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Diana Nyad. Foto: Christi Barli

El viernes pasado, dos horas después de mi tercer intento de nadar de Cuba a la Florida, me picó un agua mala venenoso. Las ronchas fueron tan severas y grandes en mis brazos, espalda y muslos que era evidente que el agua mala era del tipo más tóxico -uno de los llamados barquito portugués o de guerra, o posiblemente un jellyfish de caja, el más tóxico. Durante la primera picadura todo ocurrió en un segundo; sentí un latigazo surrealista de algo que me pasó a la velocidad de un demonio.