
Crean memes con tu rostro. Comparten tu número de teléfono. Invitan a quemarte. Foto: Alma Mater.
- Especial de Revista Alma Mater
Caminas por la calle. Buscas casas. Preguntas por el estado de salud de la gente.
— ¿Alguien con fiebre? ¿Personas mayores de sesenta años?
Te preocupas. Tu uniforme delata de antemano tu tarea. Eres un estudiante en pesquisas, con nasobuco en el rostro y solidaridad en el pecho, ayudas a combatir una enfermedad que tiene a tus amigos, vecinos y familiares trancados en casa. Como los médicos, laboratoristas, enfermeras, eres uno de nuestros héroes.
Concedes entrevistas. Una de ellas termina en televisión nacional. Alguien, quizás de un círculo cercano, considera divertida tus palabras. Graciosas. Toma tu declaración y realiza un remix, con perritos y gaticos incluidos. ¿No tiene nada malo?, dirán algunos, pero así empieza, a germinar el ciberacoso. Los memes siguen. La gente se manda el video por Whatsapp, lo publica en sus páginas de Facebook. Dan a conocer tu identidad. Crean memes con tu rostro. Comparten tu número de teléfono. Invitan a quemarte. Te mandan mensajes de odio. Se burlan de quienes salen a defenderte. Quedas vulnerable.
“La identidad digital es un concepto relativamente nuevo, por lo que no existe ningún precedente real sobre la integración de la tecnología en nuestra vida diaria y sobre cómo distinguir entre quiénes somos en línea y quiénes somos cuando no estamos conectados a la red. Aunque Internet es una herramienta esencial que puede utilizarse para conectar a personas y comunidades que tienen una mentalidad similar, también suele utilizarse como plataforma para difamar, acosar y abusar de las personas dentro del refugio de su propia casa”. Esas son las palabras de Liam Hackett, fundador y Director General de Ditch the Label, una organización benéfica que lucha en aras de la igualdad y en contra del acoso en Reino Unido.
El ciberacoso no es un problema de países ricos o de personas con alto nivel adquisitivo. En un contexto mediado por el necesario empleo de internet, sobre todo de las redes sociales, aumenta la posibilidad de sufrir violencia digital. No valen los conceptos de seguridad que traíamos, eso de que en casa con nuestros padres estaremos a salvos. El acoso online nos puede perseguir hasta nuestra habitación y causar malestar físico y emocional. Hacernos sentir vulnerables.
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Digamos ahora que eres estudiante universitario, tienes un perfil en Facebook, en Instagram y te comunicas con tus amigos por Whastapp. Recibes un video, de un muchacho que repite en forma de canción una verdad mil veces validada: la necesidad de protegerse. Sin embargo, en su voz te suena divertido, el tipo de mensajes que sabes alegrará la mañana a tus amigos y te anotará unos tantos puntos entre tus seguidores. Mandas el video a tus contactos. Creas un par de memes graciosísimos y te sientas a esperar los comentarios, los likes y me diviertes. Esperas a convertirte en un influencer quizás o, como mínimo, ser un poco más popular, saborear las maravillas de la viralidad, que miles de personas te sigan y compartan tus memes.

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O quizás no. Quizás no te interese ser notorio en las redes y te abstengas de crear contenidos, stikers con ese muchacho que ni siquiera conoces, pero el video te resulta tan divertido que lo compartes, y compartes también la invitación a escribirle o los estados de Whats App con su rostro al descubierto. ¿Eres cruel? ¡No, qué va! Solo sigues a tus amigos, compartes lo que alguien más pensó para ti. Eres un de los likes y me encanta que convierte en viral un contenido agresivo.
No reflexionas como creador o simple espectador, que hay una diferencia sustancial entre un chiste entre amigos y el acoso online. Tus amigos, si así lo son, sabrán cuándo detenerse, tomarán en cuenta tus sentimientos y te sacarán sonrisas, no tristezas. En internet, ese contenido no es privado, no, lo más seguro es que saldrá del control de quien lo originó. ¿Cuántas personas podrán verlo o compartirlo en sus redes? ¡Muchísimas! Nada que ver con un chiste entre tres amigos. Y tú estás ahí, en el medio de todo, pensando que el video es inocente, los memes y stikers son divertidos, y el muchacho debe aprender a vivir con el choteo cubano. Si te miraras desde lejos, no sabrías cómo calificarte si de ingenuo o mala persona.
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Ahora eres el creador del remix, el original. Tienes habilidades básicas para editar audiovisuales o tal vez no, y solo domines una aplicación que haga todo el trabajo por ti. Una declaración por televisión nacional llama tu atención. No piensas dos minutos antes de crearle un video. ¡Jamás creíste crear algo así de divertido! ¡Oh, diosa de la viralidad toca este video! Eso pudiste haber pensado o quizás no, quizás solo te sentiste feliz con tu material y no creíste que nadie lo vería.
De cualquier forma, subes el video. Te vas a comer, a bañarte, hacer tareas, leer, ver series, te desentiendes de esa pequeña obra tuya. Vuelves. Descubres que mucha gente compartió tu contenido, que el pobre muchacho ahora recibe ofensas por todas partes, que hay memes con su cara y su número de teléfono es de dominio público. ¡Te arrepientes! Borras el video, con la esperanza de detenerlo todo. Ya no es posible. Está replicado por todas partes. Jamás pensaste qué harías daño a otros. No. Ni que ese simple video ocasionaría una avalancha de memes, otros remix, estados de Whats app, pero el daño ya está hecho. Solo te queda pedir disculpas. Aprender un poco de todo esto y no volver a usar a otros como base material de tus chistes inocentes. Y esperar, en silencio, a que todo pase.
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Esta crisis afecta por igual a trabajadores estatales y no estatales. Sin embargo, las herramientas de protección de ingresos, que puede y debe activar el Estado para contribuir a la economía doméstica de todos los ciudadanos cubanos, no son aparentemente iguales según los tipos de propiedad.