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La Ciruela por dentro: Historias de un tornado

El municipio Regla es uno de los más afectados por el tornado del pasado domingo y uno de los más críticos en cuanto a las viviendas en la capital. Foto: Patricia Hernández Acevedo/Cubadebate.

Si llegas por la lanchita te sorprendes. El morbo de la destrucción te había preparado para encontrar una zona de guerra y lo que ves es un poblado tranquilo, sumido en la normalidad.

La gente no habla mucho, “yo casi no me afecté” o “por aquí no hizo nada”, dice la mayoría y te piden que entres, que si de verdad quieres ver cosas feas, saber cómo dañó, llegues a La Ciruela, al doblar el Cementerio, uno de los lugares en los que arrasó, que por allá dejó todo destruido.

Entonces te aventuras, te alistas, pero no es suficiente. Solo un puente separa a La Ciruela del resto de Regla y pareciera que el tornado decidió que ese puente sería la frontera entre lo que quedaría en pie y lo que no.

Los vecinos no se ponen de acuerdo. Algunos opinan que pasó en menos de cinco minutos, otros en cuestión de segundos. Para todos, el tornado fue, a la vez, algo muy rápido y duró una eternidad.

A la entrada del barrio La Ciruela se pueden ver los escombros obstruyendo la calle, mientras las brigadas de comunales los apilan y recogen. Foto: Patricia Hernández Acevedo/Cubadebate.

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Alejandra María Miramun Rodríguez estaba mirando el Noticiero Nacional. Justo acababan de dar el parte del tiempo cuando pasó.

Pasó que la puerta estaba abierta, como todas las noches al sentarse a ver la televisión junto a su bisnieta de cuatro meses. Pasó que sus cuatro perros jugaban amarrados en el portal, como siempre. Pasó que un ruido, parecido a un avión o a un helicóptero aterrizando en el techo, entró para arrasar su casa, como nunca.

La cocina de Alejandra María también sufrió los embates del tornado. Foto: Patricia Hernández Acevedo/Cubadebate.

Su nieto, Josué López Hevia, las protegió como pudo, a ella y a su sobrina: las metió en el único cuarto con placa de la vivienda y se fue, cual desquiciado, a buscar a su esposa e hijo mayor. La mujer y el niño se habían quedado encerrados dentro de otra habitación y por más que Josué gritaba llorando “mis hijos, mis hijos”, la puerta no se movía. A patadas la abrió, cuando ya no quedaba techo sobre su familia. El esfuerzo le costó seis puntos en un dedo del pie.

Josué no descansa, no hará reposo. ¿Cómo? Si lo levantado con esfuerzo propio, la casita de la que dice él fue el mayor albañil, se ha quedado sin cerca, sin árboles en el patio, sin techo…

Josué, nieto de Alejandra María, ha sido el albañil, carpintero y constructor de su casa durante estos días, para volver a colocar las tejas que pudo recuperar. Foto: Patricia Hernández Acevedo/Cubadebate.

No se sienten derrotados. Están sorprendidos de que la placa reventada por dentro haya aguantado sobre sus cabezas; agradecidos de que todo sucediera mientras estaban despiertos.

“Esperábamos un frente frío y llegó un desastre”, dice Josué y mira los carros en el patio, chocados entre sí. Ahora está, junto a un amigo, arreglando la cerca que la mata de mangos destruyó.

Mientras conversamos entran su esposa y su hermana con jabas llenas de ropas producto de donaciones, con refrescos para los niños. Ya por aquí pasaron haciendo la defectación, midiendo los metros cuadrados para las tejas. Lo que queda es esperar.

La sala de Alejandra María, quien vive con sus nietos y bisnietos, quedó a la intemperie. Foto: Patricia Hernández Acevedo/Cubadebate.

Su madre, quien a los 66 años no había vivido nada similar, no llora por el multimueble perdido, los televisores rotos ni los ganchos que no sostuvieron el fibrocemento sobre las paredes. Tiene la presión alta, el azúcar descompensado, la opresión en el pecho de quien ha enfrentado un horror y, a pesar de ello, con la más genuina compasión, asegura: “porque aquí no hay electricidad, pero dicen que lo que se está viendo en el televisor es mucho”.

