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Hechos, personajes y lugares habaneros

Fotingos en el Paseo del Prado, La Habana, a finales de 1928. Foto: Tomada de Cubperiodistas.

Cuba tuvo teléfono automático antes que cualquier otro país y por Cuba comenzó la navegación aérea internacional. Fuimos los inventores de la radionovela y era cubano el único campeón mundial de ajedrez nacido fuera del mundo desarrollado, mientras que otro cubano fue campeón mundial de billar en 18 ocasiones consecutivas, y había nacido en Cuba el primer latinoamericano que se alzó con una presea dorada en una olimpiada. Descubrimos el agente trasmisor de la fiebre amarilla e hicimos antes que nadie operaciones neurológicas de gran complejidad cuando apenas había instrumentos idóneos para hacerlas y el cirujano removía con la lengua los cuerpos extraños alojados en el cerebro del paciente. Inventamos el daiquirí y el mojito, el danzón, el mambo y el chachachá y fuimos uno de los primeros países del continente en ver televisión.

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El billete de 10 000 pesos fue el de mayor valor emitido por el Banco Nacional de Cuba. Llevaba el retrato de Ignacio Agramonte. Tomás Estrada Palma aparecía en el billete de 1 000 pesos y Salvador Cisneros Betancourt, Marqués de Santa Lucía, en el de 500, en tanto que a Francisco Vicente Aguilera correspondía el billete de 100 pesos.

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La primera intervención quirúrgica realizada en América por anestesia con éter la llevó a cabo el médico cubano Vicente Antonio de Castro y Bermúdez, el 10 de marzo de 1847. Aunque en este año se hicieron en el continente unas 20 intervenciones valiéndose de ese novedoso método, la primera fue, por unos días de diferencia, la del cubano, lo que le confiere la condición de introductor de la anestesia en América.

Castro nació en Sancti Spíritus. Hizo estudios en el Seminario de San Carlos y en la Universidad de La Habana, donde recibió el diploma de doctor en 1837 y de la que llegaría a ser profesor. Fue miembro de la Academia de Ciencias. Condenado en rebeldía a 10 años de prisión por sus ideas en favor de la independencia de la Isla, se vio obligado a escapar a México.

Fundó una organización masónica —Gran Oriente de Cuba y las Antillas—netamente cubana e independiente de la masonería oficial que respondía al Gran Oriente de Madrid. Esa organización creó numerosas logias en todo el país; logias que la masonería oficial calificó como “clubes jacobinos”, que permitieron conspirar con una seguridad desconocida hasta entonces y en las que se incubó la Guerra de los Diez Años. Hasta el ritual de la masonería se diferenciaba, en las logias cubanas, del de las logias españolas.

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Invariablemente vestido de negro y con un sombrero fuera de época, dominaba con pericia el caballo que tiraba de su coche y respondía airado a las burlas de que era objeto. Ya nadie recuerda su nombre. Le apodaban Malanga y fue, en La Habana de los años 40, el último cochero.

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La primera piquera pública de automóviles que existió en Cuba se estableció en 1914 en el Paseo del Prado, frente al hotel Inglaterra. Casi al mismo tiempo se instalaba otra en áreas del puerto habanero, afirma Marcelo Israel Gorajuría en su  libro Historia y pasión del automóvil en Cuba (2015).

El mítico piloto cubano Ernesto Carricaburo, con buen tino y sentido comercial, dice Gorajuría, adquirió para fomentar su negocio, un lote de 10 autos marca Ford modelo T. El popularmente llamado fotingo (por la frase inglesa cubanizada foot it and go) revolucionó la industria del automóvil y no tardó en adueñarse de la preferencia de los compradores, entre otras razones por su bajo costo, que oscilaba entre 200 y 300 dólares y la robustez que permitía su empleo en el servicio de taxis.

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En 1771 llega el hielo a Cuba. Lo trajeron desde Veracruz y Boston y le confirieron cualidades medicinales. En 1801, Francisco de Arango y Parreño, el llamado “estadista sin Estado” y eminencia gris de la sacarocracia criolla, recomendaba su importación al Gobierno colonial. Poco después, el gobernador de la Isla aprobaba la propuesta “como uso medicinal para las enfermedades que se originan de la rarefacción de la sangre”.

En 1805 está aquí el norteamericano Federico Tudor, el Rey del Hielo, con 240 toneladas de la mercancía. El producto continuaría importándose hasta fines del siglo XIX, cuando se estableció la primera fábrica cubana de hielo.

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Carricaburo fue chofer del presidente José Miguel Gómez —trasladaba al mandatario por toda La Habana, sin escolta— y antes, en 1906, al timón de un auto marca Mercedes, había resultado triunfador en la primera carrera internacional que se celebró en Cuba. Contempló un periplo de 158 kilómetros de ida y vuelta entre el poblado habanero de Arroyo Arenas y la ciudad pinareña de San Cristóbal y atrajo la participación de los más grandes ases del volante del mundo. Añadamos de paso que José Miguel fue el primer presidente cubano que dijo adiós al coche tirado por caballos.

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La exportación a Cuba de 11 000 Cadillacs en un año —década del 40— hizo pensar a la General Motors que la Isla era utilizada como trampolín para el contrabando de “colas de pato” con terceros países. Una inspección demostró que no era así.

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Su nombre real era el de Isabel Veitía y Armenteros, pero todos la conocían como la Marquesa. Una mujer de piel negra, ataviada siempre con sombrero y cartera, que pedía la limosna con tanta elegancia que muy pocos eran capaces de negársela. Su madre había sido empleada doméstica de una marquesa auténtica y ella decidió “heredar” el marquesado.