
Todos los días Rosa Gutiérrez acompaña a su nieta hasta Fuerte Tiuna en Caracas, donde los asesores cubanos de la Misión Cultura devuelven la sonrisa de Islimar
Es cierto, las madres son como esos faros que emiten una intensa luz para jamás equivocar el camino ni perder la esperanza en la vida. “Y… ¿qué son entonces las estrellas, mami?”, preguntó Islimar con la inocencia de sus seis años.
“Las estrellas son las madres de otros niños que un día volaron al cielo y allí se quedaron pegadas, en ese manto negro, para cuidarlos con todo el amor del mundo”, le respondió su madre.
Nadie imaginó que a los pocos meses su madre también volaría hasta quedar pegada en el cosmos junto a las demás estrellas. La covid provocó su partida en 2021, con tan solo 27 años, cuando aún tenía tanto para dar, para vivir, para luchar por sus hijos.
Cuentan los vecinos que Islimar lloró claveles y océanos por su mamita hasta que, con esa sabiduría tan propia de los niños, aprendió a ocultar el dolor en el alma. Luego solo le diría a la abuela: “Mi mamá está ahora en el cielo y está bien”.
Meses antes la habían matriculado en la colmenita de Fuerte Tiuna, donde los asesores cubanos de la Misión Cultura Corazón Adentro enseñan danza, canto y actuación a unos 60 niños venezolanos que también han hecho suyo el dolor de Islimar y se han convertido en hermanos desde el arte.
“Un día estaba de visita en un lugar y apareció la colmenita y entonces le dije a mi mamá que me inscribiera. Mi mami lo hizo y tan pronto empecé, me enamoré”, cuenta Islimar entre risas. Luego añade con timidez: “Enseguida aprendí a bailar, actuar, decir textos. Y aprendí nuevas coreografías”.
Dice que su pasión son el teatro y la declamación. Le pido que recite un texto de su preferencia: “No puedo, porque a mí solo me sale (la inspiración) cuando actúo los textos para las coreografías. Bueno, espera, ahora me acuerdo de uno…”.

La joven cubana Yanila Rodríguez Gómez fundó la colmenita de Fuerte Tiuna y hoy enseña canto, danza y actuación a más de 60 niños, inluyendo a Islimar.
Y las palabras se hacen luz y anhelo, miel y rocío en la garganta de una niña que ha sufrido en silencio lo que ningún niño debiera. Se muestra temerosa al inicio, luego proyecta la voz hasta inundar el espacio: “Levántate Carmencita, porque viene el alba, ya los duendes en el aire se están lavando la cara…”.
Escucho a Islimar y pienso en la vida y sus golpes, en cómo una pequeña (ahora con siete años) es tan fuerte como un titán griego, en el bien que han hecho los instructores de arte cubanos en Venezuela, en lo feliz que luce entre ejemplares de La Edad de Oro y abejitas hermanas.
Cada día, ella es la primera en llegar hasta la sede de este núcleo colmenero de Caracas. Y es la primera porque su abuela, quien la acompaña, no puede ausentarse del hogar por más de dos horas.
“Yo me visto y vengo caminando desde la casa, porque no tengo carro. Así que llego caminandito porque me gusta ser puntual. A veces son mis compañeritos quienes llegan tarde”, dice la niña.
Resulta que el hermano menor de Islimar enfermó de meningitis a los pocos días de nacer y hoy sufre de parálisis cerebral infantil y microcefalia, condiciones que lo mantienen postrado en una cama y dependiente del cuidado de la anciana.
“A pesar de la adversidad, es un niño alegre, siempre está riendo, pero tengo que traer a mi nieta mucho antes de que comiencen los ensayos y acá la dejo a buen resguardo, porque sé que los profesores cubanos son como sus padres y los demás niños de la colmenita son como sus hermanos”, cuenta a Cubadebate Rosa Gutiérrez, abuela de Islimar.
Comenta que la experiencia de la colmenita ha sido increíble para su nieta, que en medio de tantas dificultades se divierte mientras declama textos. Por eso, al final del día, cuando regresa al hogar, sonríe complacida.
Pero eso no es todo. Según Rosa, los cubanos le enseñaron a Islimar la importancia del respeto a los demás; de asearse, de estudiar, de aprender en la escuela para construir un mundo mejor, más justo y con más oportunidades para todos.
“Le leyeron a José Martí”, dice, y ya no olvida que niñas y niños han de trabajar, de andar, de estudiar, de ser fuertes, de ser hermosos, porque son la esperanza del mundo.
“Yo vivo con mi abuela, mi papá y mi hermano. Mi papá es alto, tiene el pelo negro y trabaja en Corpoelec (la Corporación Eléctrica Nacional de Venezuela). Y como mi abuela siempre está en la casa con mi hermano, nosotras hacemos muchas cosas juntas y la ayudo en todo. Pero lo que más me gusta es venir a la colmenita”.
Para los niños trabajamos, porque ellos son los que saben querer

