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Sobrevivientes

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Aldeanos bielorrusos durante la II Guerra Mundial.

Nunca es igual la historia cuando es contada por un sobreviviente. La carga emocional que lleva la cicatriz tangible, nos lleva a la imperiosa necesidad de repensar el presente, hurgando en nuestra limitada experiencia algún antídoto que evite o detenga el horror que trasciende el instante que vivimos. No caben dudas de que no es tarea de uno solo; es de humanidad. Por esa razón, este relato.

Galina Nikolaevna es una anciana cuasi nonagenaria; una de las tantas mujeres con las que podemos toparnos en la calle o en la casa de algún amigo en Belarús. Tenía escasamente 10 años cuando su aldea fue ocupada por los nazis. Los hombres habían marchado al frente. “Éramos mi madre, los abuelos y mi hermana y yo para trabajar”.

Bielorrusia fue el primer territorio entonces soviético, ocupado por los alemanes en la II Guerra Mundial y el último por donde salieron huyendo los invasores; es, por tanto, el que más tiempo sufrió los embates de la guerra. Se calcula que un cuarto de su población pereció durante la contienda.

Galia recuerda la sensación del día en que llegaron los primeros alemanes a su comunidad: humillación, saqueo. “Venían imbuidos de la idea de su superioridad, de que eran infalibles; lo pisoteaban todo a su paso, hasta nuestra humanidad. Se creían poderosos, iluminados… fue lo que les inculcaron. Solo recuerdo que teníamos miedo, mucho miedo. Pero en la medida en que la guerra fue extendiéndose, los (alemanes) que les sucedieron ya traían un comportamiento diferente y eso fue cada vez más notorio para nosotros.

“Los últimos que llegaron habían sido arrancados de sus familias, con edades tempranas y algunos no tanto, también obligados a participar en una guerra en la que no creían y que aún lejos de sus fronteras, ya les había traído pérdidas y desencanto.

“Cada amanecer mi hermana y yo íbamos a trabajar a la cocina de los alemanes. Ella era un poco mayor que yo. Acarreábamos agua, sacábamos las hortalizas del campo; las picábamos… Trabajábamos mucho. Recuerdo en la última etapa que el alemán que administraba aquello nos tomó simpatía y nos dejaba llevar algo a la casa.

“Mi madre era una persona con gran sabiduría natural; ella podía llegar a lo profundo del sentimiento humano. Siempre nos decía que cuando camináramos nunca lo hiciéramos con la cabeza baja, mirando solo la tierra que pisábamos porque el camino podría parecernos sucio y feo; que había que colocar la vista siempre hacia adelante, ver el cielo para que desear alcanzar lo bello, lo hermoso.

“Un día el alemán que nos mandaba en la cocina llegó hasta nuestra pequeña casa y advirtió a mi madre de que sacara a mi hermana de allí, que no la enviara más porque había oído una conversación entre los oficiales que iban a hacer una recogida de jóvenes para llevárselas a Alemania como fuerza de trabajo. Mi madre agradeció y Annia estuvo un mes escondida en una aldea donde mis otros abuelos. Como yo era menor, seguí yendo a trabajar a la cocina.

“Pasó el tiempo y nada ocurrió. Pensando en que tal vez habrían cambiado de parecer -y también por necesidad-, Annia regresó y ese mismo día, llegaron los soldados con sus grandes transportes y se llevaron a todas las jóvenes más crecidas. No supimos de ella, hasta varios meses después de terminada la guerra.

Annia sobrevivió a todo, hasta a los bombardeos de los nuestros en Berlín, a los desmanes de la derrota. Pero allí también, en el corazón de los imperios, siempre hay algo que marca la diferencia en medio del horror, y es el valor humano que es capaz de portar en las condiciones más agrestes, cada persona, la ética de la familia que lo supo resguardar. De alguna manera es lo que al final salva a una nación.

