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Diario desde La Covadonga: Ganar la contienda (XII)


Tras una nueva jornada de limpieza y con el verde del traje marcado por el sudor, Alejandro balbucea, en ruso, su clásico “ya terminé”. Rita y yo fregamos cuando él y Camila vienen hambrientos en busca de la merienda matutina y agua fría.

En el portal nos quejamos de un olor extraño, y cada uno revisa la suela de su zapato para verificar que nadie ha pisado ninguna sustancia viscosa. Entre risas nos acusamos mutuamente, si bien coincidimos en que la peste no viene del baño –principal sospechoso–, y es que en esta sala es una perogrullada que Camila, “el ruso” y Adrián Alejandro dejan tazas y duchas impecablemente blancas. ¡Mierda, no se sabe de dónde viene el tufo! Conclusión: flatulencia de proceder desconocido.

Con el almuerzo, Alejandro “el ruso” recuerda las incontables colas que protagonizó en su familia antes de entrar al voluntariado: para el pollo, para el pan, para el detergente, para el jabón, para el arroz de la bodega… “Ahora le toca a mi hermano”, dice y se le escapa una risita burlesca. Sabe, quizás, que es la misma batalla, solo han cambiado los roles.

Alejandro "el ruso" es uno de los 10 voluntarios de la Universidad de La Habana. Foto: Andy Jorge Blanco.

–Chama, la merienda –anuncian Luis y Yan Michel, dos de los 15 voluntarios del INDER que reparten la comida por todas las salas del hospital. Otros 45 representan a los CDR en zona roja, terapia, cuerpo de guardia, lavandería, farmacia, mientras 10 de la Universidad de La Habana permanecemos en zona amarilla. Apenas nos separan dos parques de donde ingresan los casos positivos a la COVID-19.

“Nosotros somos las salas de tránsito, los confirmados con la enfermedad aquí van para zona roja”, comenta Zuneya y recuerda cuando atendió casos positivos en la sala “Camilo”. Habla de las muertes diarias en el momento del pico. Lloró mucho, donde nadie la descubriera. Llora ahora, mientras rememora los días más críticos de la pandemia y añade en un sollozo que extraña a sus tres nietos, razón invocada para tener como meta no enfermarse.

Mamá gallina –como le decimos– tiene 51 años y de ellos 30 los ha dedicado a la Enfermería. Señala que Cuba se ha unido, a pesar de las carencias, que ha rotado por tercera ocasión porque se siente útil, aunque arriesgue su vida.

“Los pacientes me dicen que soy una ‘seño’ que les da aliento y confianza, porque hay veces en las cuales existe maltrato en centros hospitalarios; entonces ese agradecimiento me hace muy feliz”, afirma y vuelve a escapársele una lágrima desde los vericuetos del sentimiento.

No es cuento: a Zuneya la hemos visto, pese a sus patologías crónicas, trabajar hasta el cansancio. La verdad es que no hay medalla que le quepa en el pecho.
En la noche llueve y relampaguea. “Zeus, por favor, déjame dormir”, escribe Gabriela en un estado de WhatsApp. El viento no ha dejado de mover, desesperadamente, las pencas de las palmas. Invariable permanece el petricor de la lluvia a la 1:47 am. Una hora antes, la ambulancia trasladó al último de los pacientes de la sala “Mella”, tras el PCR negativo.

A las 3:50 am llega otro ingreso. Ningún caso positivo. Tal vez estamos ganando la contienda.

Parte de los voluntarios del INDER colaboran en la repartición de la comida a las salas del hospital. Foto: Luis Mariano Planas