
La joven espirituana Beatriz Pérez Rabelo fue sometida a una cesárea de urgencia y cuatro intervenciones quirúrgicas. Foto: Yosdany Morejón.
Para muchos el amor tiene un final y es la muerte. Para otros es el equivalente a dejar de ver, de tocar, de oír e, incluso, de hablar, porque nada asusta más que la inexistencia, o la imposibilidad de permanecer por siempre al lado de quienes se ama.
Lo cierto es que también se puede morir por dentro mientras está uno vivo y, en tal caso, poco importan el tocar, el ver, el oír, o el respirar, si no puedes compartir esos sentimientos que te desbordan el alma, como si de un fuego bendito se tratase.
En el caso de Beatriz no fue el temor a la muerte lo que la mantuvo viva; sino el horror que cruzó por su mente al imaginarse incapaz de besar a sus hijas recién nacidas.
Se dijo “tengo que vivir” y vivió.
Una historia real
El pasado 16 de agosto, la joven fue sometida a una cesárea de urgencia, un proceder que se realiza como consecuencia de una patología de la madre o del feto, en el cual se sospecha compromiso del bienestar fetal.
La presión sanguínea se le había disparado tras meses de padecer una enfermedad hipertensiva que motivó el ingreso en el Hospital General Provincial Camilo Cienfuegos de Sancti Spíritus, durante la semana 22 de gestación.
El día en cuestión, el equipo médico temía lo peor.
Y es que el embarazo siempre constituye un reto para el organismo humano, dice a Cubadebate Miguel González Bellón, especialista en segundo grado de ginecobstetricia y miembro del grupo nacional de la especialidad, quien aseguró que este tipo de padecimientos está entre las principales complicaciones y causa de muerte materna y perinatal.

Para salvar la vida de Beatriz se conformó un equipo médico que estuvo integrado incluso por intensivistas, hematólogos y obstetras de provincias hermanas como Cienfuegos y Matanzas. Foto: Yosdany Morejón.
Explica que cuando el embarazo es múltiple, los riesgos se incrementan. “Para nosotros las enfermedades hipertensivas son de las más temidas por la cantidad de daños que provocan en el organismo materno y fue este precisamente el padecimiento que acompañó a Beatriz durante la última etapa de su embarazo”.
La posición de los fetos en el interior de la madre obligó al equipo multidisciplinario a tomar una decisión de inmediato, aun cuando se encontraba en su trigésimo sexta semana de embarazo.
“Uno de los fetos venía en situación transversa y decidimos hacer la cesárea, un elemento más que agrava el riesgo de complicaciones para cualquier mujer”, acotó.
Como Beatriz había sufrido durante varios meses los efectos de la presión arterial elevada, los tejidos en algunos de sus órganos vitales habían acumulado un daño previo, provocado por la preeclampsia y su cuerpo se negaba a seguir adelante.
Aunque quizás lo intuyó por el ir y venir de los médicos y el letargo que le cerraba los parpados, esta treintañera estaba al borde mismo de la muerte. De hecho, hoy se considera su caso como el más crítico –de este tipo– que ha enfrentado el hospital de Sancti Spíritus en el 2022.
La preeclampsia provoca daños en el endotelio, la capa interna de cada uno de los vasos sanguíneos y esto ocasionó en la joven una serie de complicaciones asociadas a trastornos de la coagulación que le obligaron a ser intervenida quirúrgicamente en 4 ocasiones más.
Si una operación de este tipo es riesgosa, imagine 4, sin contar la cesárea de urgencia a la cual fue sometida.
“Para colmo de males, en medio de tantas intervenciones apareció una infección con la cual también tuvimos que lidiar mediante terapia antibiótica de amplio espectro. Con Beatriz tuvimos el apoyo de intensivistas, hematólogos y obstetras de provincias hermanas como Cienfuegos y Matanzas, quienes se afanaron, junto a nosotros, en salvar la vida de la espirituana”, agrega González Bellón.
