
Mirta Rivero Palmero y Jesús Contino Rivera residen por el desvío conocido como el kilómetro 10 de la carretera a Viñales. Foto: Ivón Deulofeu
Mirta Rivero Palmero y Jesús Contino Rivera residen por el desvío conocido como el kilómetro 10 de la carretera a Viñales. Un sitio donde hubo, antes de Ian, robustas arboledas de mango que atraían a viajeros que van y vienen acortando distancia hacia el destino turístico o rumbo a la autopista Pinar-La Habana. El matrimonio tuvo allí su vivienda hasta hace una semana.
Han pasado más de 40 años desde que la construyeron, “poco a poco”, y de la noche al día la vieron convertida en piso de cemento con el inmenso cielo como techo. Un cielo sin nubes que dejó el huracán.
Jesús me cuenta que tuvieron una confusión: la casa la derrumbó Ian en la noche y en la mañana fueron avisados y salieron a proteger lo poco que les dejó: “recuerdos”, según Mirta. “En eso, vino lo que vino”, asegura Jesús.
Se les ocurrió protegerse debajo de un carretón que estaba en la casa del vecino. Como si lo que tiraran fueran balas. Las ráfagas levantaban el invento de dos ruedas y ellos frágiles ante tanta fuerza casi no lo soportan. A Mirta le dolió el pecho. Mejor dicho, se le enfermó aún más el corazón.

Foto: Ivón Deulofeu
Dicen que ya no tienen el televisor que estuvo sobre la repisa. Ahora lo más visto es la repisa que quedó entre lo que fue la sala y la cocina. A veces el concreto es un escudo contra los ataques que la naturaleza depara a los humanos. Jesús se recuesta a ella o quizás aún visualiza la sala donde recibía a los hijos, nietos y vecinos. Desde allí me dice que “lo único intacto que queda es el alma porque la vida sigue”. Vaya hombre fuerte, pienso.
Reconozco que ambos han aportado a la vida que emprendieron una vez desde el amor. Me hablan de los años que tenían los colchones, uno veinte y pico y otro más de treinta años y hasta el nombre de quien los hizo. Del refrigerador que compraron una vez y se hizo una “chascla”, según Mirta.
Mirta y Jesús tienen más de 70 años y afirman que “jamás ni una tabla se había jorobado con el viento”. Allí han pasado huracanes duros, pero como éste, él dice que jamás. “Es la primera vez en la historia que veo algo así”, afirma ella. Jesús dice que “se habla del Alberto, pero que ese fue agua. Ian fue bravío con el viento. Torcía todo lo que encontraba. Hasta la mata de coco que es dura, la venció”.

Foto: Ivón Deulofeu
“Periodista mire la zapata de la casa” y Mirta señala que la sacó de la tierra. Jesús dice que la única esperanza que tiene para levantar la casita es “con la ayuda del Estado, como siempre”. Confía, aunque reconoce que las cosas en su trabajo no han ido bien. Es obrero del plan mango, una zona que limpian “a machete y con el alma”. Afirma que su salario depende de la fruta que cargan. De lo contrario no hay salario. Me cuenta que este año se perdió el mango por problemas de transportación y por tanto no le pagaron. Se mantienen con la jubilación de Mirta y lo que él siembra. “Ni una tabla puedo comprar”.

Foto: Ivón Deulofeu
A pesar de los problemas, Mirta y Jesús sonríen y van acomodando un poco el desorden sin rumbo. Por un lado, están las tablas que aún sirven, los clavos recuperables, los zines que van apareciendo. El tabaco de Jesús arde y asegura que por lo menos eso tiene para calmar la ansiedad.
El fogón es improvisado. Un poco de casa hecha leña les permite cocinar. Alguien llega de vez en vez y algo les deja. Agradecen a Flora y Fauna la carpa para guarecerse del sol. “Por aquí ya pasó el del Consejo Popular de Aguas Claras y se llevó la lista de nuestras necesidades”. Jesús está convencido que son muchos los que esperan apoyo como ellos. Por momentos el silencio responde. No me atrevo casi a preguntar, todas las respuestas están derrumbadas.

Foto: Ivón Deulofeu
Mire, le digo algo: “escuché todo por el televisor y le dije a la vieja: come y vete caminando para la casa de unos vecinos. En el parte de las 6:00 pm decidí quedarme aquí pero cuando escuché que entraría por un punto entre La Coloma y Boca de Galafre me dije, Jesús esto viene bravo. Tapé todo y me fui. De lo contrario no estaríamos vivos”.
“Tengo momentos, pa qué le voy a decir, que pienso que estoy en otro lugar, que esta no es mi casa. Nos harán un temporal, pero no sabemos para cuándo”, Mirta reconoce que hay mucho desastre por todas partes.
Allí donde hubo una casa están los dueños vivos. Respiran, piensan. Desde lo que fue el portal se ve la presa que mantuvo su nivel. La vegetación es casi gris. Sin embargo, ya hay flores en el jardín. No hay mangos, pero están las manos que “volverán con el machete y con el alma a la tierra” como dice Jesús. Son las manos que me regalan una rosa recién nacida. Gracias.
Pude irme por el lado, por el fondo, por cualquier parte, pero lo hice por el frente, por la acera de ladrillos rojos que permanece como para indicarnos que siempre hay una salida.

Foto: Ivón Deulofeu

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