
Matías Pérez, el toldero portugués y pionero de la aeronáutica cubana. Foto: Prensa Latina.
En Cuba, desde tiempos inmemoriales, hay gente que ha desaparecido para siempre y sin dejar rastro. Un 28 de junio es el aniversario de la desaparición de Matías Pérez, aquel portugués avecindado en La Habana y toldero de profesión, que en ese día remontó vuelo para protagonizar la más espectacular de las ascensiones que han tenido lugar en Cuba. En su globo aerostático, que bautizó como La Villa de París, Matías Pérez se elevó hasta desaparecer ante la mirada de miles de espectadores que esperaron en vano su regreso. Fue infructuosa la búsqueda que acometieron las autoridades para encontrarlo.
Con su desaparición, el portugués quedó instalado para siempre en el imaginario popular cubano. En el hablar de todos los días, la frase “Voló como Matías Pérez” alude a quien desaparece sin dejar rastro y no debe contarse con su regreso. Matías Pérez además dio pie a la leyenda. Hay gente que todavía duda de que desapareciera solo, y aseguran que, más que desaparecer, huyó en compañía de una bella muchacha, a la que, disfrazada de ayudante, se las arregló para esconder en la barcaza de su globo. Aquí no acaba el cuento. No faltan quienes lo han visto recorriendo la costa en su globo encendido ni viejos marinos que a la luz de los relámpagos lo han entrevisto en noches angustiosas de tormenta.

Juan Nápoles y Fajardo. Foto: Cucalambeana 2020/ Twitter.
Otro desaparecido ilustre en Cuba es el Cucalambé. Juan Nápoles y Fajardo. Si en la poesía del siglo XIX cubano, Manzano es el esclavo y Heredia, el desterrado, Nápoles Fajardo es el desaparecido. En 1862, el hombre que había hecho célebre el seudónimo de El Cucalambé y que gozaba ya de una popularidad enorme por sus versos, desapareció para siempre y hasta hoy llegan las conjeturas sobre su desaparición. Tenía 33 años de edad entonces. Logró en sus décimas el trasunto del color local, y consustanció anhelos y sentimientos del guajiro cubano. De ahí la nunca agotada popularidad de sus versos, que muchos memorizan de tanto que los oyeron repetir, sin haberlos leído y a veces sin poder precisar quién los escribió.
Entre 1848 y 1852 participó el poeta en varias conspiraciones contra España. Luego contrajo matrimonio, tuvo dos hijos y en la ciudad de Santiago de Cuba aceptó un puesto en la administración colonial. La vida parecía sonreírle, pero, recio y altivo como era, le molestaban las críticas de sus antiguos compañeros que le reprochaban el haberle admitido empleo al gobierno. La primera guerra de independencia no tardaría en estallar con todas sus tempestades y El Cucalambé vivía sin duda su propia tempestad interna. Aunque algunos afirman que tal vez el elemento español más recalcitrante se lo quitó del medio, asesinándolo, la hipótesis más aceptada es la del suicidio, aunque en los últimos años tomó cuerpo la hipótesis de que Nápoles Fajardo desapareció luego de protagonizar una malversación colosal y evitar así que las autoridades le echaran el guante. Publicó un solo libro, Rumores del Hórmigo. No llegó a la posteridad ninguno de sus retratos. Poco importa ya porque su auténtico rostro se dibuja en la gota de oro de la décima que acuñó como moneda nacional.
Otro desaparecido no menos ilustre es el abakuá André Petit, llamado también Andrés Quimbisa, Cristo Facundo de los Dolores o El Caballero de Color. Sin duda, uno de los habaneros menos conocidos del siglo XIX, fundador, en 1857, de una potencia ñáñiga para blancos, conocida como Regla Quimbisa y que fuera bautizada en 1863 como Bacocó Efór.
En Roma, se dice, André Petit conversó en privado con el Papa. Fue a partir de ahí que Petit introdujo el crucifijo en el culto ñáñigo y creó la plaza de Abasí, como símbolo del Dios cristiano. Los abakuás habaneros, enterados de los acuerdos de Petit con el jefe de la Iglesia Católica y descontentos con las reformas que amenazaban con invadir un terreno hasta entonces reservado para negros y mulatos, aguardaron, con actitud amenazante, la llegada de Petit en el puerto habanero. Petit advirtió desde el barco la agresividad de los que lo esperaban y con solo levantar su báculo tranquilizó a los conjurados. Fue su gran triunfo porque la iniciativa de Petit contribuyó a la integración de la nación cubana y a enlazar a negros, blancos y mulatos en un mismo conjunto de creencias, ritos y solidaridades por lo que el ñañiguismo pasó de “asunto de negros”, a ser cosa de cubanos.
Andrés Petit falleció a los 48 años de edad. No se sabe cuál fue la causa de la muerte, ni lugar donde descansan sus restos. Su retrato preside muchas casas-templos, donde los devotos colocan flores: doce flores blancas con un príncipe negro. Su báculo pasó a manos de Fernando Ortiz. De ahí que durante mucho tiempo se dijera que don Fernando era el hombre que más claridad tenía en Cuba.

Andrés Petit falleció a los 48 años de edad. Foto: josekimbisa.blogspot.com