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A las 6 de una tarde perdida conocí a Tomy. Fue una tarde simple por bella, sencilla por revolucionaria y pérdida por única, justamente en el Palacio de convenciones de La Habana donde disertaría con el legendario acento de los días románticos del 59, el Comandante Fidel Castro. Allí estaba el hombre sentado a mi lado, en la tercera fila de las sillas destinadas para los caricaturistas del mundo, que asistíamos a una convención de prensa libre en el 2002, precedidos por nuestro compromiso de conspirar contra la verdad surrealista inventada por la prensa, presa del capital.