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Guevara en el pensamiento de Anastás Mikoyán

Ernesto Che Guevera con Anastás Mikoyán, primer vicepresidente del Consejo de Ministros de la URSS.

Texto tomado de libro “Anatomía de la Crisis del Caribe” de Sergo Mikoyán, Capítulo XIV, “Che Guevara”. Fragmentos de una entrevista concedida por Anastás Mikoyán, pocos meses antes de fallecer, al periodista I.R Grigulievich

—Por supuesto, Usted pudo encontrarse con el Che. ¿Díganos, Anastás Ivanóvich, qué recuerdos tiene de esos encuentros y qué nos puede decir sobre el Che como hombre, personalidad estatal y revolucionario?

—Che Guevara llamaba la atención solo por su aspecto exterior. Era esbelto, elegante a su manera, a pesar de ser bastante fornido. Su rostro era valiente y a la vez generoso. Seducía su encantadora sonrisa. De las conversaciones se formaba una impresión sobre él de ser un hombre de amplia instrucción, culto, erudito. Pero todas esas cualidades tomadas en conjunto no eran lo que hacían del Che una personalidad destacada. Por supuesto, lo fundamental en él, no era su aspecto externo y su erudición sino aquella condición de ser un revolucionario con una convicción de acero, yo diría que indoblegable, en la justeza de sus ideales. Él estaba abnegadamente entregado a la causa de la Revolución, a la causa de la liberación de los trabajadores de cualquier tipo de opresión, de la pobreza y demás plagas del capitalismo y el imperialismo. Era un revolucionario de la cabeza a los pies. Ese era Che Guevara. La entrega abnegada a la Revolución consistía su principal pasión, su felicidad, su máximo ideal. En él estaba presente el sentido del honor revolucionario, del deber revolucionario, por eso las dificultades, los peligros no los repelía, por el contrario, lo atraían. Intrépido, siempre estuvo listo a entregar la vida por las ideas en las cuales creyó. Al mismo tiempo, le era ajeno cualquier ostentación, vanagloria, demostración de valentía, fanfarronería y charlatanería. Todas sus palabras, gestos, quehacer y conducta estuvieron impregnadas de sinceridad, modestia y sencillez.

Se apreciaba que este intelectual, este “bibliófilo” no era un trabajador de oficina, un ermitaño-erudito. Lo atraía la lucha, el combate caliente, las hazañas audaces. Pero no era un Don Quijote, que soñaba batirse con los molinos de viento, con imaginarios enemigos. El enemigo para él era muy concreto, su nombre: el imperialismo. Combatirlo era para Guevara la causa del honor revolucionario, del deber revolucionario.

¿Era el Che un romántico? Sin lugar a dudas. Era un romántico revolucionario. Recordemos las palabras de Lenin: “… Por sí mismo se comprende, que no podemos dejar de ser romántico. Es mejor que sobre y no que falte. Nosotros siempre hemos simpatizado con los románticos revolucionarios, incluso cuando no hemos estado de acuerdo con ellos.”

Nosotros conversamos mucho con el Che y con frecuencia discutimos. Lo distinguía su impaciencia, su franqueza, la fe en la maravillosa fuerza de la acción revolucionaria, el no comprometimiento en la lucha. En cierto grado todos los revolucionarios y sobre todo los jóvenes, pecan de eso. A muchos de nosotros, solo la experiencia de la vida y por esta debe comprenderse no solo los éxitos sino también los fracasos, trae sobriedad a los análisis, solo con la experiencia de la vida se disciplina la pasión revolucionaria, que da la posibilidad de acopiar, reunir las fuerzas necesarias, para nuevamente lanzarse al combate…

Nosotros hablamos sobre eso con Che Guevara. En muchas cosas, él estuvo de acuerdo conmigo, pero en otras muchas mantuvo una opinión directamente contraria. Una vez le dije en forma de broma, que el nombre Che, se corresponde con él, ya que en idioma armenio “che” significa “No.” Al escuchar eso, bondadosamente, rompió a reírse a carcajada. No me fue fácil hacer cambiar de opinión al Che, como tampoco le fue a él con respecto a las mías. Solo la vida, solo el propio desarrollo del proceso revolucionario puede traer las correspondientes correcciones en nuestras discusiones, mostrar en qué él se equivocó y en qué yo me equivoqué. Pero nuestras discusiones eran entre dos personas con las mismas convicciones y no entre adversarios. Ambos éramos comunistas y eso determinaba un respeto mutuo, que experimentábamos el uno con el otro y una amistad, que nos unía…

Quisiera subrayar de manera particular la impresión que provocó en mí las relaciones mutuas entre Fidel Castro y Che Guevara. Estuvimos muchas veces juntos y a veces solo los tres, además del traductor. Por eso tuve la posibilidad de valorar cuán especial era esa amistad, compenetrada de una confianza absoluta y mutua comprensión. Las características de estos dos revolucionarios cubanos se diferencian notablemente. El Fidel temperamental, fogoso, apasionado y el Che de sangre fría, resultaban llevarse maravillosamente entre sí, se valoraban uno al otro y hasta puede ser por aquellas mismas cualidades que los diferenciaban.

Después de la muerte del Che yo no volví a ver a Fidel Castro, pero me encontré con su hermano Raúl, cuando venía a Moscú y sé muy bien, cuán profundo ellos sienten esa pérdida. Hasta el final compartiré esa pena con ellos.

—¿Qué Usted puede decir acerca del “Diario del Che en Bolivia”?

—Cuando lo leí, me pareció, que estaba escrito con la sangre de un revolucionario generoso. Con dolor en el alma leí las últimas páginas de la vida del Che. ¡Pocas son las palabras en esas páginas, pero mucho es el dramatismo de los luchadores revolucionarios! Un respeto sin límites provoca su valentía, su firmeza, y disposición de luchar hasta el final, que es lo que evidencia el diario. Esto caracteriza de forma más clara su perfil como un inquebrantable combatiente, que permanece como tal, a pesar de los fracasos, ya que estamos hablando acerca de los fracasos del destacamento guerrillero, sobre el cual él había depositado grandes esperanzas. Gentes como el Che no mueren en vano. Después de la muerte permanecen en la fila y continúan con su vida inspirando a nuevos y nuevos combatientes en la lucha por el comunismo, por la liberación de toda la humanidad de la explotación y la opresión. El luminoso ejemplo del Che comunista vivirá eternamente en la memoria de los pueblos, en el corazón de sus amigos y camaradas de lucha y de todos aquellos que lo conocieron.

Anastás Ivanóvich hizo silencio.

Nota:
Anastás Ivanóvich Mikoyán, fue un dirigente bolchevique de origen armenio, que desempeñó importantes responsabilidades en el gobierno soviético desde los años 30 hasta inicios de la década de los 60 del pasado siglo. Desde 1954 hasta 1964 ocupó el cargo de Vicepresidente del Consejo de Ministro de la URSS, y posteriormente el de Presidente del Presídium del Soviet Supremo de la URSS. Visitó Cuba en dos ocasiones, donde sostuvo conversaciones con el Comandante en Jefe Fidel Castro y otros dirigentes de la Revolución Cubana.

(Traducción de Leonel Gorrín Mérida para Cubadebate)