“Algunas de las muchachas de la aldea no corrieron la misma suerte de Annia, no solo la de sobrevivir; sino también de la manera en que lo hicieron. Unas fueron empujadas por sus amos de turno a convivir junto a los animales, a comer de la sobra de los cerdos; maltratadas; Annia, en cambio, cayó como sirvienta en la casa de un farmacéutico que las trató como las personas que eran.

“Las muchachas debían trabajar largas horas haciendo vendajes para el frente alemán. A eso se dedicaba el farmacéutico y su familia, quien también era presionado por el Ejército alemán a cumplir entregas en medio de escaseces. Ellas preparaban los parches para los ojos y otros soportes de tela para los mutilados de guerra del ejército alemán. Cuando terminaban la labor, el dueño les decía que se quedaran con los sobrantes y se cosieran ropitas para ellas. Como todos, él también estaba atrapado en las circunstancias de la guerra; pero eran una familia decente y eso marcó la diferencia.

“Después de una guerra, nada es igual. La guerra es un horror. Siempre te acompaña. Todos tratamos de olvidar para poder seguir viviendo. A veces nos asalta en sueños cuando crees que todo pasó de ti, porque tuviste otra vida, estudiaste, trabajaste, te casaste, tuviste hijos, nietos, viviste mejor. La guerra deja una huella horrible; por eso nunca hablo de la guerra; prefiero no recordar.”

En ocasión de nuestra visita a Jatín, el memorial donde se rinde honor a las aldeas que fueron quemadas durante la ocupación nazi en Belarús y sus habitantes asesinados, al comentarle al respecto, nuestra amiga Svetlana Pavlovna nos relata una historia familiar, como tal vez pudo haberle ocurrido a algunas de aquellas personas que no pudieron sobrevivir.

Cuenta que ante el avance de las tropas soviéticas y el apoyo de los partisanos bielorrusos en la expulsión de las tropas alemanas del territorio, el mando alemán ordenó arrasar cualquier punto que pudiera ser considerado un apoyo logístico a los guerrilleros y éstas fueron, fundamentalmente, las aldeas cercanas a los bosques. La familia de su esposo vivía en una de ellas.

Un día llegó un destacamento de esbirros asesinos, de nacionalistas extremistas y de cobardes desertores, que al servicio de los nazis actuaban en manadas queriéndose ganar el favor del enemigo, como si con ello pudieran salvarse; gentes posiblemente oriundas de pueblos que habían sido igualmente pisoteados.

Sacaron a los habitantes de la aldea a empujones y culetazos de sus chozas y del campo. Ancianos, mujeres y niños fueron encerrados en un cobertizo con heno, colocaron trancas en las puertas y lo rodearon de la misma hierba seca para prenderles fuego. Afuera, el destacamento armado apuntando cualquier posible salida para no dejar sobreviviente alguno.

Cuenta que la familia tenía noticia de otras acciones similares; pero la guerra no dejaba margen alguno donde estar a salvo. La apuesta de los invasores siempre es el miedo, el terror para inmovilizar la voluntad; pero llega un momento en que el ser humano en su instinto de supervivencia, termina conviviendo con el miedo y acepta con cierta normalidad la cercanía de la muerte, hasta que llegue el momento de verse las caras o tener la dicha de sobrevivir.

Lo más terrible de la narración fue lo que le confesó su suegra: los pensamientos que la embargaron en el instante del encierro, cuando en medio del llanto de los niños y de los gritos de súplicas de otras madres, con sus dos hijos apretados contra ella, en el presunto instante final, diseñó para sus hijos como solución, la muerte menos dolorosa.

Ya había visto un pequeño agujero en la madera de una de las paredes del establo y calculó que por él cabría el menudo cuerpo de su hijita. Le orientó entonces que cuando empezara el fuego, tratara de escapar por allí, pues era al menos una posibilidad de sobrevivir y en el peor de los casos, una muerte menos dolorosa que perecer quemada o asfixiada; mientras tanto, ella apretaría contra su seno a su bebé y lo ahogaría, antes de ser consumidos ambos por las llamas.

