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Pintar el alma del mismo blanco de sus batas ¡Súmate!

Un pedazo de cariño que pueda pintarnos de blanco también el alma.

Los aplausos se han vuelto el más hablado de los idiomas en estos días de distanciamiento social. El único que dice tanto a la vez, el único quizá al que se le agradezcan la voz alta y el hablar todos al mismo tiempo. El más fácil de leer, sentir, pronunciar y decodificarle los muchos sentimientos.

Se han convertido en texto y pretexto. Sentido y razón. Fuerza, agradecimiento. La forma más abreviada de decir "gracias" sin palabras de por medio.

Gracias por cuidarnos la vida y la fe. Gracias por sus energías y las jornadas sin término. Por dejar en una taquilla de hospital el cansancio, la nostalgia de casa y los miedos. Por luchar contra molinos y crecerse más que los gigantes. Por el amor a destiempo. Por salvarnos la esperanza. Por todo lo que les decimos y hasta por lo que calla el silencio.

Quisiéramos inventarnos otros idiomas y otros gestos que fueran igual de precisos, contundentes. Mil y una maneras más de tatuarles el alma con nuestros sentimientos. Para que puedan percibirlos sin esperar a las nueve de la noche. Pero sin que las nuevas iniciativas que encontremos para decirles "gracias" compitan jamás entre ellas, sino que se abracen y complementen globalizando lo bueno.

Y entonces se me dibujó desde el cariño un montón de batas blancas para multiplicar la idea. Un trozo de tela, un pañuelo, una manta o el pedazo de sábana que tengas. Algo blanco en la puerta de casa, en tu balcón, en un muro cualquiera. Porque ese símbolo de paz, tan universalmente distendido a lo largo de los siglos en las venas del planeta, puede figurarse ahora papel, bandera y convite: papel para escribir, de a uno, los mensajes todos de amor; bandera de la lucha por la vida que libran minuto a minuto; y convite para la lluvia nocturna de aplausos que tanta fuerza transmite en hospitales y centros de aislamiento.

Un pedazo de cariño que pueda pintarnos de blanco también el alma. El alma siempre primero. Un pedazo blanco de algo que ─visible allí, a cualquier hora del día─ se torne palabra y combustible para quienes, en nombre de la Medicina, están llevando a muchos ahora ─en sus batas y manos─ el amor desbordado y el abrazo contagioso de pueblo.