Mientras la atención del mundo se centra en el conflicto de Libia y, sobre todo, en el tsunami provocado por el terremoto de Japón, varios países árabes viven un nuevo "viernes de la ira". (Fuente: BBC Mundo)
Guillermo Tell
Se les llama viernes de la ira a ese día de la semana, sagrado para los musulmanes, elegido por ellos para manifestar en masa más que suficientes motivos de malestar político y social acumulado. Pero podría llamarse también viernes temible, si se mira desde el otro lado, el de los blancos de las protestas, los que comienzan a experimentar el temor de perder sus anquilosados poderes autocráticos privilegiados.
La oleada irrumpida en Túnez ha llegado hasta Arabia Saudita, un modelo por excelencia de ese pacto colonial entre monarquías absolutistas bañadas en riquezas y lujos y las gigantes petroleras occidentales que controlan y se llevan los recursos estratégicos del subsuelo de los árabes. Y no es para menos el temor de unos y otros.
Este viernes volvieron las manifestaciones en la capital, que aunque no tan masivas como en otros países, lo bastante significativas donde los movimientos políticos y sociales están prohibidos con puño de hierro. Y el despliegue desproporcionado de abundantes efectivos policiales y helicópteros también nos está diciendo mucho, si además se agrega la promesa de las autoridades de otorgar beneficios por unos 30 millones de dólares, apenas un tenue filo del gran pastel. Garrote y zanahoria.
Pero la aspiración de cambiar el poder mismo, parece ganar terreno. Cada viernes gana tramos.