
El 19 de marzo de 1939 una noticia espeluznante ocupaba espacios en la primera plana de todos los periódicos de la isla: había aparecido, cuidadosamente envuelta en un saco de yute, una pierna de mujer. Foto: Archivo
Las cosas iban de mal en peor. La ilusión que surgió, espontánea, una noche en la academia de baile “Galatea”, se diluía en el fardo pesado de la vida en común, y en él no quedaba ya más que la atracción casi salvaje que lo mantenía atado a ella. A René Hidalgo seguía gustándole Celia Margarita Mena. Por eso se endemoniaba con aquella sonrisa suya al cruzarse con otros hombres, y con su andar cadencioso que la había blanco de todas las miradas.
Hidalgo había querido ser médico, pero tuvo que abandonar los estudios y encontró plaza en la Policía. Blanco, alto, de buena pinta. Celia Margarita era una muchacha del campo que quiso probar suerte en la capital. Mestiza, oriental, pizpireta, aunque ni entonces ni después se escuchó decir que fuera infiel a René… una muchacha obsesionada con poder usar los cosméticos de Mc Factor.
Al parecer, no sabía leer ni escribir, pues era René quien redactaba las cartas que ella remitía a la familia distante. Nunca llegaron a contraer matrimonio. Luego de residir en varios lugares, se instalaron en una habitación de la azotea del edificio Larrea, en la Calzada de Monte, 669, entre Pila y Matadero. Un pequeño apartamento marcado con la letras “D” en un inmueble donde el resto de las viviendas se identificaba con números. Era como una premonición: “D” de descuartizada. Allí se cometió el crimen.
El 19 de marzo de 1939 una noticia espeluznante ocupaba espacios en la primera plana de todos los periódicos de la isla y se repetía con insistencia en la radio: en el registro de la alcantarilla de la Avenida Séptima esquina a 2, en Buenavista, Marianao, había aparecido, cuidadosamente envuelta en un saco de yute, una pierna de mujer. Los hallazgos macabros, con su inevitable envoltura, se sucedieron en el transcurso de los días en el Diezmero, en Guanabacoa… La cabeza aparecía en la letrina de una casa de la calle Dificultades en el Surgidero de Batabanó.
La encontraron unos muchachos que limpiaban el pozo negro. La familia de la casa en cuestión, a la que Hidalgo continuaba visitando, creyó reconocer a la muchacha en aquel cráneo, y un odontólogo, cuando la foto apareció en la prensa, tuvo la misma sospecha y la confirmó después de examinar la dentadura y confrontarla con la hoja clínica que conservaba en sus archivos. Celia Margarita Mena había sido su paciente.
Con esos elementos, Israel Castellanos, director del Gabinete Nacional de Identificación, establecía definitivamente la identidad de la victima y tiraba la línea que conducía a René Hidalgo.
Hidalgo fue el primer cubano sometido al detector de mentiras. Corría el mes de febrero de 1940 y con él se estrenó ese aparato en Cuba. No resultó difícil lograr su confesión. Se reconoció culpable, pero adujo que no había querido matarla. Había llegado a su casa, no encontró en ella a Celia Margarita e intuyó que se hallaba, como ya era habitual, en un apartamento vecino. La hizo venir y de inmediato se inició una de aquellas peleas tan frecuentes ya en la pareja. Hidalgo golpeó a Celia, perdió ella el equilibrio y cayó al suelo. Hidalgo, abandonándola a su suerte, salió de la casa. Regresó tiempo después y encontró a la muchacha donde y como la había dejado. No sabía que ella, al caer, se fracturó la base del cráneo. Intentó Hidalgo incorporarla, no pudo; insistió, en vano, en hacerlo, y pensó que estaba muerta. Sintió miedo.
Una idea ocupó su mente ofuscada: haría desaparecer el cadáver. Arrastró a Celia Margarita hasta el cuarto de baño, la desnudó y la metió en a bañadera, y con una navaja de afeitar le propinó un corte profundo en la parte superior de la rodilla. El efecto de la cuchilla sobre los troncos nerviosos hizo que la muchacha volverá en sí. No estaba muerta, pero no tardaría en estarlo pues Hidalgo, enloquecido, le asestó un tajo mortal en el cuello. A partir de ese instante el hombre vivió en un infierno. Siguió radicado en el lugar del crimen. A amigos y vecinos decía que Celia Margarita estaba en Oriente y a la familia seguía remitiéndole cartas en su nombre.
Los tribunales lo condenaron a 28 años de prisión que debía extinguir en el Reclusorio Nacional para Varones de Isla de Pinos, el mal llamado Presidio Modelo. Encerrado, contrajo matrimonio y fueron naciendo sus hijos. No cumplió completa su condena. Lo indultaron a mediados de los años 50. A comienzos de los 70 laboraba todavía como fregador en la Terminal de Ómnibus de Santiago de las Vegas. Era un hombre taciturno y esquivo, de grave y retraída presencia.
Ya en libertad, muchas veces se le vio pasar frente al edificio Larrea, en la Calzada de Monte. Se detenía en el portal de la mueblería La Fortuna y desde allí miraba el hueco de la empinada escalera que conducía a lo que había sido su casa, la misma donde privó de la vida a Celia Margarita Mena. Luego, continuaba su camino cabizbajo, agobiado por la pena.