Las organizaciones por la defensa de los trabajadores textiles en Bangladesh han denunciado que la responsabilidad de que ocurran numerosos accidentes en este lucrativo sector es de la negligencia del Gobierno y de las empresas occidentales, más interesadas en el ahorro de costes que en la seguridad. (Fuente: El Mundo)
Guillermo Tell
Se suele decir que el mundo es un plato para simplificar la globalidad comunicativa, la que nos debe conducir a abrir la sensibilidad a cuanto de injusto e inhumano acontezca no importa en cuan lejos nos parezca, si en la otra cara del planeta. Y ya nuestro universal José Martí lo avizoró tempranamente al proclamar que la patria es humanidad.
Pero la tragedia en este país asiático que acabó con la vida de al menos 30 personas y causó unos mil heridos al derrumbarse un edificio construido sin cumplir las normas mínimas de seguridad es mucho más cercano de lo que parezca para los latinoamericanos, si además ha tenido que ver con la insaciable explotación en las llamadas maquiladoras.
En un taller en deplorables condiciones se ganaban la vida muchos de los que la perdieron confeccionando ropa para una firma occidental que obtenía cuantiosas ganancias en el mercado, pagando a cambio miserables salarios de subsistencia. Y cada vez que se planteaba en Bangladesh revisar el estado de la instalación, e inclusive autoridades advirtieron de los peligros que se corrían, los dueños del negocio amenazaban siempre con desplazarse a otro país para reproducir el sistema de saqueo de fuerza de trabajo en una suerte de criminal chantaje de la pobreza.
Así es el procedimiento también globalizado de las lucrativas compañías que prefieren cerrar sus fábricas en Estados Unidos y Europa, acrecentando el desempleo allí, en plena crisis, y esquilmar sin piedad, bien lejos, en este feo plato del mundo.