Alejandra María estaba mirando el Noticiero Nacional. Justo acababan de dar el parte del tiempo cuando pasó. Pasó que explicaron lo mal que estaban las condiciones climatológicas en Batabanó y pensó: “Qué cosa tan grande, si me pasa eso me muero”.

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La ayuda de los pobladores menos afectados es espontánea. Cerca del barrio, un cura colombiano que llegó hace cuatro meses a la Iglesia del Cristo Redentor cocina para su comunidad.

María Helena Rodríguez Hernández reparte los tickets a creyentes y no creyentes para que las personas desvalidas, los ancianos, quienes no pueden cocinar y las embarazadas pasen a buscar los alimentos que los vecinos donaron a la iglesia: “Es una cuestión de humanidad, nadie nos convocó. No hace falta”.

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En el terreno de lo que antaño fuera una fábrica de calzados, se levantan casas nuevas. El custodio de la obra, Raydon Bravo Herrera, tiene un espacio en la parte frontal para él, su mujer y sus hijos pequeños, que sin entender lo que sucedía se escondieron bajo la cama para no ser arrastrados por el viento. “El más chiquito se quedó en shock, lo llamaba y no reaccionaba”.

José Nicanor Hernández Ruano, miembro de la brigada villaclareña que construye viviendas allí para personas albergadas en Casa Blanca debido a otras afectaciones, se siente aliviado de que no estuvieran terminadas aún: “Fue mejor que no hubiese nadie aquí todavía”.

El torbellino de este domingo destruyó parte de la obra en ejecución para entregar viviendas a personas albergadas en Casa Blanca. Foto: Patricia Hernández Acevedo/Cubadebate.

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Llora junto a una vecina y cuando nos interesamos señala hacia arriba una acera en la que casi todas las construcciones son biplantas. Preguntamos por la primera casa y niegan: “la rosada no, la otra… la que está más malita”.

Berta sufre, sufre aunque sabe que no es quien peor está, porque los dolores son grandes más cuando se unen y parece que este tornado ha venido a Regla a ensañarse con los más desamparados.

El viento se llevó sus ventanas, le torció los hierros de la cama, le empapó los colchones y Eriberta Labañino Dela se lamenta por su suerte, la suya y la de sus tres nietos, el mayor –22 años– enfermo de los nervios desde que la madre está ausente, la menor –9 años– curándose una soriasis en la cabeza.

Berta usa un eufemismo para referirse a su único vástago todo el tiempo: “Mi hija está internada”.

Se angustia, en su apartamento sin puertas en los cuartos, sin puertas desde antes del tornado, sin adornos desde siempre y solloza: “mira, mira, si ella se hubiera robado lo que dicen, ¿tú crees que viviríamos así?” Y parece que lo que más le duele es pensar en que la niña de sus ojos, que cumple cinco años de privación de libertad, que todavía tardará en regresar, tenga que acostarse en un colchón “entripado en agua”.

Los fuertes vientos destrozaron la cama y parte de las ventanas de un cuarto en la casa de Eliberta Labañino Delas. Foto: Patricia Hernández Acevedo/Cubadebate.

“Nadie atina a hacer nada, nadie dice nada y yo me pregunto: ¿de dónde saco para comprar un colchón?”, susurra, mientras menciona su pensión de 240 pesos.

“Ya yo no quiero ni lo material, yo lo que quiero es que me atiendan”.

“No puedo más, no puedo con todo”, parece la letanía preferida de Berta y uno se conduele y entiende que cuando critica a la trabajadora de Bienestar Social, que pasó por su calle y se negó a subir a su hogar porque “para un colchón y una ventana rota no hay solución” Berta está gritando socorro y nadie la está escuchando.

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A la espera de comprar en uno de los puntos de venta de alimentos, cerca de su edificio, Gudelia García Molina dice que lo vio todo y jamás lo podrá olvidar. “Si no es porque mi nieta me aguanta no sé. Imagínate que el susto me dio por querer salir para la calle”.

La mayor pérdida fue una ventana, recién cambiada, que se le fue volando. No la sufre mucho, dice que los reglanos son así, no se derrotan. De todas maneras, ya no quiere reponer la ventana. Vivienda fue a medir las afectaciones en su apartamento, a ver qué hace falta reparar y ella, como tantos otros vecinos, solicitó a cemento y algunos bloques para sellarla.

