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Corazón de cocodrilo

El secretario de Defensa estadounidense, Robert Gates, pidió perdón este lunes, en una conferencia de prensa en Kabul, por la  muerte de nueve niños afganos la semana pasada en un bombardeo de la OTAN,  afirmando que lo ocurrido le “parte el corazón”. (Fuente: AFP)
Guillermo Tell

robert-gates1Por mucho que se venda y consiga dibujarse alguna que otra lágrima furtiva no hay quien lo compre, porque a los de su especie se les conoce bien hasta el hartazgo. A esa ruín puesta en escena dedicó un fragmento de su sorpresiva visita a Afganistán, después que ni siquiera el tan amistoso presidente Hamid Karzai aceptó por “insuficientes” unas anteriores disculpas que ofreció el comandante de las fuerzas intervencionistas, el general estadounidense David Petraus tras el más reciente de los infanticidios bélicos tan frecuentes en el desdichado país centroasiático, y que volvió a levantar la justa indignación nacional.

Si en verdad el jefe del Pentágono en nombre de cuyo gobierno imperial actúa,  fuera esa alma tan sensible que se empeña en mostrar para consumo de la propaganda mediática afin, no estaría tan metido hasta el cuello en una guerra  de intervención que dura ya casi una década que sólo le ha reportado al pueblo afgano indescriptibles sufrimientos, entre muertes por miles, mutilaciones, torturas y humillaciones de todo tipo. Tampoco su intento de quedar bien en pocos minutos ante los focos mediáticos, garantiza en lo absoluto que familias enteras, incluido niños mujeres y ancianos quedarán en lo adelante protegidos de los bombardeos sistemáticos sobre poblaciones civiles, para mantener una ocupación sin visos de éxito militar.

Las lágrimas de Gates son como su corazón, de cocodrilo.