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Holguín bajo mis pies

La Loma de la Cruz es uno de los lugares icónicos de Holguín. Foto: Andy Jorge Blanco/ Cubadebate.

Desde esta loma la ciudad es pálida. Solo guiñan el ojo el rojizo impermeable de una azotea, el azul Etecsa, el estadio de los Cachorros. Un verde por aquí. Un amarillo escurridizo por allá. Pálida también es la cruz que lleva esta loma en su espalda. La cruz de las promesas, los encuentros, las esperanzas. “Holguín parece una maqueta”, dice un amigo y –click, click– no deja de tomar fotos. Miro atrás. Es verdad: una maqueta, de trazo perfecto. Click, click, click.

Holguín me recuerda a Matanzas. No hay turismo. Al menos no el tradicional. Es, más bien, una ciudad de paso para el foráneo que busca un chapuzón y agua de coco en Guardalavaca, a 60 kilómetros de distancia.

Allí, desde un coche, un grupo de turistas quiso regalar hebillas de pelo a unas muchachas en tanga. En la ciudad de los parques, justo en la esquina del hotel Majestic, un canadiense rosado y gordo pretendía vender peluches que “había traído de su país”. Él, si uno se fijaba bien, parecía otro de esos osos de algodón que intentaba liquidar en CUC. En la acera frente al hotel un mendigo se refugia del frío. ¿Digo “se refugia”?

Problema de años. Una vez les dieron un local y terminaron yéndose de nuevo pa´ la calle me dice Aniel y la respuesta es una queja a su tierra.

Son las dos de la mañana. El hombre da vueltas. No pide monedas. Solo está allí. Tirado. Y se despierta cuando el sol le reduce las pupilas y lo pellizca. Cerca hay un cartel en el que se lee: “Más holguineros, más podemos”. Al fondo de la ciudad, mirándolo todo, está la Loma de la Cruz.

Segundo tocaba como si estuviera en el más abrasador escenario. Se sentía libre, y nosotros con él. Foto: Yilenis Pérez Sanabia.

Segundo Hernández Licea no aceptó siquiera un café. Intentar darle propina fue una ofensa. Había entrado a aquel bar bohemio casi sin convocatoria, engañado por un cumpleaños que no existía. El capricho era de una mulata que quiso cumplir años ese día de abril aunque, en realidad, salió del calor materno cuando enero empezaba a despegarse del diciembre anterior. Celebración forzada para pedirle al dependiente una canción de reguetón. Abril, de todos modos, trae primavera.

No hubo reguetón porque lo que se oía en el televisor nadie lo escuchaba. El señor de 80 años entró al bar, clarinete en mano, y tocó Feliz cumpleaños. Después le siguieron Las mañanitas, Bésame mucho… Llevaba una carpeta con fotos, recortes de periódicos, revistas en español e inglés que hablaban de él, de cuando estuvo en el Festival Internacional de Jazz de Canadá en 2010. Parece que la carpeta viaja siempre junto al clarinete. Él la hojea y cada página es un melisma.

Segundo tocaba como si estuviera en el más abrasador escenario. Se sentía libre, y nosotros con él. Se montó en un bicitaxi y no lo vimos más. Luego supimos que también había estado en la clandestinidad. Abril pienso trae primavera.

Diariamente holguineros y foráneos suben la Loma de la Cruz. Foto: Andy Jorge Blanco/ Cubadebate.

Son exactamente las 6:07 p.m. 5 de abril, 2019. Los 458 escalones de la Loma de la Cruz descansan poco. Apenas comenzamos el ascenso y Jorge Luis, que va más abajo, se detiene. Ya le duelen las pantorrillas, pero sigue. Subo. Al principio despacio, luego al trote para avanzar más y esperarlo en el próximo descanso. Me rebasan tres muchachas y un cuarentón de negro desde la suela hasta la gorra que lleva un pomo con agua… o ron, no sé bien.

Rita, la mulata del cumpleaños ficticio, encabeza el grupo hasta que la alcanzamos. Allá arriba tenemos que poner los pies al mismo tiempo. El camino, después de todo, no nos resulta difícil, y llegamos sin malogros. Miro el reloj cuando son las 6:15 p.m. y los escalones siguen su ajetreo.

Unos suben haciendo ejercicios, en licras, camisetas, tenis deportivos. Oyen música. Otros vienen porque “quien no sube hasta aquí no estuvo en Holguín”. Paran. Se sientan y toman aire. Y uno piensa que nosotros éramos ellos unos minutos antes. Suben cuarenta, cincuenta escalones hasta volver a detenerse. Cada veinticinco peldaños hay un descanso. Miro hacia abajo y veo gente que empieza y gente que termina el recorrido.

Nadie trae velas esta vez hasta la cruz. Pero la huella de la esperma derretida por el fuego está en la pequeña escalinata que le sirve de altar. Amor. Promesas. Muertos. Sueños. Fe. Todo queda allí, frente a ella que jamás ha dejado de abrazar a sus hijos y de escucharle cada rezo.

Abajo, mientras cae la tarde, la ciudad se enciende. De noche parece convertirse en varias pistas de aterrizaje, una al lado de la otra, pienso. Abajo, en el parque Calixto García, los chiquillos se siguen dando trastazos con sus patinetas. Los mendigos buscan un hueco donde pasar la noche. Quizás Segundo y su clarinete regresen otra vez a casa. Ahorita, en unas horas, las luces se apagan cuando en esta tierra salga el sol primero que en La Habana.