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Si las desgracias fueran cuantificables –que no lo son, a pesar del empeño de estadistas y técnicos– La Ciruela estaría entre los barrios más desafortunados de Regla y, dentro de La Ciruela, los habitantes del Callejón se ganarían el premio a los más infortunados.

Hay cosas que ni un tornado cambia y ser los preteridos, los olvidados, es una de ellas. Ya Carmen Cruz Martínez y Manuel Alexander Benítez lo saben, porque llevan años fajándose para que les arreglen la instalación del agua, porque llevan años pidiendo que normalicen la electricidad, porque llevan años diciendo que ellos no pertenecen a la finca del frente, que necesitan una atención diferenciada, porque llevan años reclamando que cuando llueve el Callejón se inunda y no hay quien salga sin botas de agua.

Por eso no les sorprendió que a la trabajadora de Vivienda hubiera que llamarla cuando pasó de largo por la cuadra, sin pensar en que los vecinos de allí también estaban sin tejas, sin paredes, sin camas.

“En los años 70 y 80 esta parte de acá era una caballeriza”, rememora Manuel mientras mira hacia abajo y se le anegan los ojos, quizás pensando en que el tornado bien podría haberse llevado algunas malas costumbres.

“Esto es como decir el suburbio del reparto, a veces se les olvida que aquí viven personas”, carraspea porque desde la lluvia de la madrugada del 27 de enero está disfónico.

La casa la han levantado con los materiales que les ha subvencionado el Estado por ser casos sociales: Carmen, que vive con una enfermedad psiquiátrica y su nieta de cinco años, diagnosticada con ataxia desde el nacimiento.

Carmen Cruz Martínez pudo salvar los papeles de su casa, aunque quedaron algo mojados. Foto: Patricia Hernández Acevedo/Cubadebate.

Carmen se ve tranquila, si no dice que se toma tres, cuatro, hasta cinco píldoras al día no hay pistas de que está descompensada. Ella se llevó la peor parte del susto y del dolor: el techo le vino arriba cuando estaba acostada en la cama y su marido, que iba saliendo, solo pudo sacarla cuando terminó el vendaval.

Las tejas que le cayeron encima, las que le perforaron en tres lugares la cabeza, la inflamaron la pierna derecha y el abdomen, las que le cortaron el vientre, fueron las únicas que quedaron en su hogar.

Carmen Cruz estaba acostada cuando el viento lanzó las tejas de su cuarto sobre ella, de tal modo que no pudo salir por su cuenta. Patricia Hernández Acevedo/Cubadebate.

Esas y dos o tres planchas más de fibrocemento que Manuel rescató de los escombros cubren el último tercio de la construcción, donde cocinan hoy por primera vez, porque ayer un vecino les llevó una olla con comida.

“Ahora es de nuevo para atrás y si dan tejas de nuevo puede volver a ocurrir en cualquier momento”, asegura Manuel y explica que su nieta está con la madre en Habana del Este y hasta que no terminen de arreglar no podrá regresar, porque su condición no le permite convivir con polvo.

Perdieron mucho, pero sobre todo perdieron la seguridad. Carmen ha dormido en estos días en casa de su cuñada. Manuel no ha descansado, ni ha ido a trabajar. Él, que es custodio en una dependencia cercana, ahora hace de custodio de su propia casa, vulnerable.

–Pero, ¿usted cree que en medio de esta situación alguien se atreva a robarles?

–Si dos horas después del tornado estaban entrando a la fábrica de losas, ¿por qué no a mi casa? Me toca estar aquí, si yo no cuido lo mío, ¿quién?

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En el mismo Callejón, cerca de la Vía Blanca, vive Eulalia Martínez Urrutia, con once personas más: su hija, sus nietos y bisnietos, -seis niños- y su hijo, que en la actualidad se encuentra cumpliendo una condena de privación de libertad.

En la casa de Eulalia Martínez Urrutia el techo ha quedado reducido a algunos trozos de nylon sobre las vigas de madera que el viento no pudo arrancar. Foto: Patricia Hernández Acevedo/Cubadebate.

