
Fotos: Syara Salado Massip.
Desde hace ya algunos años, la obra de Sonia Cunliffe se ha caracterizado por la investigación y el uso de la imagen como documento y, consecuentemente, como archivo. Su estrategia es rica en varios sentidos, pero destaca por su diversidad constitutiva. Puede ir desde el uso de la fotografía más documental y tradicional en las series Monjas en el paisaje, a la “puesta en escena” o docuficción, en el caso de No digas nada de lo que viste ayer noche, Un hombre y una mujer, o el compendio informativo y poético desplegado como environments en la exposición Documentos extraviados: niños de Chernobil en Cuba.1
Todos estos casos rescatan a los protagonistas de una corriente subterránea, ignorada o marginada y, su voluntad como autora restituye un valor negado a aquellos y sus subjetividades.
Si la memoria tanto en el arte como en la archivística custodial se explicita como veracidad a través del documento, esos mismos recursos fácticos –la fotografía, la noticia de prensa, la entrevista-testimonio o el documental– apelan hoy a nuevos sentidos. La archivística poscustodial da preeminencia a imaginarios y campos de subjetividad que producen sinergias entre nuestros registros y, por tanto, otra legitimidad como modelo de interpretación contemporánea.
Sonia Cunliffe articula su discurso como autoconciencia de esa mediación pero, en este caso, expone una mayor conciencia, y una mayor complejidad de la obra como dispositivo de interpretación.2
No es casual que, entre los temas que atañen a la relación entre futuro y contemporaneidad, y en medio de las crisis multisistemas de las que hemos sido víctimas y no pocas veces artífices, la utopía siga siendo para ella un punto por dirimir, y el devenir del individuo, una deuda por saldar, colocando en el centro de esta encrucijada una perspectiva de género que transversalice la idea del hombre nuevo.3
Con suspicacia, la autora se coloca en las intercepciones del discurso político y la eficacia socioestética proporcionada por los lenguajes del arte. A la cuestión polémica de la relación entre “la masa” y “el líder” se homologan los ejes de lo épico y lo cotidiano. La Campaña de Alfabetización, la voz en off de Migdalia Calvo –quien fuera una de las brigadistas–, las imágenes documentales de la cineasta cubana Sara Gómez4 y la presencia de “faroles chinos”5 como elementos de una “iluminación” que pretendió alcanzar a un país entero y que es también demanda del presente, se superponen de manera simbólica.
Las voces de Sonia, Sara y Migdalia se unen con el fin de justipreciar y relocalizar el lugar de las mujeres en las artes y en la transformación social propiciada por la Revolución. Entienden la educación como herencia, como saberes transmitidos en el seno familiar por las propias mujeres, y a estas como cuencas inagotables de memoria, experiencia y emotividad. Una sociedad patriarcal presupone y jerarquiza al hombre como centro de sus experiencias y beneficios: “El café más oscuro era para los hombres y la última colada para las mujeres y los niños”, nos dice la alfabetizadora.6
En ese mismo rango, los niños incomprendidos y jóvenes con problemas serán reivindicados a través de un sistema correctivo que combina la enseñanza y el trabajo en el que, como nos dice Sara Gómez, “no hay heroísmo, solo placer de actuar en la transformación”.7 La educación institucional culminaría o daría forma a ese proceso de contrastes y discriminaciones.
Muy a pesar de sus posibles errores, hay un hombre nuevo latiendo como resultado de ese proyecto, pero también de nuestras contradicciones que emergen del metarrelato por microfragmentos, en encrucijadas de vidas humanas superpuestas en un orden no jerarquizado de entrevistas, testimonios y relatos que contribuyen a recontextualizar los procesos vividos a través del tiempo.
Es la voz del presente a través del cuerpo-mujer, pero también del pasado y del futuro en la construcción del día a día, resituando discursos y señalando prerrogativas. La voz de los pobres y los empobrecidos, de las redefiniciones entre lo público y lo privado, entre la soledad y las redes de apoyo, entre la vida-real y la vida-en-red, entre las luchas antisistema y la desmovilización social, entre los jóvenes y los viejos, entre la intolerancia y la asunción acrítica, entre los enfoques ecologistas y las conductas socialmente depredadoras, entre lo individual y el individualismo, entre la fugacidad del espectáculo y la trascendencia de lo vital, entre el llamado trabajo intelectual y el también llamado trabajo manual, entre lo político y lo “apolítico”…

Foto: Syara Salado Massip.
Algunas pautas culturales y sociopolíticas del imaginario de la nación y del hombre nuevo apelan y nos remiten a la relación individuo/masa, sujeto/colectividad. Experiencias de colectivización como la alfabetización y la zafra del 70; Girón: primera derrota del Imperialismo en América; la concepción de una cultura internacionalista que nos une (Argelia, Vietnam, Angola, Etiopía, Barbados, Nicaragua, Venezuela); el cine móvil y Teatro Escambray; la participación de niños-pioneros en campañas y eventos sociales como las elecciones, las flores para Camilo, la Caravana de la Victoria; las transformaciones de la conciencia entre obreros fabriles y campesinado; los contactos con otras naciones a través de eventos como la Exposición Soviética en La Habana y el onceno Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes; el viaje intercosmos Tamayo-Romanenko; las sucesivas oleadas migratorias; los programas de vacunación hasta llegar a la covid-19, el movimiento LGTB, entre otras muchas referencias.
El arte también ha creado sus propios imaginarios de la masa como protagonista de la utopía revolucionaria. Piénsese en las telas de Mariano Rodríguez, en las fotografías de la épica (Alberto Korda, Raúl Corrales, Mario García Joya), o en las multitudes de Antonia Eiriz, Raúl Martínez y Manuel Castellanos, etc.8
El hombre nuevo de Sonia puede ser contraparte y complemento del hombre nuevo del Che, no solamente al indagar en esos sectores populares donde encontraron el alma de la nación, con sus acervos, sus contradicciones y sus potencialidades en permanente grado de resolución. El hombre nuevo de Sonia es la mujer.
(Tomado de cubaenresumen.org)
Notas