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Carta abierta de Danielle Mitterrand a los dirigentes europeos

Estimados amigos y amigas:

Reproducimos para  conocimiento y difusión la Carta de Danielle Mitterrand
que, aunque enviada a los dirigentes europeos, deben conocer cuantos
puedan hacer algo en defensa de principios y realidades comúnmente
objeto de desinformación, tergiversación y calumnia interesada

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Danielle Mitterrand / La Jornada, 23 de diciembre de 2007

Carta abierta a los dirigentes europeos

Tal como Europa lo ha aprendido y cruelmente pagado, la democracia
necesita ser vivida sin cesar, reinventada, defendida tanto en el interior
de
nuestros países democráticos como en el resto del mundo. Ninguna
democracia es una isla. Las democracias se deben asistencia mutua. Hoy
hago, por eso, un llamado a nuestros dirigentes y a nuestros grandes
órganos de prensa: sí, lo afirmo, la joven democracia boliviana corre un
peligro mortal.

En 2005, un presidente y su gobierno son ampliamente elegidos por más de
60 por ciento de los electores, a pesar de que una gran parte de sus
electores potenciales, indígenas, no están inscritos en las listas
electorales,
puesto que ni siquiera poseen estado civil. Las grandes orientaciones
políticas de este gobierno fueron masivamente aprobadas por referéndum
antes incluso de esta elección, y, en especial, la nacionalización de las
riquezas naturales en vistas de una mejor redistribución, así como la
convocatoria a una Asamblea Constituyente.

¿Por qué es indispensable una nueva Consitución? Por la razón muy simple
de que la antigua data de 1967, cuando, en América Latina, las
poblaciones indígenas (representaban en Bolivia 75 por ciento de la
población) se hallaban totalmente excluidas de cualquier ciudadanía.

Los trabajos de la Asamblea Constituyente boliviana han sido, desde sus
orígenes, constantemente trabados por las maniobras y el boicot de las
antiguas oligarquías, las cuales no soportan perder sus privilegios
económicos y políticos. La oposición minoritaria extrema el cinismo hasta
disfrazar su rechazo a la sanción de las urnas bajo la máscara de la
defensa de la democracia. Reacciona con el boicot, las agresiones en la
calle, la intimidación de los responsables electos, en la estricta
continuidad
de las matanzas perpetradas a civiles desarmados por el ex presidente
Sánchez de Lozada en 2003, quien, por otro lado, sigue perseguido por
sus crímenes y refugiado en Estados Unidos.

En favor de un caos cuidadosamente instrumentado, renacen las
amenazas separatistas de las regiones más ricas, que rechazan el juego
democrático y no quieren "pagar por las regiones más pobres".

Grupos activistas neofascistas y bandas paramilitares, subvencionadas por
la gran burguesía boliviana y ciertos intereses extranjeros, instalan un
clima
de miedo en las comunidades indígenas. Recordemos en qué terminaron
Colombia y Guatemala, recordemos sobre todo la democracia chilena,
asesinada el 11 de septiembre de 1973 después de un proceso idéntico de
desestabilización.

Se puede matar una democracia también por medio de la desinformación.
No, Evo Morales no es un dictador. No, no es la cabeza de un cártel de
traficantes de cocaína. Estas imágenes caricaturescas se hacen circular
en nuestros países sin la menor objetividad, como si la intrusión de un
presidente indígena y la potencia creciente de ciudadanos electores
indígenas fuesen insoportables, no sólo a las oligarquías latinoamericanas
sino también a la prensa bienpensante occidental. Como para desmentir
aún más la mentira organizada, Evo Morales hace un llamado al diálogo,
rehúsa hacer uso del ejército y pone incluso su mandato en la balanza.

Solemnemente llamo a los defensores de la democracia, a nuestros
dirigentes, a nuestros intelectuales, a nuestros medios de comunicación.
¿Vamos a esperar que Evo Morales conozca la suerte de Salvador Allende
para llorar sobre la suerte de la democracia boliviana?

La democracia tiene valor para todos o para nadie. Si la amamos en
nuestra patria, debemos defenderla por todos los lugares donde esté
amenazada. No nos toca, como algunos lo pretenden con arrogancia, ir a
instalarla en otras naciones mediante la fuerza de las armas; en cambio,
nos toca protegerla en nuestro país con toda la fuerza de nuestra
convicción y estar al lado de aquéllos que la han instalado en su nación.

Danielle Mitterrand. Tomado de La Jornada, México, 23 de diciembre,
2007.