Desde el domingo no ha tenido más techo que un nylon negro, puesto por un vecino, y las vigas que el viento no pudo levantar. Las tejas que techaban su casa se destrozaron en menos de un minuto, el último cuarto tiene el aspecto de un patio abandonado y su ropa esparcida por toda la estancia espera secarse al sol.

Este solía ser el cuarto de varios de los niños de la familia de Eulalia, que quedó totalmente destruido. Foto: Patricia Hernández Acevedo/Cubadebate.

Donde viven no suelen llegar muchas personas, tampoco el agua. Llevan cerca de veinte años dependiendo de los servicios de una pipa, porque “ni pagando nos hacen la instalación”, y ahora, quién sabe cuándo vuelvan a recibirlo.

Isabel, su hija de 24 años teme por el trauma que pueda haber causado el tornado en sus hijos pequeños: “A la niña la quiero llevar al psicólogo porque se asusta con cualquier ruidito”, cuenta una de las habitantes de la casa donde todas son mujeres.

“La lavadora salió volando, los niños no han podido ir a la escuela”, comenta un amigo que se acercó a ayudar.

Las figuras religiosas quedaron destruidas por el impacto de los vientos en el cuarto trasero de la casa de Eulalia Martínez. Foto: Patricia Hernández Acevedo/Cubadebate.

Y el hijo varón, en prisión, habla con nosotras por teléfono rogándonos ayuda, con la desesperación del que está lejos y se sabe inútil ante la desolación: “Yo no puedo hacer nada y estoy preocupado. Ayuden a mi familia por favor”.

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El esposo de Marisela Riverón Mesa recordará el 27 de enero de 2019 durante toda su vida, y no solo por el susto del torbellino rojo revolviendo todo a su alrededor, sino por las incontables heridas de vidrio incrustado en su cuerpo. Las ventanas de su apartamento, en la quinta planta de un edificio, estallaron sobre él, sin que tuviera tiempo de resguardarse.

El esposo de Marisela tiene heridas de vidrios por todo el cuerpo. Foto: Patricia Hernández Acevedo/Cubadebate.

“Mi hijo y yo lo encontramos en el suelo lleno de sangre”, nos cuenta ella, y muestra las marcas que aún permanecen en las paredes de la casa. Así todo, él está agradecido, porque está vivo. Aunque su hogar no sufrió graves daños, salvo las ventanas y algún que otro equipo roto, él y su esposa jamás podrán olvidar este enero.

Marisela también sintió el filo del cristal en su piel, pero con menos intensidad. “Si mi hijo no llega a estar aquí me mato”, nos cuenta, pues él no vive en el país y pasaba unos días con su madre. “En un momento que pensábamos que no salíamos de esta me dijo: 'mami, vine a Cuba a morir contigo'”.

En el mismo edificio, un piso más abajo, parece haber sucedido un milagro: Mingo tiene 86 años y estaba sentado en la sala de su apartamento, donde suele estar todos los días a esa hora, pues un infarto le impide moverse con soltura desde hace 21 años. Cuando los muebles de la sala salieron volando frente a sus ojos él permaneció como atado a su silla, inexplicablemente quieto. Se aguantó tan fuerte a la butaca que se quedó con un reposabrazos en la mano.

Mingo resistió el vendaval de un modo que aún nadie puede comprender. Foto: Patricia Hernández Acevedo/Cubadebate.

No puede hablar, solo asiente con la cabeza a lo que su hija, Rosario Orta, a quien todos llaman Nena, nos cuenta asombrada. Ella no logra comprenderlo, sus sillas, la cocina, el refrigerador y todos los adornos volaron y fueron a parar a unas cuadras de la casa. Solo quedó, curiosamente, el retrato de su madre. Aunque muchos aseguran haber sentido un sonido como de la turbina de un avión, ella afirma: “Yo he viajado y ese ruido no se me parecía a nada conocido”.

No obstante, nos recibe con una sonrisa: “Yo estoy bien, no lamento tanto las cosas que perdí. Lo importante es que estamos vivos y a mi papá no le pasó nada”.

En la sala de Rosario Orta solo quedó el retrato de su madre y uno de los estantes. Foto: Patricia Hernández Acevedo/Cubadebate.