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Crónicas inconclusas: Toronto a primera vista

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A medio camino entre la euforia por organizar los XVII Juegos Panamericanos y la ansiedad por conocer cómo transcurrirán los días de competiciones y cuál será el rendimiento de los anfitriones, así me recibió Toronto, una ciudad hecha y derecha, pero que parece en constante reconstrucción.

O mejor, así, con sus palabras y sin proponérselo, comienza a presentarla Ruth, amante de los deportes, poco después de correrse las cortinas en el Rogers Centre, donde el espectáculo del Circo del Sol sedujo a millares de personas y los dejó expectantes respecto al discurrir competitivo de los próximos días.

"Estamos muy ilusionadas", dice la voz de una muchacha que sufre porque "el tiempo y las dinámicas de la vida" no le alcanzarán "para ver todo lo que quiero", pero disfruta más la ciudad ahora, convertida como está en un manojo de emociones.

Es que no es solo deportes, habrá muchos conciertos de buenas bandas, más programaciones culturales, tendremos unos días más agitaditos, para aprovechar el verano, agrega Karen, su amiga, a quien el deporte no le apasiona, "aunque me divierte de vez en vez, sobre todo los fines de semana, como el que comienza hoy”.

Para Phillip, un inmigrante de mediana edad, conductor del taxis que nos trajo desde el Courtyard Marriott al President's Choice Ajax, el gran valor de los Panamericanos está en su "virtud para demostrar a los jóvenes las ventajas" de practicar ejercicio físico y convencerlos de las "riquezas de otros deportes..., porque no todo es hockey o baloncesto".

"Así, no más: si perdemos o ganamos en las competencias, es circunstancial, o porque ustedes (risas) son mejores, ¿verdad? Aunque ganar nos dará mucha alegría", agregó.

Son días de verano aquí, tiempo en que los ciudadanos disfrutan el sol en las vecindades, y en el centro caminan, corren, viven con los pies sobre la tierra y no debajo de las calles, esto es en el metro, donde los destierra el frío durante casi todo el año, amén de la dinámica del transporte.

Es el tiempo de arreglar las vías de comunicación de la ciudad, una práctica que, según algunos voluntarios de los Juegos, jóvenes y no, naturales y no, define las dos grandes épocas del año.

“Aquí hay dos estaciones, invierno y el período de reparaciones de calles”, comenta en respuesta a mi apreciación Suzanne, una de las voluntarias, mientras me indica dejar fuera de la instalación la botella de agua o verter el líquido antes de iniciar el partido Cuba-Colombia de béisbol.

(La instalación, por cierto, es la más tranquila de todas en este inicio. Ahora mismo, a punto de comenzar el encuentro, no hay público casi y solo nos disponemos a “disfrutarlo”, con el cielo como techo, poquísimas personas, entre ellos Aliet y Ricardo, colegas de Granma, más José, narrador y periodista venezolano de Espn Radio).

En Toronto dicen estar acostumbrados a la “época de reparaciones”, si bien "a veces es incómodo", y aseguran, con ese modo de hablar que no trasmite exaltación, tampoco pesimismo, que no importunará la realización "casi perfecta" de los Panamericanos.

Y esa especie de mixtura entre dos extremos, no es episódica o fortuita. Te sacude apenas llegas. Aquí no se advierten excesos de ningún tipo y se viven muchos lujos. Todos van de prisa, pero se siente calma siempre. La estridencia no es problema, el silencio tampoco. Crece hacia arriba, sin que los rascacielos abrumen. Se anuncia a toda luz y color, sin vallas agobiantes…

Pocas horas después de arribar a Toronto, más importante aún, a minutos de iniciarse oficialmente los XVII Juegos Panamericanos, de este modo se siente la ciudad: acogedora, como la promesa inaugural de que en sus calles y ambientes los visitantes nos sentiremos como en casa.

A partir de ahora, avistaremos otra realidad, la de las competiciones, que ya comenzaron y empiezan a calentar, aún más, este templado verano.