Miami o las montañas sobresale por la cantidad y amplia diversidad de fuentes consultadas. Incluye entrevistas personales realizadas al sacerdote Bryan Walsh, dos exfuncionarios de la seguridad del Estado cubano —uno de ellos es el general Fabián Escalante—, el entonces ministro de Educación cubano Armando Hart, funcionarios responsables de la labor publicitaria de la Campaña de Alfabetización, Pedro Panes y brigadistas.
Más que mostrar un conjunto de testimonios, el libro contextualiza las circunstancias que llevaron a estos niños y adolescentes lejos de sus casas. Explica que el éxodo de los niños fue alimentado por el bulo inspirado e instigado por la CIA sobre la patria potestad, pero considera la posibilidad de que esa no haya sido su intención original. Analiza quién inició el puente aéreo y cómo se organizó, sugiriendo que los padres tenían muchos y variados motivos para enviar a sus hijos a Miami, más allá de la propaganda de la CIA. Expone el papel de la Iglesia católica en la promoción y organización del plan y el por qué el programa se concibió específicamente para menores no acompañados y no para ayudar a la emigración de grupos familiares. Además, hace énfasis en cómo los Pedro Panes sirvieron a Washington en la guerra propagandística contra la Revolución Cubana.
Precisamente, como parte de esta guerra propagandística, la propia Campaña de Alfabetización fue considerada como una estrategia de adoctrinamiento masivo: «un plan consciente del gobierno revolucionario para colocar a los hijos fuera de la influencia y el control de sus padres», no por gusto en mucha de la bibliografía existente sobre el tema es considerada como «un factor impulsor significativo, si no el más importante, de la Operación Pedro Pan».
Según el sacerdote Bryan Walsh, citado en el libro: «la Campaña de Alfabetización y las subsecuentes reformas educativas habrían subrayado la urgencia de la misión de rescate». Y aunque en su testimonio rechazó que la Operación se hubiese usado como propaganda contra el gobierno de Cuba y negó su conexión con la Agencia Central de Inteligencia, afirmó que cuando todo comenzó: «estábamos compartiendo las preocupaciones de familias que ni siquiera conocíamos, a cientos de millas de distancia, en una lucha de vida o muerte en la Guerra Fría».
En realidad, la Campaña de Alfabetización «introdujo un nuevo paradigma movilizador de la juventud en el proyecto revolucionario de justicia social. Y les dio a los jóvenes cubanos —como participantes activos— una identificación con la Revolución y un sentido de responsabilidad y apropiación hacia este proceso, del que algunos de sus progenitores se sentían cada vez más alienados u hostiles».
«Para aquellos jóvenes cubanos que volaron con la Operación Pedro Pan, y para aquellos que se quedaron en la Isla, miles de los cuales participaron en la Campaña Nacional de Alfabetización de 1961, sus experiencias fueron claramente trascendentales, especialmente porque ocurrieron durante los años más importantes en la formación de un individuo», afirma Shnookal.

Deborah Shnookal, la autora del libro.
El libro describe el contexto sociopolítico de este periodo en el que el gobierno estadounidense implementó una política sin precedentes de admisión de un número ilimitado de niños cubanos, al tiempo que dificultó la reunificación familiar con el evidente objetivo de que los padres se mantuvieran en Cuba y lucharan por derrocar al gobierno revolucionario.
«La Operación Pedro Pan realmente alentó el envío de niños cubanos no acompañados hacia Estados Unidos, en un esfuerzo por desestabilizar la sociedad cubana y socavar el gobierno revolucionario. Se organizó a través de las mismas redes contrarrevolucionarias que llevaron a cabo operaciones terroristas, de asesinato y de sabotaje, como parte del programa de acción encubierta de Washington, y dependió de ellas. El bulo sobre la patria potestad que impulsó el éxodo —la campaña de rumores de que la autoridad de los padres cubanos sobre sus hijos estaba a punto de ser eliminada— formaba parte del programa de guerra psicológica que manipulaba cruel y cínicamente las inseguridades y ansiedades de los padres, y que causó daños duraderos a las familias y a la vida de los niños», reflexiona Shnookal. Para ella, el sacerdote Walsh y otras figuras de la Iglesia católica, no actuaron motivados por una preocupación humanitaria, sino porque estaban inspirados por una agenda política de la Guerra Fría.
Al centrarse en el episodio de la Operación y las experiencias de los jóvenes contemporáneos de los Pedro Panes que permanecieron en la Isla y se sumaron a la Campaña de Alfabetización de 1961, Miami o las montañas ofrece una nueva mirada a los primeros años de la Revolución Cubana.
Sin dudas el contraste resulta elocuente: «Mientras miles de jóvenes cubanos volaban hacia Miami con la Operación Pedro Pan —afirma Deborah—, otros 100 000 también abandonaban sus hogares, en este caso como voluntarios en la Campaña Nacional de Alfabetización que los llevaría a algunas de las zonas más remotas y subdesarrolladas de la Isla. El viejo orden social estaba desapareciendo rápidamente y la elección para los jóvenes cubanos y sus familias se hacía clara: Miami o las montañas, lo que significaba mucho más que dos puntos en un mapa».