En Caracas más de 200 niños integran unos 5 núcleos colmeneros que gestionados por especialistas cubanos, desarrollan el talento artistico de las nuevas generaciones.
“Islimar es de esas niñas que llegó a la colmenita bolivariana con ansias de saber, de conocer el mundo y conocer a Cuba y Venezuela desde la cultura y los textos de José Martí”, afirma Yanila Rodríguez Gómez, su profesora.
“Luego, a ella le ocurrió la desgracia de perder a su mamá, pero, para sorpresa nuestra, la presencia de la niña se volvió más constante que nunca en la colmena. Ya no se perdía los ensayos, ni los intercambios con los profesores y compañeritos.
“Un día viene y me dice que siempre llega temprano y espera hasta dos horas por el inicio de las clases porque su hermanito solo se mueve en silla de ruedas y la abuela tiene que cuidarlo, pero que ella no se pierde por nada del mundo mis clases, porque la hacen feliz.
“Entonces, uno tiene que voltear la cara, no llorar delante de la niña. Si te soy sincera, a veces Islimar parece más fuerte que nosotros. Claro que está triste, pero en la colmenita nunca lo demuestra, aquí tiene un refugio de amor”, cuenta Yanila.
Poco tiempo después del fallecimiento de la madre, se le acercó la abuela Rosa deshecha en llanto para pedir ayuda, pues la niña se comportaba muy “rebelde en casa y no obedecía ni siquiera al padre”.
“Eso me conmovió muchísimo y hablamos con Islimar y con todos los niños de la colmenita. Días después le preguntamos a la abuela y el cambio había sido total, la niña había recuperado su forma habitual de comportarse”, recuerda la profesora.
Con esa pasión trabaja y habla de sus niños esta instructora cubana de arte que, con el corazón en los labios y un girasol de miel en los brazos, se ha entregado a la formación de niños y adolescentes venezolanos durante los últimos cinco años.
Se muestra complacida con los progresos de Islimar, quien ya recita de memoria textos completos, además de articular y proyectar la voz como toda una profesional.
Pero lo que más impresiona es la interpretación de los personajes y su proyección escénica. “Es una niña que requiere de toda nuestra atención, pero hemos logrado avances significativos en su formación artística”, afirma Yanila.
¿Qué se siente cuando sabes que tu labor en Venezuela ha contribuido a la felicidad de tantas niñas y niños?, le pregunto.
“Uno se siente útil. Ser cubano es ser solidario y por eso compartimos lo poco que tenemos, así somos. La sonrisa de Islimar refuerza mi decisión de convertirme en instructora de arte. Vivir una experiencia como esta y saber que podemos tocar fibras tan sensibles, transformar los modos de hacer y dar luz a todos estos niños, es razón suficiente para entregarme a mi profesión”.
Actualmente, en Caracas funcionan cinco núcleos colmeneros gestionados por los especialistas cubanos de la Misión Cultura, quienes se distribuyen en parroquias como Valle, Coche y 23 de enero.
El núcleo fundado en Fuerte Tiuna tiene tan solo un año, pero Yanila sostiene que es uno de los más destacados del Distrito Capital, donde unos 200 niños del estado integran varios proyectos con características específicas en correspondencia con el lugar de su gestación y las personas que los construyen y velan por la conservación de la identidad venezolana.
“De manera general, la colmenita bolivariana es un proyecto inclusivo que suma tanto al niño con talento y vocación para el arte como al niño que desea hacer por el arte”, refiere Yanila. Con ellos se trabaja a través de talleres de apreciación, creación, montaje y puesta en escena de diferentes obras teatrales.
Es un proceso integrador, capaz de asumir varias acciones formativas en función del desarrollo integral de los pequeños, con prioridad en el fomento de valores y el sano esparcimiento.
Y vaya si lo logran.
De nuevo miro a la niña que me ha dado tantas lecciones de vida en apenas media hora. La veo con sus alas y antenas de abejita feliz mientras baila en el escenario.
Minutos antes me confesó su mayor anhelo: “Voy a estar en la colmenita hasta que sea mayor, porque entonces quiero ser la presidenta de Venezuela y ayudar a todos los niños de mi país”.
Su nombre completo es Islimar Roxana Castillo Martínez y, al igual que millones de personas en todo el planeta, ha perdido un ser querido como consecuencia de esta pandemia maldita. Solo que, en su caso, el arte y el amor de los profesores cubanos le han devuelto la sonrisa.

Islimar es una niña venezolana que perdió a su mamá un año atrás como consecuencia de la covid 19, pero ha encontrado en el arte un refugio de amor.