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Delegado No.173: “Koniek tabarich” (+Fotos)

 

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Sochi, Rusia.—Mientras escribo mis últimas líneas en Sochi pienso en un potaje, cocinado con la añoranza del regreso. Hoy partimos para nuestra Isla bella, donde prometo no quejarme más del calor, al menos, hasta que pueda comprarme un Split… ¡Caballero, que calor hay en Cuba!

Hace justo una semana comenzó esta inolvidable experiencia de representar a nuestro caimán rebelde en el XIX Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes, que ha sonado y sonará en la historia de estos eventos por su organización, despliegue tecnológico, representatividad internacional, logística… Los rusos inflaron, pero un globo aerostático. O como diría El Bacán: ¡Se la comieron!

Llegamos con una temperatura agradable, que pasó a insoportable más rápido que Usaint Bolt. Con ocho grados de temperatura, más de media delegación cubana parecía un ejército de robots de tela. Muy cerca de nosotros, dos ucranianos en chores caminaban en modo Guardalavaca.

El primer día, sin quitarnos el cansancio del camino, experimenté dos contactos incoherentes entre sí: el primero, un grupo de Turquía, que al saber que éramos cubanos comenzaron a gritar: ¡Viva Cuba!, ¡Viva Fidel! y ¡Viva el Che Guevara! El segundo, tres georgianos con una contentura sobregirada, que al detectarnos nos dijeron: “We want to dance Des-pa-ci-to with cubans”, por sus muecas y gestos entendimos que querían bailar la canción Despacito con nosotros. A esa hora los “barajamos” ra-pi-di-to.

La diferencia de horas nos dio un “jab” en el rostro. Después de ver un amanecer a la una de la mañana desde el avión, y comer por primera vez a las 3 de la madrugada, y con sol, era lógico andar como zoombies los primeros días.

La comida rusa fue un gancho al estómago, literalmente. Descubrimos algo. La carne rusa no la hacen en Rusia, porque no la vimos pasar. Manera de comer hierbas, ensaladas, manzanas y peras (lo mejor). El plato fuerte lo resumo en una frase de un puertorriqueño: “Este pollo es una pelotica de ping pong”. Mi mamá es una niña de teta delante de los rusos estirando el pollo para la comida. Cogí una crisis estomacal, que para qué les cuento, y allí ninguna “tía” rusa de la cocina sabía sobar.

Mientras estuve por Sochi me cambié el nombre y los apellidos. La bandera de mi credencial se convirtió en un signo de Pare. Así me lo hicieron saber rusos de dos pisos, españoles, turcos, srlilanqueses y azerís, cuando detenían mi paso y el del resto de la delegación, para soltar un “¿Cuba?”, y acto seguido cerrar con broche de oro: “¡Fidel!”

Participar en el XIX Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes me regaló una Sierra de motivos y un Moncada de razones para estar claro de que Fidel se ha multiplicado por Fidel, y el resultado ha sido el infinito.

La figura de Ernesto Che Guevara, bandera de la izquierda juvenil mundial, anduvo abrazada a la de Fidel todo el tiempo.  Aleida Guevara, su hija, supo decodificar su ejemplo y tatuarlo en la acción de los cientos de jóvenes presentes en sus conferencias.

En la Villa, un audio convirtió a la sede cubana en capital de la confraternización y delegados de todas partes llegaron hasta allí para compartir y bailar. Al ritmo de Arnaldo Rodríguez, Duany Ramos, Eduardo Sosa, Yulaysi Miranda o Annie Garcés la cultura y la música cubana desinhibieron, incluso, a los biolorrusos más serios.

En Sochi le dimos brillo al orgullo de ser cubano, y no se trata de chovinismo barato ni autosuficiencia hueca. Tiene que ver con el símbolo de nuestra identidad para el resto del mundo. Desde aquel que te detiene para preguntarte por Compay Segundo, hasta la gran mayoría que ve en nuestras franjas azules y blancas un pedazo de tierra sinónimo de rebeldía, ejemplo y altruismo. Y, precisamente, la cultura cubana encierra todo eso.

No hubo hechos excepcionales, salvo una barbilla partida de un guantanamero por estar patinando en la pista de hielo, un holguinero periodista que casi se baña agachado por no saber cómo se abría la ducha, y una habanera que tomó agua caliente hasta el último día, porque no se percató que la nevera estaba debajo de la cómoda.

La ciudad de Sochi es preciosa. Limpia como un salón quirúrgico. Su gente amante de Fidel y de Cuba. Es sus calles me encontré ladas y nivas “como los de aquí”. En sus tiendas y timbiriches hablé perfecto ruso para soltar un “ochen' dorogoy”, (muy caro), frase clave para regatear.Más de 180 países estuvieron representados en el XIX Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes, que se celebró en la ciudad rusa de Sochi entre el 14 y el 22 de octubre. Allí, la juventud se multiplicó en muchos rostros; cada uno dibujando un mapa de idiosincrasias, gestos, idiomas… Y cada uno abrazando, al final, un mismo mapa. Nos vemos en el próximo, o quizás, ¿Nos vemos en el próximo? Al menos por esta vez, Koniek Tabarich.

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