Un sí por la vida
Nicole y Valeria, las gemelas, llegaron a este mundo sanas y salvas en medio de tanto ajetreo por la vida, pero su mamá permaneció ingresada durante 26 días más. De seguro, cuando crezcan, entenderán los múltiples sacrificios de un equipo médico que no se alejó de la cama de su madre, ni siquiera para alimentarse.
Bien lo reconoce Beatriz, quien hoy, ya fuera de peligro, no para de dar las gracias a cada doctor, intensivista, o enfermera que la visita en la sala de perinatología del mencionado centro hospitalario.
“¿Qué te puedo decir? Gracias infinitas al sistema de salud pública de Cuba. Si hoy estoy viva y si mis hijas están vivas, es gracias a estos héroes de blanco que nunca me dejaron sola”.
“La verdad es que estar aquí sin acompañante es difícil, pero tienes que hacer un trabajo psicológico bien fuerte contigo misma para salir adelante, porque te ves sola y te pones a pensar en tus hijas y en que llevas mucho sin verlas. Te pones a pensar en que tienes a toda la familia preocupada por ti”.
Cuenta que nunca le dijeron lo grave de su situación, pero ella lo imaginó al verse en la Unidad de Cuidados Intensivos.

A Beatriz le mostraban las fotos de sus hijas para que estuviera al tanto de su evolución y cuidados. Foto: Yosdany Morejón.
El apoyo psicológico y emocional brindado por el equipo médico resultó a la postre decisivo en la supervivencia de una madre que se aferró a la vida con uñas, dientes y alma.
“Los médicos y enfermeras venían y me hacían cuentos para que yo riera y saliera del estrés. Lo mismo me contaban una historia que una anécdota y siempre me daban fuerza, aliento y me decían que sí se podía. Y la vida les dio la razón porque se pudo”.
De los muchos desvelos vividos habla la doctora Mayelín Durán Romero, especialista en segundo grado en medicina intensiva y emergencia, y parte del equipo que realizó el “milagro”, cuando asegura, se trató de un caso dificilísimo.
Aclara que, como parte del protocolo médico establecido, a los pacientes graves no se les permiten acompañantes, ante lo cual ellos se comportaron como la familia de Beatriz y le brindaron su total apoyo.
“Pasamos muchos sustos, no solo las personas que nos encontrábamos aquí de guardia, sino también la gente de su casa. Se trató de un constante análisis y de una constante evaluación por los especialistas. Solo pensábamos en cómo salvarle la vida para que pudiera regresar junto a sus hijas”, dice Durán Romero.
Como en un juego de ajedrez, cada movimiento se efectuaba con minucioso cálculo. Cada medicamento, cada acción terapéutica, cada sutura y hasta cada palabra dicha a la joven, eran cuidadosamente estudiadas.
En todo momento a Beatriz le mostraban fotos de las niñas para que, aún desde la distancia, se sintiera parte de la evolución de las jimaguas y se reconfortara con sus sonrisas.
“Vi muchas fotos de las niñas cuando ya estaba un poco mejor y eso me dio más fuerzas para seguir luchando por mi vida. Ellas fueron el motor principal para que yo saliera de esto”, añade la joven madre.
Entonces, cuando uno escucha tanto optimismo, siente un confort por dentro que no quiere pensar en la derrota, solo en el amor perecedero porque, en definitiva: ¿qué no es capaz de vencer una madre por sus hijos?
Sé que no está permitido, pero estrecho el brazo de esta guerrera y con los ojos le grito: carajo, sobreviviste. Me lleno de valor para no ceder ante la emoción e intento salir de sala.
–Periodista, jamás me faltó un medicamento –dice y vuelve la mirada al celular, donde dos duendecillas de luz asoman desde la pantalla.
Al cierre de este trabajo, la joven espirituana Beatriz Pérez Rabelo había sido dada de alta y cumplió el sueño de abrazar a sus hijas.