
Mientras se alista para limpiar el baño con la destreza que ha aprendido en esta primera semana, Alejandro me pide cinco palabras para memorizar hoy en ruso. “Bata, mascarilla, fiebre, tos, catarro”, le digo. Ahorita, en la noche, las repetirá como un mantra antes de dormir. Tal parece que reza. “Cumpleaños”, agrego, pero él dice que esa ya la sabe e, ipso facto, pega una consonante con otra como si estuviera en medio de la Plaza Roja de Moscú. Traduce.
Este domingo, Jorgito –estudiante de cuarto de Medicina– ha cumplido veintidós años: primer onomástico lejos de casa. A esta hora pudiera estar celebrando con su familia. Sin embargo, hoy duerme en un cuarto de hospital. “Mi carrera está primero que mi cumpleaños. Es como que a un bailarín le den la oportunidad de presentarse en un gran escenario y se niegue”, comenta y añade una sentencia que martilla: “No sabes si te vas a enfermar o no”.
En la víspera, toda la tropa le preparó hasta cadenetas y una piñata rústica llena de guantes nuevos, nada de caramelos ni confetis. “Yo pensé que iba a estar solo”, dijo en lo que Adrián Alejandro y Pupo pusieron merengue en su nariz.
Apenas amanece este domingo 12 de julio y la directora del hospital “Salvador Allende”, junto a otros médicos, se esconden en la entrada de la sala. Jorgito viene engañado. “Nos llama la enfermera”, invento. De pronto, a base de palmadas, cantamos “feliz cumpleaños”.

Jorge Carrazana "Jorgito", al centro, junto a directivos del hospital en su cumpleaños. Foto: Andy
“Queremos tener un detalle contigo, que estás pasando el cumple lejos de casa”, le dijo Mylene, la directora. Alguien agregó con voz de locutor: “hacemos entrega oficial de esta caja de helado, croquetas, ensalada fría, pan, pasta de bocadito…”. Jorgito ríe y da las gracias.
Videollamada mediante, apenas me sale la voz para felicitar a mi hermano. ¡Cuatro añitos! Cuenta los globos con los cuales le han adornado la casa y no hago más que hacer pucheros, como si el niño fuera uno. Se ríe cuando me ve con el gorro verde y dispara a la pantalla con una pistolita de luces. Ciertamente los domingos no son fáciles. Gabriela –primer año de Química, voluntaria como nosotros, pero en la sala del frente– dice que extraña a su hermano. Cruzar la puerta perimetral del hospital ha significado, entre otras cosas, añorar.
“Mi mamá llora casi todos los días”, comenta Jorgito y agrega que el papá se hace “el duro”. No sé si ellos lo saben, pero “el rojo”, como le dicen al doctor en potencia, no tiene miedo: “si hay temor ¿para qué vas a ser médico? Mientras la vida humana está en riesgo hay que enfrentarse al peligro”. Sobre su cama hojea un libro, en cuya carátula se lee: “Temas de Pediatría”.
Después del almuerzo, el doctor César –residente en Ortopedia– echa pan a una torcaza que ha acomodado su nido sobre un capitel del portal. En eso, Rita afirma: “Tengo ganas de vernos a todos vestidos de civil”. Empieza la segunda semana en La Covadonga.

"Queremos tener un detalle contigo, que estás pasando el cumple lejos de casa", le dijo Mylene Vázquez, la directora del hospital. Foto: Andy