Algo sucedió. De pronto se oyeron voces afuera y los asesinos salieron corriendo del lugar sin llegar a prender el fuego. Eran los días finales de la ocupación. Todos se salvaron en aquella aldea, que libró por casualidad –o causalidad- de figurar como una más en el mausoleo de Jatín; pero quedó por siempre en su mente de madre, la pesadilla de haber pensado como mejor solución para sus hijos, la muerte con su propia mano.

Quedamos en silencio con los ojos anegados en lágrimas. Demasiado fuerte imaginar; demasiado dolor. Solo la convicción intrínseca de nuestro humano compromiso de desenmascarar todo intento de justificar lo injustificable que es tan siquiera apoyar una agresión. Se lo debemos a los sobrevivientes de ayer y a los de hoy en cualquier rincón del planeta, donde la bota imperial haya estampado su huella de sometimiento y muerte para controlar recursos, mercados, o impedir la construcción de un mundo más equitativo y mejor.

La ciudad de Minsk, ocupado por los nazis.

Se han publicado 56 comentarios



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  • El Hurón dijo:

    Estremecedora la historia. De esos temas de la guerra y de la hecatombe nazi debe hablarse y publicarse más, las nuevas generaciones deben saber hasta donde puede llegar la humanidad cuando hay líderes como Hitler que arrastraron a su pueblo a semejante locura. Me asombra saber que hay "estudiosos" de la historia que intentan negar o desconocer el exterminio judío y otros horribles crímenes cometidos por los nazis. Llegan a la desfachatez de afirmar que fue una estrategia de la coalición para justificar los bombardeos en ciudades alemanas. Leí sobre uno de ellos no recuerdo el nombre que asegura que Hitler no tenía idea de lo que estaba sucediendo. En algunos países esas personas no pueden ni entrar porque serían apresados y condenados por negar la historia, que equivale a no evitar que algo así se repita.
    La ONU fue creada luego de esa horrible guerra justamente para impedir que algo así se pudiera repetir. ¡Y que mal está quedando ese organismo internacional en lo que a velar porque los mas poderosos no lleven al planeta a la destrucción! No hay tranquilidad al respecto y muy poco puede hacer gran parte de la humanidad. La carrera armamentista en cualquier momento llega hasta el espacio, me refiero a armas más sofisticadas porque ya hay montones de satélites militares y eso es parte de la militarización del espacio exterior. Habría que preguntarse si al final la ONU servirá de algo.

  • EduardoH dijo:

    Me asusto cuando veo y oigo a muchos jóvenes que desconocen de la Gran Guerra Patria, y ella dentro de la 2da guerra mundial. Aun releo Memorias y Reflexiones del Mariscal Zhukov, entre otros. Pienso en los horrores de la guerra y en todos los lugares del mundo que ahora mismo mueren personas por la guerra "generada y apoyada por los EEUU". Tmbien pienso en lo afortunado que somos los cubanos de no tener guerra en nuestro territorio. Preguntemonos por qué?

  • senelio ceballos dijo:

    Saludos periodista-diplomatica....Sobre todo cubana MARTHA!!!...Me inclino ante el apellido que llevan vuestras raices!!! ..Le salio muy buen articulo sobre nuestra chiquitica Bielorusia......Seria Bueno que escribiras , Ud que sabe escribir muy bien!! jajaja...Sobre la Guerra entre BOLIVIA /PARAGUAY /URUGUAY ARGENTINA....En los basto territorios de LOS CHACOS.......Jugaron uno de los roles principals oficiales rusos y bielorusos en aquella desbastadora Guerra...Ellos salieron del imperio ruso [ 1905- 1918 ]...No querian mas Guerra y sangre entre hermanos .LLegaron por cientos con sus familias a nuestras tierras sur-americanas y entre 1920 - 25..La Guerra le llego a sus nuevas fincas y casas......Dicen algunos documentos que participaron 10 aviones ..8 estaban piloteados por bielorusos y rusos!!! En otros archivos he leido que el cuerpo de oficiales tenian casi el 50% desde esas tierras donde UD cumple sus funciones hoy...ESPERAMOS POR VOS!! De Ud y para Uds...Un guajiro de CHAMBAS...No sabe escribir muy bien..Pero soy seguidor de los articulos de nuestra http://www.cubadebate.cu

    • Marta O. Carreras Rivery dijo:

      Inmerecidos elogios, Senelio; pero muchas gracias.

