Por azar, el periodista colombiano Ricardo Calderón descubrió que dos sicarios habían sido contratados para asesinarlo por unos seis mil dólares. Una vieja fuente le contó lo que había escuchado por error y logró que se reuniera con los hombres que admitieron el intento de asesinato y luego desaparecieron. (Fuente El País)
Guillermo Tell
Por lo menos escapó del desenlace fatal de centenares de líderes sociales, ex guerrilleros e integrantes de la izquierda política en Colombia asesinados sistemáticamente en lo que se califica como genocidio perpetrado por fuerzas públicas y paramilitares y que fueron denunciados ante instancia de Naciones Unidas.
Forzosamente tenían que figurar también periodistas en la lista de blancos a eliminar si como en este caso aludido meses de investigaciones para una revista del país destaparon escuchas ilegales de la policía secreta durante el gobierno de Álvaro Uribe y ejecuciones extrajudiciales cometidas por uniformados, que pusieron contra las cuerdas a militares y a funcionarios corruptos.
Según relata, 2019 fue uno de sus años más duros, en los que recibió docenas de sufragios fúnebres, para acallarlo a él y a su equipo de trabajo y a las fuentes, en pos de conseguir la extinción de un periodismo de denuncia que tocó intereses y descubrió fechorías en altas esferas castrenses del poder.
Y entonces, ¿hacía allí no miran los falsos paladines de la libertad de prensa, de la vida humana misma y sus derechos? Claro que les rinde más los servicios tarifados para desestabilizar a selectivos países marcados por el prepotente imperio del Norte.