
Es 1942, Fulgencio Batista ascendió a General. Foto: STF/AFP/Getty Images.
Los acontecimientos se precipitan tras la caída del presidente Carlos Manuel de Céspedes. Batista, artífice del golpe que lo derrocó el 4 de septiembre, pasa en una noche de sargento taquígrafo a sargento jefe del Ejército, y cuatro noches más allá es ya coronel.
El gobierno colegiado —Pentarquía— da paso a la presidencia de Ramón Grau San Martín. Los oficiales depuestos por la asonada militar se refugian en el Hotel Nacional e intentan desde allí la restitución de Céspedes. Se cierne sobre la Isla la amenaza de la intervención norteamericana. “Por mí no se derramará sangre en Cuba ni habrá intervención extranjera”, declara Céspedes con mucha dignidad.
Batista, a cañonazos, desaloja del Nacional a los oficiales amotinados; a la salida del hotel, ya rendidos, diez militares son asesinados a mansalva. Crecen las desavenencias entre el coronel y el presidente. Guiteras, secretario de Gobernación, Guerra y Marina, impulsa con sus decretos las medidas más revolucionarias del llamado Gobierno de los Cien Días, decretos que, justo es decirlo, Grau firma. Es intervenido el monopolio eléctrico, propiedad norteamericana. El 15 de enero de 1934, Grau decide suspender el pago de la deuda externa. Es el fin. Al día siguiente, presionado por Batista, debe presentar su renuncia.
Carlos Hevia, designado sustituto de Grau, no goza del respaldo del coronel. A las dos de la mañana del 18 de enero, Hevia renuncia a la presidencia, abandona el Palacio Presidencial y deja acéfala la República, pese a su compromiso de aguardar el arribo de Carlos Mendieta, escogido por Batista para presidente.
Es así que alguien recuerda a Manuel Márquez Sterling, a la sazón secretario de Estado de los gobiernos de Grau y de Hevia, que a esa hora duerme a pierna suelta en la habitación 412 del Hotel Nacional. Es uno de los grandes periodistas cubanos de todos los tiempos, y un hábil diplomático que, en 1913, siendo embajador en México, trató en vano de salvar la vida del presidente Madero.

Manuel Márquez Sterling.
Tocan a la puerta de la habitación que ocupa Manuel Márquez Sterling en el Hotel Nacional y le ofrecen la presidencia de la República que ocuparía de manera transitoria. Sería una presidencia más breve que la de Hevia. Eran las 4:30 de la mañana. Don Manuel se niega a aceptarla. Pide a Hevia, por teléfono, que regrese a Palacio y espere a Mendieta a fin de traspasarle el cargo. Si no, Mendieta debía recibir la presidencia de manos de Batista; algo muy feo, pues el embajador Jefferson Caffery ya había comunicado a Washington que la trasmisión del poder sería exclusivamente entre civiles, sin participación de los militares.
Márquez Sterling reclama la presencia de algunas figuras políticas. Quiere escuchar opiniones y consejos. La ciudad duerme, pero entre los interesados la noticia corre veloz. Pronto la habitación 412 se llena de gente. Llega Ramón Zaydín, a quien apodan Mongo Pillería. Llegan los emisarios de Batista que transmiten a Márquez Sterling el deseo del jefe del Ejército de que asuma la presidencia de modo transitorio. Llegan los representantes de organizaciones y sectores oposicionistas: el ABC, el ABC Radical, los marianistas, los menocalistas…No hay cita más acudida que la del jamón.
A las 5:30 aparece don Federico Edelman, presidente del Tribunal Supremo. Se salva la dificultad que tres horas antes parecía insuperable. Edelman está de acuerdo con la fórmula del triple play: Hevia a Márquez a Mendieta. Empieza a planearse la transmisión de poderes. Todo marcha… Llega un soldado con un mensaje urgente. Trae un sobre que contiene la renuncia de Hevia y una carta de Batista en la que expresa que estima que es a Mendieta a quien corresponde ocupar la presidencia. A Márquez Sterling no le interesa leer la carta. Sabe bien, por el embajador norteamericano, a quien debía entregar “la cuestión entre civiles”.
Los “patriotas” de la oposición proponen fórmulas cada vez más inviables y parece que la reunión no terminará nunca. Cortan la electricidad y cunde el pánico entre los reunidos: recuerdan el cañoneo del hotel, en octubre del año anterior. Márquez Sterling no espera más. A la luz de las velas que los camareros traen de la sala Taganana, jura la presidencia ante el presidente del Supremo. Son las 6:10 de la mañana del 18 de enero. Será presidente hasta las doce meridiano del propio día. Un presidente accidental.