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Las manos que le devolvieron la vida a los minuteros del Parque de la Libertad

Reynaldo junto a la gran esfera del reloj del Palacio de Gobierno de Matanzas. Foto: Cortesía del entrevistado.

Reynaldo termina de reparar un reloj y lo cuelga en la pared. Esta noche duerme tranquilo porque logró que otro más de su colección marchara como en los tiempos de antes. Justo a las 12 de la noche, las diferentes melodías coinciden y lo levantan de un tirón de la cama. Vuelve a la sala, los mira y con los brazos cruzados dice: “Ahora sí me convencieron”.

En la oficina de la Escuela Taller y de Oficios encuentra un lugar para sus reliquias. Aunque le duele apartarlas de la casa, piensa que es la mejor solución a su dilema: si ve un objeto antiguo roto tiene que arreglarlo y, a la vez, no puede trabajar sin conciliar el sueño. Con este paso gana él como profesor y los estudiantes que aprenden en el taller.

Reynaldo González Rangel no es relojero, es restaurador. El mecanismo que da vida a este tipo de artefactos parece mágico, muy diferente al digital que llevamos en forma de pulsera o al de nuestros celulares; por lo que comenzó a estudiarlo en la Escuela Gaspar Melchor de Jovellanos, en La Habana.

Siempre pasa por el Parque de la Libertad y mira hacia el reloj del Palacio de Gobierno. Escucha a los transeúntes cuando preguntan por qué no anda y recuerda cuantas veces él mismo se lo ha cuestionado. Con aquellas manecillas en pausa, sentía que faltaba algo que marcara el ritmo de la urbe.

Un toque a las puertas de la Oficina del Conservador de la ciudad de Matanzas trajo la ayuda de vuelta. Después de subir varios escalones, al fin llega a la “casita”, como llaman a la caja donde se encuentra una rara maquinaria con más de 160 años, las campanas, la esfera gigante…

Foto: Cortesía del entrevistado.

“El funcionamiento es igual al de uno pequeño, lo que a gran escala. Las tres pesas son las cuerdas. La más chiquita tiene 200 libras, por eso se sube mediante una manivela. La primera sirve para echar a andar el péndulo y el engranaje, la segunda permite que las campanas suenen y la tercera posibilita que el carrillón pueda tocar los cuartos de hora.

Luego de cuatro años parado, tenía un alto grado de suciedad, pero sin daños irreversibles. Utilizamos un diluyente específico hasta dejar bien limpia la maquinaria; entonces tomamos fotos, estudiamos todo y analizamos las afectaciones. Tropezamos con piezas fuera de lugar, lubricamos las articulaciones y solucionamos los problemas en el áncora, elemento que hace girar el sistema mediante el movimiento del péndulo”.

Cuanto más pequeño es el artilugio, mayor su complejidad. Por eso, en esta intervención se vuelve más fácil manejar cada elemento. En vez de maniobrar con utensilios diminutos, lo hace con herramientas comunes, como si se tratara de arreglar el motor de un automóvil.

Sin embargo, cualquier paso en falso puede ser catastrófico. Los momentos de mayor tensión surgen cuando restaura la esfera, le falta una pieza que sella la unión con el resto de la máquina y permanece atada solo con un alambre, casi suelta al aire. “Ha sido muy difícil acceder a ese lado porque está muy frágil y cualquier movimiento brusco rompería el vidrio o provocaría un accidente”.

Foto: Cortesía del entrevistado.

El tiempo corre de prisa en la “casita”. El especialista Leonel Pérez Orozco y un ayudante tienden la mano cada vez que Reynaldo lo necesita. Después de tantos días, marca las 11:45 de la mañana, la primera hora correcta, luego las 12 del mediodía y así sucesivamente. El joven nunca olvidará el momento en que todo el andamiaje se sincronizó perfectamente.

“Ahora se encuentra en la fase de prueba, respetamos las cartas de conservación. Estudiantes de albañilería de la escuela se incorporan a trabajar en el pretil. Queremos poner una luminaria, que alumbre la esfera y se vea bien desde abajo, vamos a pintar por dentro y recoger el polvo con una aspiradora para que no vuelva a sufrir y se pare con frecuencia. Cada seis meses hay que darle mantenimiento”.

Reynaldo baja a menudo al parque y sonríe al chocar con la reacción de los curiosos que notan el cambio en el edificio. “¡Oye, está funcionando el reloj!”, comentan asombrados al girar las agujas. Algunos se detienen para ajustar el minutero de sus pulseras.

“Tenía fijación con ese reloj, ni siquiera sabía qué sería en el futuro. Luego la vida cambió y mira dónde me puso. Quién iba a decir que después de tantos años yo mismo lo iba a echar a andar”, cuenta tras aclarar que no lo motiva ningún interés material, solo el placer de rescatar el patrimonio.

El centro histórico está en calma por la poca circulación de vehículos durante el aislamiento. A Reynaldo le queda la casa cerca, mientras regresa sabe que no va a encontrar el compás de los péndulos, pero ciertas campanadas lo persiguen por la ciudad y, para él, ya eso es suficiente.

Foto: Cortesía del entrevistado.

(Tomado de Periódico Girón)