      De lo que cuenta, no tengo información. Sería tal vez una oportunidad buscarla, aunque supongo debe ser más fácil hallarla en los países que usted refiere. Sí sé que muchos bielorrusos, sobre todo de origen judío con mayores recursos económicos, huyeron de la guerra y fueron hacia Suramérica, donde los dejaron entrar.

      Pero me inclino más por las historias de cómo lograron levantarse del caos de la guerra y más reciente en el tiempo, del colapso de la Unión Soviética, sin tener los recursos de otros -como Rusia con su petróleo o como Kazajstán y Uzbekistán con su gas, por ejemplo- teniendo solo la tierra que pasa casi medio año bajo nieve donde no crece nada, y a partir arrancarle a esa tierra los granos, la carne, los lácteos que exportan, con el talento y la educación, el alto nivel científico, han logrado tener un país tan bello y ordenado, sin las grandes diferencias sociales o entre la ciudad y el campo, que sí he percibido en otras partes donde he estado.

      Belarús es un país orientado socialmente, tal vez por eso también los epítetos despectivos largamente mantenidos en los medios internacionals a sus dirigentes.

      Creo que esa historia sería más interesante y útil para los lectores de Cubadebate. Para mí lo es y mucho. Estoy aprendiendo.

      Lo que sí puedo adelantar es que aquí todo el mundo trabaja; no veo gentes sentadas en las esquinas jugando sin hacer nada en horario de escuela o de trabajo. Eso venía comentando hoy en el camino: AQUÍ HAY CULTURA DE TRABAJO.

      Un abrazo para usted y también para Oro,

      MARTA

      • Jose R Oro dijo:

        Muchísimas gracias Marta, impactante su artículo como pocos. Oportuno además, porque el fascismo anda bien suelto y agresivo hoy día y hay que denunciarlo como usted lo hace con gran brillantez. ¡Un abrazo cubano para usted!

  • Martha dijo:

    Yo también estuve en la URSS Y conocí por las clases de historia esas atrocidades del fascismo , nunca olvidaré que la profesora de historia nos hizo la anécdota de que un sobreviviente contó como en un campo de concentración arrojaron a una fosa común personas hasta con vida y luego ellos veían que la tierra que vertieron sobre ellos se movía. Tengo esa historia en mi mente, muy triste.
    Esos hechos horribles no podemos olvidarlos y si luchar con todas nuestras fuerzas para que no se repitan.
    Yo amo a Cuba y no son meras palabras. Esa paz que disfrutamos no tiene precio, es un bien que nos pertenece y que nada ni nadie podrá arrebatárnoslo.
    Viva la paz y Abajo la guerra.

  • Martha dijo:

    Yo también estuve en la URSS Y conocí por las clases de historia esas atrocidades del fascismo , nunca olvidaré que la profesora de historia nos hizo la anécdota de que un sobreviviente contó como en un campo de concentración arrojaron a una fosa común personas hasta con vida y luego ellos veían que la tierra que vertieron sobre ellos se movía. Tengo esa historia en mi mente, muy triste.
    Esos hechos horribles no podemos olvidarlos y si luchar con todas nuestras fuerzas para que no se repitan.
    Yo amo a Cuba y no son meras palabras. Esa paz que disfrutamos no tiene precio, es un bien que nos pertenece y que nada ni nadie podrá arrebatárnoslo.
    Viva la paz y Abajo la guerra.

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Marta O. Carreras Rivery

Marta O. Carreras Rivery

Periodista y diplomática cubana, colaboradora de Cubadebate.

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